Hay películas que no se quedan quietas en el tiempo: envejecen, respiran, se transforman y, a veces, incluso vuelven con otro nombre como si quisieran volver a presentarse. "Los ilusos 13+1" pertenece claramente a esa especie. Han pasado los años, los rodajes a trompicones, las conversaciones eternas en Lavapiés, los cafés que eran casi escenas y las escenas que parecían cafés. Y, sin embargo, al volver a verla —o al revisitarla, que suena más elegante pero significa lo mismo— da la sensación de que algo sigue ocurriendo ahí dentro. Como si el celuloide no hubiera terminado del todo su frase.
Para hablar de ese extraño efecto de “película que te mira de vuelta”, nos sentamos con Vito Sanz, que en aquel universo compartido no solo interpretaba a un personaje, sino que estaba, de alguna forma, empezando a ser actor mientras la película lo miraba convertirse en actor. Una paradoja bonita, muy de Jonás Trueba: rodar la vida mientras la vida aprende a rodarse.
¿Por qué se titula Los ilusos 13 + 13? ¿Qué es lo que cambia con respecto a lo original?
Tiene que ver con el tiempo, con la revisitación de esas imágenes, de esa peli, ¿no? Y cómo, de alguna manera, cómo nos marcó en una época, por lo menos a mí, a nivel personal y profesional, y actualmente cómo resuena en nosotros. Se estrenó en 2013 y han pasado 13 años, de ahí lo de “13+13”.
Es difícil hablar de esta película porque ha pasado mucho tiempo y porque cuando la veo, yo personalmente, como que no sé si soy yo. Ha pasado tanto tiempo que hay algo allí como que es bonito, ¿no? Porque tiene esta cosa, Jonás Trueba, de que rueda películas, pero también hay algo allí de nuestra vida puesta.
Y entonces es como un álbum de fotos, pero a la vez hay algo de: “¡Ostras! ¿Cómo era yo? ¿Qué es ese tío? ¿Quién es?”
Hay algo así.
Por lo demás, pienso que merece la pena que se reestrene, pues en su momento apenas tuvo difusión. Estaba en salas muy alternativas, y ahora que Jonás Trueba ya tiene un nombre, se verá mucho más.
Interpreta a un personaje muy parecido a ti mismo, cuando empezaba en el cine.
Me parece muy bonito verme a mí mismo porque era exactamente así, como aparezco en la película. Me encanta que Jonás Trueba meta cosas nuestras y personales, pues así era nuestra vida en Lavapiés, en ese 2013. Como se ve en la película.
Y entonces, claro, yo estaba empezando. Recuerdo que trabajaba de figurante en el Teatro de la Zarzuela, y lo compaginaba con este rodaje. Hay algo de esa vida de actor que está empezando que está muy reflejado allí, de sus sueños y sus ilusiones. Al verme ahora enseguida pienso: “Vaya, cómo hemos cambiado”.
Y me siento muy privilegiado.
El rodaje era un poco artesanal porque básicamente las personas que aparecían en la película eran amigos de Jonás Trueba. Sí, luego hemos hecho piña y hemos seguido trabajando juntos, pero en aquel momento no sabíamos si nos iría bien.
Teníamos un problema de logística: no había mucho dinero y entonces teníamos que buscar los huecos en nuestra vida diaria para rodar la peli. En vez de saturar al equipo y rodar dos semanas seguidas intentando hacer malabares, Jonás Trueba dijo: “Bueno, creo que es más viable ir encontrando la película y darle este tiempo, y buscar espacios para rodar, por ejemplo, una hora cada semana”.
A partir de la película, nos fuimos conociendo más y los rodajes eran muy amenos. A lo mejor rodábamos una hora y luego cenábamos todos juntos, hacíamos como una vida en el cine.
Y eso era algo muy bueno.
¿Aceptaría el calificativo “deliciosamente imperfecta” para este film?
Bueno, está bien. Es una calificación muy bonita, me encanta.
Para Jonás Trueba, la imperfección creo que es belleza, o por lo menos yo lo veo así. A veces se ven en sus películas trozos de celuloide que otros habrían descartado, pero que él deja, no se sabe por qué. Se nos impone una belleza establecida, y se nos dice qué es bonito y qué es feo. Pero a veces es bueno cuestionar eso. A a mí me gustan las personas también en su imperfección, porque es lo que las hace humanas, únicas.
Pero sí, es muy bonito lo que has dicho.
Aparte de la imperfección, lo que siento viendo las películas de Jonás Trueba es libertad absoluta. Esa frescura de que puede pasar cualquier cosa.
Es un director que deja mucho espacio. No exactamente para que improvisemos, pero deja ese espacio de creatividad, de encontrar la escena, la secuencia. Hay algo allí que es como un salto al vacío.
Se ensayaba mucho, aunque todo parezca espontáneo. Para mí fue un proceso mágico, porque no había rodado en 16mm. Había hecho un corto en 35, pero no había hecho ningún largo.
Y la verdad es que lo recuerdo como ir entendiendo la forma de hacer cine. Y lo recuerdo con actores del reparto haciendo preguntas de “¿por qué hacen esto? ¿Por qué nos están midiendo?”
Luego Jonás Trueba tiene esta cosa pedagógica, que tienen mucho su padre, Fernando Trueba, y su tío, David Trueba, que te hablan de cine pero de una manera familiar, cercana, porque es parte de ellos. Acercan el cine de una manera más natural, porque lo sienten de verdad.
Y eso es un privilegio, poder cruzarme en la vida con ellos.
Con el paso del tiempo se ha convertido a veces en el alter ego en pantalla del propio Jonás Trueba. Esto me lo ha dicho él.
Creo que le entiendo mucho, es mi amigo, y sé lo que quiere contar. Con todo el tiempo que llevamos juntos, y todo lo que tenemos en común, creo que es fácil que yo le interprete en la pantalla.
Es verdad que cuando te pones a pensar en hacer algo, a nivel teatral o creativo, te sueles rodear de la gente que te quiere y que te entiende y que es familia tuya o amiga, porque esos puentes ya están construidos y creo que el trabajo se facilita mucho más.
Oye, volviendo a verla, ¿no le parece que tiene algo de estilo francés?
Sí, un montón. A mí me recuerda a François Truffaut, sobre todo los paseos, las calles, cómo las cuenta, el tempo de la película.
Me encanta su homenaje a las salas de Madrid.
Eso te pone los pelos de punta. Yo cuando lo vi el otro día en el Pompidou, cuando estuvimos en Francia [se hizo una retrospectiva del cine de Jonás Trueba en París], vi que era un auténtico homenaje al cine. Un cine que en ese momento estaba en una cuerda floja por la piratería. Había una crisis económica muy importante. Aún no habían llegado las plataformas. Entonces, que salgan las salas de cine de la capital es muy bonito.
Otra cosa que va muy a contracorriente de Jonás Trueba es que sus películas son muy románticas. El tono ahora mismo... Yo creo que eso es totalmente a contracorriente.
Es verdad. El romanticismo se va perdiendo. Como persona, tiene mucho de eso. Aunque es muy pudoroso y va frenando que salgan ese tipo de cosas, yo creo que no lo puede evitar. No sólo muestra amor, sino también las relaciones de amistad... Se le ven las costuras.
Estás en un buen momento profesional, pues acaba de estrenar “Por cien millones”, serie sobre el secuestro del futbolista Quini, donde se mueves en un registro muy distinto, más absurdo y casi de comedia desbordada. ¿Qué le atrajo para entrar en un proyecto que juega tanto con el exceso?
Me atraía precisamente eso, el exceso. Porque a veces uno viene de trabajar en cosas más contenidas, más cercanas, como el universo de Jonás Trueba o de otros directores con los que he trabajado, y de repente te enfrentas a algo donde todo está un poco más “pasado de vueltas”, y eso te obliga a soltar el control.
También me interesaba el humor, claro. El humor cuando se lleva al límite tiene algo muy liberador, porque te permite no estar tan pendiente de si estás “bien” o “mal”, sino de probar. Y en ese sentido era muy divertido.
Y luego está lo de siempre: la gente. Me apetecía trabajar con ese equipo, ver cómo se construía ese tono tan particular. Al final, aunque sea una comedia muy exagerada, sigue habiendo un trabajo muy serio detrás para que todo funcione sin que se rompa. Y creo que eso es lo bonito: que parece que todo es caos, pero en realidad hay mucha precisión.
