No deja de llamarme la atención que dos de las películas más aplaudidas y consideradas cara a la temporada de premios sean las producciones de Warner “Una batalla tras otra” y “Los pecadores”. No porque carezcan de méritos, sino porque han sido elevadas a la categoría de filmes, no digo del año, sino de la década e incluso del milenio.
Llamadme mal pensado, pero a veces he llegado a considerar que Una batalla tras otra y Los pecadores se han convertido en favoritas de gran parte de la crítica y de los académicos de Hollywood, más que por otras razones, por una simple sintonía ideológica en las ideas y temas tratados. Que conste que la película que dirige Paul Thomas Anderson me parece que tiene momentos brillantes, especialmente el último tramo de la carretera, que es audaz la mezcla de géneros, y que ha supuesto el descubrimiento de una actriz jovencita llamada Chase Infiniti. Mientras que la de Michael B. Jordan, otro popurrí estilístico, donde conviven el folklore sureño, la cuestión racial y hasta los vampiros, lo siento, pero no la soporto, aun concediendo que tiene gran fuerza visual.
Tengo la sensación de que algunos tienen problemas para levantarse cada mañana y observar que los Estados Unidos están presididos por un señor que se llama Donald Trump, que con su estilo pragmático y mamporrero está cambiando el orden de las cosas en muchos aspectos, incluso considerando que puede haber razones más poderosas para actuar que la apelación al orden internacional. De modo que con esa guerra perdida, al menos de momento, piensan con nostalgia que toca ir librando “una batalla tras otra”, sabiendo que algunas se perderán y otras tal vez se ganen, aunque no sea en el corto plazo; y el campo guerrero de la pantalla resulta bastante cómodo y aún ocupado por tropas amigas. Por eso están tan encantados del estilo caricaturesco y exagerado de Una batalla tras otra, con un Sean Penn supremacista blanco que parece estar emulando a Terminator, si le nominan para el Oscar, cosa muy probable, mi pregunta será por qué no nominaron en su momento a Arnold Schwarzenegger por una composición no tan diferente, de matón con algún sentimiento. Se identifican con Leonardo DiCaprio, antiguo activista fumado pero buen papá, con su hijita dispuesta a tomar el relevo de la lucha por la causa social, y con esa especie de santón laico que ayuda a los inmigrantes que interpreta Benicio del Toro. En fin, todo me parece fenomenal, y que cada uno sostenga sus ideas, faltaría más, pero que eso no impida ver el desequilibrio interior del film de Anderson, por su propio y “pynchoniano” punto de partida, que le impide alcanzar la deseada perfección.
Lo que me lleva una vez más –y no se me ha ido la olla ni cambio sustancialmente de tema, dejadme que me explique– a preguntarme qué está pasando con la venta de Warner y la obcecación de sus ejecutivos en insistir una vez y otra en que el acuerdo con Netflix es lo mejor, que su oferta es insuperable, y que ya puede hacer Paramount el pino con las orejas, elevar su pago por acción, respaldarla financieramente, o regalar una pieza de coleccionista para trekkies, que da absolutamente igual. Ellos aconsejan a sus accionistas que hagan oídos sordos a la oferta de Paramount. Ni un titubeo, ni el parpadeo de un breve abrir y cerrar de ojos, la determinación es absoluta, forasteros, queremos casarnos con Netflix, parecen decir.
En mi anterior post ya comenté que cara al futuro del cine en salas, no creo que vaya a haber grandes diferencias sea quien sea el que se lleve el gato al agua. Pero lo que percibo es que en Netflix gustan las películas de Warner como Una batalla tras otra y Los pecadores, y tal vez en Paramount no tanto. O sea, que los que mandan en Warner consideran que Netflix es más progre, y Paramount más facha, dicho en plata. Asombroso que la polarización visceral que se da en el mundo mundial, y también en Estados Unidos, se traslade a lo que debería ser una transacción comercial, en que los gerifaltes buscaran, sobre todo, lo mejor para sus inversores. Aunque intentan disimular, mi sensación es que no es así, y que se está actuando con las vísceras y no mirando la cartera. Es humano, qué duda cabe, las huellas del pecado original que todos arrastramos, cabría añadir sin sorna.
