En un primer momento, impone un poco entrevistarse con Thomas Bidegain, pues se ha convertido en poco tiempo en un peso pesado del cine francés. Pero como habla perfectamente español, esto acorta distancias.
Nació en 1968 cerca de España, en un pueblo de Zuberoa, cerca de Maule, en el País Vasco francés. Esa proximidad quizás ha contribuido a que en nuestro país hayan tenido una buena repercusión sus trabajos para el realizador Jacques Audiard (Un profeta, De óxido y hueso y Dheepan), y algún otro, como La familia Bélier. Debuta como director con Mi hija, mi hermana, tributo a la legendaria Centauros del desierto, en torno a un padre dispuesto a llegar hasta donde haga falta, cuando busca a su hija desaparecida, unida a un grupo yihadista.
¿Qué le parece se haya escogido como título en español Mi hija, mi hermana para Les Cowboys?
A veces es buena idea cambiar los títulos. Mire usted la que homenajeamos, The Searchers, que en su patria se llama Centauros del desierto. Es una denominación muy poética y sugerente que me encanta.
En Estados Unidos se titulará como el original, Les cowboys, perfecto para ese territorio, pues entenderán que es un film de vaqueros, y que es francés. En España y el norte de Europa se ha quedado como Mi hija, mi hermana, que hace referencia al tema central, la familia. Por tanto pienso que es otra puerta de entrada a mi obra.
Habla de la familia, efectivamente, pero sobre todo de la amenaza que supone para ella el yihadismo. Es un film muy valiente a la hora de tratar los problemas de la multiculturalidad. ¿No temía que le acusaran de políticamente incorrecto?
Cuando escribes cine debes tender a lo políticamente incorrecto, a decir cosas que nadie se atreve a decir. En mi caso no pretendía exactamente hablar de la yihad, sino de sus consecuencias, de lo que les ocurre a los ciudadanos corrientes. Creo que la pequeña comunidad de country con la que comienza el film es un microcosmos que representa al mundo tal y como está en la actualidad.
¿Por eso homenajea al western? Es un género que precisamente se distingue porque trata en pequeña escala grandes problemas.
Los westerns que más nos gustan tienen esa cualidad, siempre giran en torno al estado de la nación, a lo que está ocurriendo en la actualidad, aunque lo hacen a través de historias que ocurren en una pequeña localidad, con pocos personajes, pero fácilmente identificables en el mundo real. Es lo que me gustaría haber conseguido con Mi hija, mi hermana.
Además, gira en torno a un problema muy propio del cine del oeste, la dificultad para impartir justicia, y para imponer la autoridad.
Así las cosas, el film retrata el problema pero, ¿resulta fácil aventurar soluciones?
No a corto plazo. Por eso trato en mi historia lo que les ocurre a tres generaciones, pues dentro de muchos años se seguirán descubriendo las consecuencias de lo que está sucediendo ahora. Hasta entonces el mundo seguirá conmovido sin poder revisar los hechos con perspectiva.
Cuando comenzamos a trabajar íbamos a hablar sólo de dos generaciones, pero al final han quedado tres. Lo que le ocurre al padre afecta al hijo, y éste empieza a discernir y analizar lo que ha pasado, e incluso a acercarse a lo que el padre sólo ve como territorio Comanche. Para el progenitor los musulmanes son como los indios de los filmes de John Wayne. Su hijo empieza a cambiar esa visión con los años.
Sus últimos libretos, entre ellos “Mi hija, mi hermana”, los ha filmado con Noé Debré. ¿Se ha convertido en su inseparable colaborador?
Es mi ‘padawan’. Hace unos años me escribió este chico, bastante joven, diciendo que quería ser guionista, así que me preguntaba si podía ser mi aprendiz. Probamos a ver si la asociación funcionaba y desde entonces hemos ido colaborando cada vez más. Acabamos de terminar Le Fidèle, un relato criminal en Bruselas, que rueda Michaël R. Roskam.
Creo que conectamos muy bien. Pasamos muchas horas al día conversando, pues escribir un guión consiste en hablar mucho: sobre el relato que se quiere contar, sobre el cine, etc.
¿Y usted? ¿Cómo comenzó en el oficio? ¿También tuvo maestro?
Más de uno. Básicamente, me dedicaba a la distribución. Me mandaron a la mesa de edición de una de las películas de la compañía, De latir mi corazón se ha parado. Cada día supervisaba el montaje, porque el realizador, Jacques Audiard, no podía atender esa labor. Cuando algo no funcionaba, escribía nuevas escenas.
Al final, Audiard me reclutó para reescribir con él su siguiente trabajo, Un profeta, que fue Gran Premio del Jurado en Cannes, primer largometraje en el que figuré en los títulos de crédito. Desde entonces no hemos parado de trabajar juntos. Se puede decir que es uno de mis maestros.
Otro sería posiblemente el español Elías Querejeta, con el que trabajo durante un tiempo en España. ¿Qué recuerda de esa faceta?
Me dio mi primer trabajo en el mundo del cine, por el que acabé en el campo de la distribución. Me reclutó para una compañía que distribuía en Estados Unidos clásicos europeos.
Tuve mucha suerte de empezar con tan relevante figura. Aprendí muchísimo de él, ya que lo sabía todo acerca de este negocio. Sobre todo, que el cine siempre tiene que decir algo, y que siempre tiene un carácter político.
Acaban de cumplirse tres años de su muerte. Bien que lo sentí. Ha sido tan importante en mi vida que de mis tres hijos, uno se llama Elías, y otro Tasio, como una de sus películas más importantes.
¿Ha sido muy diferente debutar como director a limitarse a ocuparse del guión como hasta ahora?
Ser guionista es un oficio y ser director es un estado mental. Lo primero se hace con mucha paciencia, dedicando muchas horas. Primero se debe estructurar bien el libreto, y luego el secreto está en reescribir una y otra vez, pero al final se logra el objetivo. Pero dirigir requiere de una gran energía, y una enorme capacidad de resistencia. Desgasta mucho, por lo que uno tiene que concienciarse de que ha de realizar esta labor, como el que se prepara para una carrera de fondo. No todo el mundo ha nacido para ello.
¿Ha pasado a dirigir porque al guionista no se le da el reconocimiento público que merece?
No, sólo porque me interesaba probar esta faceta. Pienso que el guionista debe ejercer una labor anónima, pues es como un mago que nunca debe salir a explicar públicamente sus trucos. Cuando veo un guionista en la televisión, me espanto.
Pienso que reclutar a un buen libretista es un valor seguro. Cada vez se les tiene en mayor estima. Por ejemplo en las series americanas tienen el control creativo. Pero no creo que la gente deba reconocerlo cuando pase por la calle. Con que le conozcan una decena de personas vale: los productores que tienen que reclutarle para escribir los siguientes proyectos. Y ya está, como mucho también me vale que los cuatro cinéfilos más recalcitrantes sepan quién es.
