Estoy leyendo estos días y me tiene atrapado “El impostor”, la última obra de Javier Cercas, que aborda la compleja figura de Enric Marco, quien aseguró que era un superviviente de los campos nazis, hasta el punto de presidir la Asociación Amical de Mauthausen. La mentira de su estancia en el campo de Flossenbürg fue creída durante años, hasta el punto de que Marco llegó a hablar y conmover con su supuesta experiencia en el mismísimo Parlamento español. Luego llegó el descubrimiento de su superchería, destapada por el historiador Benito Bermejo en 2005, y la consiguiente polvareda. Seguramente lo más original del acercamiento de Cercas al personaje son las propias dudas del autor sobre si él mismo no vendría a ser una especie de impostor, mientras se debate también con el temor, compartido en el pasado por otros escritores, de que tratar de comprender al impresentable, puede convertirse al final en un modo de justificarle. Al final podemos caer cautivados por el poder de fascinación del impostor y sus misteriosas razones, Mario Vargas Llosa citaba en un artículo sobre el libro de Cercas en tal sentido al ya popularísimo pequeño Nicolás.
También los cineastas se ven atraídos por el magnetismo de los impostores. Ayer, sin ir más lejos, se estrenó la última película de Tim Burton, Big Eyes, que sigue al matrimonio que formaron Margaret y Walt Keane. Si seguimos el punto de vista de la trama, que sería el de los tribunales y el de la propia Margaret, ella era la verdadera autora de los cuadros de niños de grandes ojos, pero su marido Walt fingía que los había pintado porque gracias a su facilidad para la verborrea los vendía muy bien. Margaret habría sido cómplice en el engaño, obligada si se quiere, pues escondía su autoría incluso a su propia hija. Por otro lado, debo decir que en decine21 recibimos hace unos días un comentario de otra hija de su primer matrimonio, Susan, aseverando que fue Walt el auténtico creador de tan peculiares cuadros, que Margaret sólo los habría imitado luego. Sea quien fuere el que tiene razón, no son estas líneas de investigación sino de detección de tendencias, se riza el rizo de la superchería, al final cuesta distinguir la ficción de la realidad. Lo que incluye que no tengo la seguridad de que el citado comentario fuera realmente de la hija, pues no hubo forma de contrastar que el mensaje lo mandaba quien decía mandarlo.
En realidad el cine –y también el teatro– son artes de la impostura, al fin y al cabo los actores no hacen otra cosa que representar, no son ellos mismos aquellos a los que vemos en la pantalla o en el escenario, aunque el espectador con frecuencia tienda a identificar a unos y otros, si uno es simpático en las películas, debería serlo también en la vida real. Esto pasaba especialmente con actores del estilo Gary Cooper y John Wayne, pero también lo podemos detectar en Riggan Thomas, el protagonista de Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), al que la gente, cuando le ve por la calle, grita “¡Es Birdman!”; la cinta de Alejandro González Iñárritu juega con la idea, sin embargo, de que hay algo de verdad en esa identificación, Riggan, tendría ciertos superpoderes, y hasta ese disparo en el escenario, y lo auténtica que puede ser la ignorancia del que actúa...
Descifrando Enigma nos acerca al matemático británico Alan Turing, cuya actuación fue decisiva para descodificar las comunicaciones nazis durante la Segunda Guerra Mundial. La petulancia hiriente del personaje parece inicialmente responder al modo de ser que el tópico adjudica a los genios, que estarían por encima del resto de los mortales, el pack de su gran talento incluye siempre una completa insensibilidad acerca de las emociones y sentimientos de los demás. Sin embargo, a medida que avanza la trama, descubriremos que también Turing necesita ser descifrado, se ha envuelto en la capa de la impostura, no tiene a quien comunicar sus emociones, lo que le ocupa realmente por dentro.
Resulta curioso constatar que en tiempos de “realities” y redes sociales, lejos de darnos a conocer como somos, tenemos miedo a no gustar y tendemos a disimular. Por eso están tan de moda las películas y series de espías, o los superhéroes que no revelan su verdadera identidad. Incluso Woody Allen nos habla en Magia a la luz de la luna de impostores que supuestamente se comunican con los espíritus, y del gustirrinín por desenmascararlos, aunque no haga lo propio con uno mismo.
Entendemos a estos especialistas en el engaño, porque también a veces nosotros lo practicamos. De ahí esa especie de admiración malsana. Pero ojo, luego no nos quejemos de la corrupción y el fraude, de los políticos que nos engañan, de la infidelidad y la doble vida de muchos, porque podríamos estar dándoles pábulo, esa comprensión que termina convirtiéndose en complicidad, incorporada a la propia vida. Por eso yo estoy más con el coronel Kurtz que asegura en Apocalypse Now que “nada hay que deteste más que la peste de las mentiras”, o por decirlo mejor en positivo, con aquello del Evangelio de que “la verdad os hará libres”. Intentemos ser nosotros mismos, no tengamos miedo, y procuremos mejorar. Quizá así nos demos a conocer tal y como somos, un ideal que no deberíamos considerar imposible.
