En Luz de domingo, José Luis Garci adapta libremente la novela corta que Ramón Pérez de Ayala escribió en 1916. Con ella, el veterano cineasta madrileño cierra su trilogía de melodramas de época ambientados en torno al imaginario pueblo asturiano de Cerralbos del Sella, donde también se desarrollaron You’re the One e Historia de un beso, y cerca del cual se ambientó El abuelo. Garci retorna así a ese costumbrismo sereno, intenso y abigarrado, que es sello de identidad de sus mejores obras. Pudimos hablar con él sobre esta película durante un breve descanso de su nuevo rodaje, una superproducción sobre los fusilamientos del 2 y 3 de mayo de 1808, de los que el año que viene se celebrará su bicentenario.
¿Qué le atrajo del relato de Pérez de Ayala?
Los conflictos que plantea y el estilo elegante, culto, europeo, con que Pérez de Ayala los desarrolla. Parece ser que los hechos que narra en Luz de domingo sucedieron en su propio pueblo, y que los oyó contar cuando era niño. Por eso son tan vivas y evocadoras sus descripciones de esos acontecimientos dramáticos. Además, la novela describe con mucha fuerza esa violencia latente a principios del siglo XX en la sociedad española, que fue el caldo de cultivo donde se generó la Guerra Civil.
¿Han modificado mucho la obra original?
Bastante, porque la novela en sí era poco adaptable al cine, sobre todo por sus pasajes poéticos y filosóficos. Horacio Valcárcel y yo hemos hecho más bien una refundición del universo literario de Pérez de Ayala, modificando muchas cosas, incluso el desenlace y el nombre del protagonista. Finalmente, decidimos llamarle Urbano en homenaje a “Los trabajos de Urbano y Simona” —una de las mejores novelas de Pérez de Ayala— y también porque hace referencias a importante valores cívicos, como la urbanidad y la educación.
¿Cómo conoció la novela?
Aunque sabía de ella, no la leí hasta 1978 o así, cuando el periodista Carlos Luis Álvarez, Cándido, me dijo por primera vez que debía llevar al cine esa novela. Me lo repetía cada vez que nos encontrábamos. Hasta que por fin nos decidimos a hacerla cuando Cándido estaba ya muy enfermo. Quedé con él en que le llevaría el primer guión en cuanto estuviera acabado, pero murió antes de poder leerlo.
Nunca es fácil hacer el retrato de un hombre bueno. ¿Cómo lo ha afrontado?
Me he acordado con frecuencia de Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti, en la que el personaje de Ciro es un hombre bueno al cabo de los años. Por eso, aunque todos los intérpretes están bien, creo que destaca Álex González, porque es muy difícil hacer de bueno. Es más fácil hacer de malo o de personajes con carga dramática, que te permitan hacer exhibiciones de todo tipo. Además, muchos suelen comparar al bueno con el tonto. Pasa mucho en el western, a través del típico personaje que no quiere empuñar las armas. Como en Horizontes de Grandeza: “¿Qué demostramos al pegarnos?”, pregunta Gregory Peck a Charlton Heston.
Algunos han señalado que Luz de domingo es un western. ¿Qué le parece esa comparación?
Me gusta. Enrique Villén fue el primero que lo denominó así. Y es verdad que hay luchas ente ganaderos y ovejeros, cabalgadas a caballo, un salón, la chica, la historia de amor, la venganza, el odio, el ultraje, la forma de vestir, los chalecos... Me gusta que se vea Luz de domingo como un western. Me encanta ese género. Ves cómo la película se va abriendo circularmente, y poco a poco descubres que estás padaleando un western. Además, creo que España en esa época era como Estados Unidos es la época que describen los westerns.
Guión, producción, rodaje, montaje... ¿Qué parte del proceso fue más costosa?
Luz de domingo ha sido una película que ha salido muy fácil. Cuando ruedo, nunca pienso en otras cosas o en el mensaje que quiero transmitir. La película me va saliendo sola. Esta vez no pude contar con mi montador habitual, como me pasó con Tiovivo c. 1950. De lo que no hay duda es de que es una película mía. Dicen que tiene elementos que entroncan con El abuelo; yo no lo veo muy claro. En todo caso, fue un rodaje relajado, con romerías muy parecidas a las que yo viví cuando era niño.
Cuándo defiende en la película la decencia y la honestidad, ¿está pensando también en la sociedad actual?
También, claro. Siempre se necesita gente decente que contrarreste a tantos que no lo son. Basta con ver lo que pasa con la especulación inmobiliaria. De todas formas, esos temas que afronta la película, como el amor, el odio, la venganza, no tienen época; son siempre actuales. Nunca me ha interesado tratar temas que estén en el candelero. Yo quiero contar historias que me gusten, porque tienen buenos personajes, que me permitan trabajar con buenos intérpretes.
Otra vez ha mimado la fotografía.
Hemos tenido mucha suerte con el cielo, porque el sol y las nubes eran muy importantes en una película que se llama Luz de Domingo. Y, además, he tenido a un director de fotografía excepcional, el argentino Félix Monti, quizá el operador número uno del cono sur de América. Él rodó La historia oficial, y es el operador habitual de Juan José Campanella. Es un gran profesional y, además, es una de las mejores personas con las que me encontrado en el mundo del cine.
¿Por qué eligió a Carlos Larrañaga para el papel de Don Atila?
Porque es un actor excepcional con el que siempre es una delicia trabajar.
¿Qué opina de la decisión de Alfredo Landa de retirarse como actor?
Repito lo que vengo diciendo desde que lo hizo público. Pienso que es una pérdida enorme para el cine español, porque es uno de los grandes. Y, desde luego, sin él, mi carrera hubiera sido muy diferente.
¿Qué luz tienen los domingos para usted?
Para mí, el domingo es el fútbol, la mejor metáfora de la vida y una oportunidad semanal de recuperar la infancia. Pienso que el fútbol es una radiografía social maravillosa, que nos ayuda a entendernos mucho mejor.
Se cumplen 25 años de Volver a empezar. ¿Qué volvería a empezar en su vida?
Empezaría todo, pero sabiendo lo que sé ahora. De todas formas, estoy satisfecho con lo que he hecho, aunque soy consciente —lo digo siempre— de que todavía no he hecho una buena película, como Plácido, El verdugo, El espíritu de la colmena… Así que, mientras tenga fuerzas, seguiré intentándolo con pasión, con ganas, con fe.
¿Se va a mantener en su decisión de dejar de ser cronista de su tiempo —como lo fue al inicio de su carrera— y hacer sólo películas sobre el pasado?
Es curioso esto de volver al pasado… Ahora estoy con la crónica del 2 de mayo de 1808. No sé hasta dónde llegaré. Es cierto que, durante la Transición, sacábamos todo el presente a la luz. Después, con El crack, me pasé a la crónica negra…; bueno, gris marengo. Pero, desde Canción de cuna pienso que, para comprender el presente, hay que conocer el pasado. Hay que hacer como los pintores: dar dos pasos hacia atrás para ver las cosas con perspectiva. Aunque también en la actualidad hay espléndidos argumentos cinematográficos. Por ejemplo, el 11-M daría para hacer una película espléndida.
