Transmite entusiasmo por su trabajo. Da gusto encontrarse en la Academia de Cine con Salvador Simó, director de “Buñuel en el laberinto de las tortugas”, pues se le nota contento con su trabajo, maravillosa recreación animada del rodaje de “Las Hurdes, tierra sin pan”, que hará muy feliz al público general, pero sobre todo a los estudiosos del cine y de Luis Buñuel. Media hora hablando con él se pasa volando, se tiene la sensación de que aún quedan temas por tratar. Tendrá éxito y lo merece.
Ha trabajado en efectos visuales para producciones internacionales como Piratas del Caribe: La venganza de Salazar, Prince of Persia: las arenas del tiempo o Las crónicas de Narnia: el príncipe Caspian. ¿Cómo se animó a dejar este área, que estará bastante bien pagada, para trabajar como director en un singular proyecto de animación?
Fue el productor Manuel Cristóbal el que contactó conmigo, cuando yo estaba en Londres, trabajando en El libro de la selva, de Walt Disney. Me propuso adaptar la novela gráfica de Fermín Solís y no me lo pensé dos veces, era para mí un sueño hecho realidad, también porque he estado trabajando siempre fuera de España, así que me encantaba la idea de regresar aquí… ¡para una película sobre Luis Buñuel! Fue una buena decisión, pues pronto me di cuenta de que Cristóbal y yo teníamos en mente la misma película, que mostrara las contradicciones del aragonés, y que además ofreciera una visión poliédrica sobre él. A veces nuestro protagonista podía caer mal, pero queríamos explicar por qué toma determinadas decisiones.
Quizás sea uno de sus principales aciertos, pues el film deja claro que se trataba de un genio, pero que también tenía muchos defectos: era un niño de papá, tenía envidia de Salvador Dalí, podía ser un poco ególatra. ¿Se trataba sobre todo de humanizarle?
Era una persona con sus defectos y sus traumas, como los tenemos todos. Además, abordamos su vida cuando tenía 32 años, así que todavía no se había convertido en el maestro del cine que todos tenemos en mente, sino que era un joven director, que intentaba salir de la sombra de Salvador Dalí y buscar su propio lenguaje. Quería cambiar el mundo con su documental sobre Las Hurdes, pero en realidad sin que se diera cuenta, Las Hurdes le cambió a él. Inventó su propio surrealismo, alejado del mundo del pintor, más interesado en mostrar los entresijos del alma humana y cómo nos comportamos.
Sin lo que rodó allí, no se entenderían títulos clave de su filmografía, como Los olvidados. Curiosamente, sus películas son bastante actuales, no han quedado dañadas por el paso del tiempo. Se centran en el ser humano, y éste sigue siendo igual hoy en día que entonces.
Salvando las distancias, el camino que él recorre tiene paralelismos con el que yo he seguido. Yo también estaba necesitado de encontrar mi estilo, mi forma de hacer cine. Intentaba no copiar, no sucumbir al estilo de Buñuel y de otros realizadores. En ese sentido he tenido la suerte de trabajar con Cristóbal, que me ha dado vía libre, y también me proponía retos diarios para sacarme de mi forma de confort. Repito mucho su nombre, pero sin él no habría existido esta película. Ha trabajado durante treinta años en el cine comercial y me empujaba a buscar dentro de mí mi forma de expresarme.
He aprendido mucho. Escribir el guión del film, junto a Eligio R. Montero, ha sido como escribir una tesis doctoral sobre el maestro. Acabas entendiendo su forma de hacer cine, y su autenticidad, y sobre todo su obsesión por no ceñirse a la corrección política, sino contar lo que tuviera que contar. Es algo que hemos intentado hacer en esta película. No hemos edulcorado a ese Luis Buñuel.
Me ha gustado personalmente cómo se sugiere en la cinta la contradicción religiosa de Luis Buñuel. Se definía como ateo, pero se ve que tiene una enorme inquietud sobre este tema. ¿Quería dejar claro este asunto?
Era nuestra intención inicial, pero al final pasamos un poco de puntillas sobre este tema. Al principio pensamos en más escenas donde quedaba más claro este aspecto, pero las suprimimos porque tenía que ser un film de corta duración. Es una película rodada con un presupuesto muy bajo. Por eso no podíamos pasar de los setenta y cinco minutos. Teníamos material para hacer más, pero no nos llegaba el dinero para rodar más cosas. Según Manuel Cristóbal, nadie se queja de que un largometraje sea demasiado corto. Lo malo es cuando se hace un poco largo, algo falla.
En cualquier caso, queda bastante sugerida esta contradicción. Arrancamos con una secuencia en Calanda, con los tambores de la Semana Santa, que se convierte en una metáfora de su vida. Buñuel pregonaba que no era una persona religiosa pero en todas sus películas la religión está presente y era un buen conocedor de la teología.
Pienso que era una persona muy de izquierdas, por lo que estaba en contra de la Iglesia como poder fáctico. Para él esto era una cosa, y otra muy distinta la espiritualidad y el sentimiento religioso. Yo lo he visto así. Él se disfrazaba de pequeño con sus hermanas de cura para celebrar misas, aunque a su padre, un hombre muy rígido, no le gustaba que hiciera eso.
¿Tras La Edad de Oro metieron a Luis Buñuel en una lista negra por motivos religiosos como se ve en la película?
En su estreno, fue muy escandalosa. Lo que se ve al principio que ocurre en el cine está sacado del artículo de periódico de la época. El film fue financiado por Charles de Noailles; su madre era la vizcondesa de Noailles. Cuando se rodó la cinta querían excomulgar al joven, así que su progenitora intercedió ante el Vaticano y logró que esto no sucediera. Pero la buena señora se enojó mucho con Buñuel, así que utilizó todas sus influencias para evitar que volviera a rodar en París, de ahí que tenga que volver a España al final.
Se nota que se ha documentado exhaustivamente sobre el personaje y su entorno.
En realidad nos hemos puesto un límite. No queríamos saber demasiado sobre lo que ocurrió después. Queríamos entender al personaje tal y como era en esta época. Leímos muchas cosas, pero decidimos centrarnos en su juventud. Que conste que no queríamos parecer eruditos. Cristóbal nos advirtió de que el film tenía que ser entendido por un espectador que fuera por ejemplo un señor mayor de Wisconsin, que no tuviera ni idea de quién era Luis Buñuel. Así que nos centramos en componer una historia universal sobre la amistad que pueda entender cualquier persona. Eso era lo más importante.
Sobre las personas de su alrededor, me gustaba en especial dar a conocer la historia de Ramón Acín, el hombre que financió Las Hurdes, tierra sin pan.
Me encanta que se dé el punto de vista de su mujer, escandalizada porque gaste un premio de la Lotería… ¡en pagar una película!
Es una anécdota real que nos contó nuestro asesor, Javier Espada. Ha sido durante muchos años director del centro Buñuel en Calanda. Es un experto, y nos contó no sólo ésa sino otras muchas historias interesantes.
Cambia muchas cosas del cómic. ¿Les dio vía libre para ello Fermín Solís, autor del mismo?
No quiso involucrarse en la cinta, y ha sido muy generoso, nos invitó a hacer nuestra la historia. Hemos partido de cero, porque pensamos que las viñetas y el cine son dos medios de expresión distintos, con sus propias leyes. José Luis Ágreda, nuestro director de arte, compuso sus propias imágenes, muchas de ellas sacadas de visitas reales a Las Hurdes. Pese a que se tomó licencias, quiso ser lo más fiel posible a cómo era la zona en aquella época. El pueblo de La Alberca sigue siendo igual, aunque hemos falseado algunos datos, como la parada de autobuses, que nos hemos inventado. Tuve suerte, porque el equipo ha puesto el corazón en este proyecto. No me puedo quejar.
¿Es difícil vender al público un film de animación para adultos?
Poco a poco, el público se va dando cuenta de que no es sólo un género para niños. Por ejemplo, hemos tenido la suerte de que nos haya abierto el camino hace poco Raúl de la Fuente, con Un día más con vida, adaptación de la novela de Ryszard Kapuscinski, largometraje con el que tenemos algunos puntos en común: ambos son documentales animados, con imágenes reales insertadas.
Se está abriendo el filón de la animación para adultos. El mundo está girando la cabeza para ver lo que estamos haciendo en España en este terreno. El público empieza a tomar en serio estas historias.
¿Se ha arrepentido de dejar el cómodo terreno de los efectos visuales en superproducciones para embarcarse en este berenjenal?
Nunca. Se cobra más, y el trabajo es creativo. Pero esto es mucho más personal. Estoy tratando de compaginar las dos cosas, ahora voy a trabajar en un proyecto de amplio calado durante un mes. Eso me sirve para pagar las facturas. Tengo que comer, y el cine español da para lo que da. También se aprende mucho en el cine de Hollywood.
En cualquier caso, ¿va a seguir rodando proyectos en la línea de Buñuel en el laberinto de las tortugas?
No hay nada cerrado aún. Pero tengo entre manos con Manuel Cristóbal otra reconstrucción de la vida de un artista real, la adaptación de Gabo, memorias de una vida mágica. Es otro cómic, del guionista Óscar Pantoja y los dibujantes Miguel Bustos, Tatiana Córdoba y Felipe Camargo Rojas sobre Gabriel García Márquez. Estamos todavía negociando los derechos, y escribiendo el guión. No es seguro que se haga, ya que Netflix también está adentrándose en la figura del colombiano, con una adaptación de Cien años de soledad; igual no es bueno saturar al público y lo suspendemos. En cualquier caso, no empezaremos a rodar hasta que tengamos un guión perfecto. Como llevo treinta años en efectos visuales y en el departamento de animación, tengo muy presente que a veces se empieza un film con un guión sin pulir, y luego cuando ya está el proyecto muy avanzado no se pueden rectificar algunos errores.
