Estamos en temporada alta de cine patrio, pues el 20 de abril comienza el Festival de Malagón, apodado así me imagino que porque puedes
Estamos en temporada alta de cine patrio, pues el 20 de abril comienza el Festival de Malagón, apodado así me imagino que porque puedes salir de una peli mala y meterte en otra peor. Dejando aparte de que un Festival de Cine Español en España es como una embajada de Gran Bretaña en Bristol, puede ser una excelente oportunidad para el lanzamiento de jóvenes talentos. De momento, a los medios nos están proyectando muchas de las películas del certamen, por lo que llevo unos días viendo algunos títulos. Compruebo que hemos rodado un poco de todo, alguna cosa que no está mal y auténticos truñacos.
Pero se ve que me va la marcha o tengo algo de masoca, pues después en mi tiempo de ocio no se me ocurre otra cosa que ir a ver un preestreno de Alacrán enamorado, otra producción nacional, que cuenta con un reparto encabezado por Álex González, Miguel Ángel Silvestre y Carlos Bardem, también autor de la novela en la que se basa y coguionista. Su hermano apoya la jugada interpretando un papel breve, pues el pobre tiene muchos compromisos y podía pasarse poco por el rodaje.
Parte de una idea buena, un joven nazi se apunta a recibir clases de boxeo, y se replantea sus odios raciales. Si la hubieran ambientado en Alemania, donde estos días la opinión pública anda pendiente del juicio a una célula neonazi, se podría decir que se trata de cine social, concienciado con los problemas que afectan a los ciudadanos. En España, donde por suerte este tipo de descerebrados son pocos y (hasta ahora) están muy controlados por la policía, se queda en un thriller con mensaje pro tolerancia –un poco evidente y guay pero mensaje al fin y al cabo–, así que se podría disculpar que el gimnasio donde se entrenan los boxeadores sea más imaginable en los bajos fondos de Chicago o Philadelphia que en Vallecas, por citar un ejemplo.
Los actores son buenos, y Santiago Zannou (El truco del manco) no dirige mal. Entonces, ¿qué falla para que el espectador no tenga el más mínimo interés en saber cómo se desarrolla la trama? En mi humilde opinión, tiene un grave problema: no desarrolla ningún conflicto, por lo que no va a ninguna parte, así que da igual lo que ocurra.
Quizás sea ésta la explicación, o quizás no. Pero Zannou se piensa que nos está contando la evolución de un chico que progresivamente deja de ser xenófobo. Pero resulta que no, que desde el principio se ve que ya el hombre ha decidido dar el paso, desde el momento en que se abre al mundo apuntándose a las clases. Luego tiene alguna recaída, y problemas con su hermano y antiguos correligionarios, pero no le pasa nada importante.
¿Acaso el conflicto está en el otro personaje principal? El entrenador Carlomonte, personaje de Carlos Bardem, se supone que también cambia por su relación con el chaval. Pero como no consiguen contar nada de eso, han tenido que meter con calzador diálogos que le digan al público que sí que está en pleno proceso:
–Ya no es el mismo, ahora se pasa las horas contigo y se le ve ilusionado (que sepáis que estaba muy quemado pero ya no).
–Esta botella te está durando más de lo acostumbrado (señores del público: que os enteréis de que el personaje de Bardem ya no bebe).
Todo se salda (alerta de spoiler) con el sacrificio de un personaje más absurdo, inútil y poco creíble que he visto en una pantalla en mucho tiempo. Parece que tiene que acabar como el personaje de Clint Eastwood en Million Dollar Baby, pero las comparaciones son odiosas (fin del spoiler).
En suma, recomiendo ver esta película pugilística de poca pegada por el momentazo en el que Miguel Ángel Silvestre habla en alemán. Ése es mi Duque. Impagable.
