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Entrevista con el "Caníbal" que no muerde

Verdaderamente en una entrevista Antonio de la Torre habla con el corazón en la mano. Dice lo que piensa con pasión, no en balde dice que son las pasiones las que mueven el mundo. En persona no parece para nada el tortuoso protagonista de la película “Caníbal”, con la que compite en San Sebastián.

Entrevista con el "Caníbal" que no muerde

En su filmografía hay papeles muy variados. ¿Diría que el Carlos de Caníbal es el más difícil de su carrera, como personaje especialmente tortuoso?

No sólo es difícil por lo tortuoso, sino por el esfuerzo de hacerle creíble en su doble vertiente de sastre y asesino caníbal. Yo estuve dos meses preparándome con un sastre de Madrid. Necesitaba sentirme como un sastre, aunque por supuesto no voy a lograr ser como Octavio, que lleva 50 años trabajando como sastre. Pero puedes acercarte un poco. Él estuvo en Granada con nosotros asesorándonos, diciendo, “cuidado, Antonio, que aquí se te nota...”. Yo sentía la necesidad de que debía resultar creíble en esa vida mundana normal, que es la que sostiene la otra.

Y en esa otra, por supuesto, debía acudir a mi imaginación. Como es de suponer no me puso a consumir carne humana, ni tampoco hice una investigación en ese terreno. Ahí entro en el terreno de lo simbólico, y es un poco como ponerse a jugar. Yo siempre digo que cuando era niño jugaba con el fuerte y los indios, y allí veía a John Wayne. Yo tengo un profesor, Fernando Piernas, con el que he hecho cursos y he preparado películas, que dice “querer ver es ver”. Y de niño me decía, “ahí está John Wayne, ahí está John Wayne”, y zas, ya estaba siendo.

El actor debe usar su propia experiencia, investigar en cosas como lo del sastre, y recurrir a la imaginación, con los límites de cada uno.

Manolo [Martín Cuenca] me conoce mucho, y me daba muchas pistas para probar cosas, tenía mucho donde rascar para ayudarme. A él le gusta mucho trabajar la contención, darme ideas que suponen menos, menos, menos. Teníamos ese tencontén. Y al final, ahí queda lo que está en la película. Yo hago lo que puedo, y lo que queda ha quedado.

En la parte de imaginar, quizá uno puede a ponerse a buscar las referencias en el cine.

Yo intento que no. Manuel me recomendó algunas cosas. Me aconsejó que viera Un corazón en invierno, porque le gusta mucho el trabajo ahí de Daniel Auteuil. La película me encantó, ya la había visto antes. Yo procuraba hacerle caso, que para eso es el director, porque es mi amigo, confío en él. Pero luego también tengo mi propia intuición. Y pienso que la realidad siempre supera a la ficción. Por eso intento arrancar desde ahí. En cada historia siempre intento encontrar lo que hay de mí en el personaje. No hay un asesino dentro de mí, pero sí alguien que puede estallar de rabia, un cazador... El ser humano es un depredador. A lo mejor donde Carlos se come a una persona, yo me como una chuleta, ya me entiende. Hay algo de ti que dentro de la historia puede funcionar. Y luego ya puede gustar o no, y no me toca entrar a ese juicio, pues si no tendría que retirarme.

Hay un momento clave en la película, en que su personaje dice una frase, que es realmente difícil, lograr hacer aquella declaración creíble...

Ahí la película se puede caer. Por supuesto que también podía ocurrir en otros momentos, pero ahí es muy claro, y claro que lo pensé: “No puede haber risas en la sala cuando diga esto”. Es muy arriesgado. Tiene que salir la frase del alma, de lo más profundo. Y si alguien se ríe, espero no saberlo. Bueno, me aguantaré. Así es la vida.

Hablaba de referencias fílmicas. En la línea de asesinos en serie, no parece que tengamos delante un Hannibal Lecter, pero sí podría pensarse en un Anthony Perkins en Psicosis o un Richard Attenborough en El estrangulador de Rillington Place.

Admiro por supuesto a un Anthony Hopkins o un Anthony Perkins. Cualquier papel que me citen de un asesino glorioso... Yo me fijo en los grandes, y por supuesto de los nuestros, en Javier Bardem. Veo sus trabajos y me fascinan. Pero me parece un disparate imitarlos. Es ridículo, absurdo, una cagada tratar de imitarles. Por supuesto que me puedo fijar en algún detalle, fíjate, eso, qué bueno... Algo quedará en el subconsciente. Pero al final, no, soy yo.

Gran parte mi vida, como tanta gente... Uf, esto parece psicoanálisis. Como actor imagino que sí, que busco reconocimiento, la aprobación, te fijas en las críticas, buscas el halago... Pero al final, lo único que funciona es guiarte por el instinto, hacer lo que crees que debes hacer, y arriesgarte a equivocarte. Equivocarte por ti, forma parte de la vida, y puedes aprender, equivocarte por otro es dramático. Bueno, también de esa otra forma aprendes.

Incluso pensando en conseguir trabajo, si haces lo que sabes hacer tú, das algo único, y si gusta te van a llamar. Es como el amor, si alguien te quiere, déjale libre.

Ha hecho casi de seguido dos personajes diferentes, el hermano mayor al que el padre no considera en La gran familia española, aquí un tipo de sentimientos reprimidos. Pero en el fondo los problemas de ambos son muy contemporáneos. ¿Le interesan especialmente los papeles en que el espectador pueda reconocerse de algún modo?

Totalmente. ¿Qué sentido tiene si no hacer películas? Yo digo algo que sé que suena muy contradictorio. Me gustaría hacer muchas películas con situaciones reconocibles por el público, y a la vez mantener un cierto anonimato. Me preguntan sobre la fama, y en el contexto de un festival la gente está más pendiente y te para a pedir un autógrafo, pero gracias a Dios no soy tan conocido. Pero claro, sí quiero ser reconocido por mi trabajo, que me llamen, que me hagan una buena crítica. Pero voy madurando, intentar distanciarme.

Contamos historias para interesar a los demás. Recuerdo que en la época de Azul oscuro casi negro una chica, hija de portero, me contó que lo de la piscina le recordó a su padre... Que algo toque el alma de una persona es impagable. El cine es el séptimo arte. También los libros son increíbles. Yo leyendo “Cien años de soledad” tuve una relación como si fuera una novia. El cine, cuando te toca, es tan emocionante. Es la bomba. Muy bonito.

Yo creo que lo que mueve al mundo son las pasiones. Llegado a un nivel... Como he sido periodista deportivo, te pongo un ejemplo banal. Un compañero me decía, yo creo que Raúl haría cualquier cosa por ganar un Mundial. No sé, no le conozco, pero lo que quería decir es que hay gente que es rica, que ya lo ha conseguido todo, que todo es un disparate... Al final lo que mueve el mundo eso, las pasiones. Siempre digo, medio serio, medio en broma, que Bush hubiera sido más querido si no hubiéramos tenido la guerra de Irak. Lo que en el fondo te mueve es el afecto, el desafecto, el ego, la necesidad de trascender, el que te recuerden.

También el amor y el perdón que aparecen en la película...

Sí, la inmortalidad. Shakespeare es la p.... Las cosas que cuenta, siguen pasando. Quizá más griego. Por lo que he podido viajar. No es que yo sea Marco Polo, pero algo me he movido. Hace poco he rodado con un actor brasileño, en una película sobre la historia de la FIFA, donde está también Gérard Depardieu, es mi primer papel en inglés... Pues veo que las personas somos iguales, con nuestra cultura, brasileña o rumana, en el caso de Olimpia [Melinte] en esta película, nos mueve lo mismo, el amor, la familia, constantes universales y atemporales. Las grandes cosas que mueven a la humanidad están por encima de los tiempos y las culturas.

Hablando de lo universal, en Caníbal aparece algo local como la Semana Santa de Granada, pero que refleja también esas cuestiones que interesan a todo el mundo. Siendo del Sur, no sé cómo vive la Semana Santa, o lo que supone la experiencia en la película de vestir a la Virgen...

Bueno, a mí esa época se me pasó. Yo estuve en Málaga, hasta los 18 años, luego me fui a estudiar a periodismo iniciando mi viaje de no-regreso, ahora vivo entre Sevilla y Madrid. Voy a veces a Málaga, pero vuelvo como un “guiri”, aunque en cuarto de carrera estuve trabajando un año en Canal Sur en Málaga. Hasta los 20 años volvía a Málaga y sacaba lo que ahí llamamos tronos, en Sevilla pasos. Luego se me pasó. Estoy bautizado y comulgué, pero ahora soy profundamente ateo, no sé si se puede ser así o ateo a secas. Pero me he vuelto...

Quizá anda a la búsqueda, dentro de lo que hablábamos de las grandes pasiones...

Bueno, la realidad es que me he alejado mucho de la Iglesia, pienso que sin retorno. Esto tiene su miga, porque lo que me queda es un existencialismo de pueblo, que me lleva a crisis, ahora a los 45 años. Lo que me queda por vivir es lo que me queda. No sé cuánto es...

torre olimpiaPues yo soy mayor que tú...

Bueno, uf, pues vamos a cambiar de tema, que si no, nos ponemos... Nos tiramos al río. No sé, es duro. Por ejemplo Olimpia es creyente, hemos hablado de ese tema, y la admiro. Qué suerte tiene de creer. Yo no, yo sólo me puedo agarrar a la existencia finita. Pienso que mi padre murió a los 55 años, y a veces me digo, caray, pues yo soy clavadito a él. Igual me quedan 10 años de vida nada más...

Habrá que aprovecharlos, entonces...

En fin, cambiemos de tema.

Pues volvamos a la película, y quería que nos hablara de un personaje un tanto ambiguo, que es casi una figura maternal, el de Aurora.

Es como una señora que ha estado toda la vida con él, y en efecto es una figura simbólica de la madre. Alguien que cree conocerla. Hay una ambigüedad, y Manolo daba indicaciones a Alfonsa [María Alfonsa Rosso] que yo no oía, no manejaba todos los mundos. Era como el referente afectivo, y a la vez existe una incomunicación, refleja la soledad de este personaje.

Sin pretender insistir machaconamente en el referente Psicosis, pero pensaba en que ella le hubiera afectado en esa personalidad reprimida.

Estos personajes que están solos, y conocen el desafecto, tienen algo de eso. Pero yo no trabajé tanto esa línea porque si me digo “mi madre no me quiere”, como actor, a mí lo que me saca eso es la ternura, el desvalimiento, que eran sentimientos que no tenía que trabajar aquí. A mí Manolo me insistía “Carlos no necesita que lo quieran”. Así que trabajaba una zona opaca, un no-saber, una cosa “marciana”. Es algo raro, que no entiendes.

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