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Quai d'Orsay. Crónicas diplomáticas

Quai d'Orsay. Crónicas diplomáticas (vol 1 y 2). (Abel Lanzac y Christophe Blain, Norma Editorial, 96 y 104 págs).

Quai d'Orsay. Crónicas diplomáticas

Abel Lanzac es el seudónimo de Antonin Baudry, quien antes de lanzarse decididamente al mundo del cómic tuvo una experiencia laboral en el Ministerio de Asuntos Exteriores Francés, conocido entre los profesionales de la diplomacia como “Quai d'Orsay”, en alusión al barrio parisino donde se ubican sus principales dependencias. Su función de ayudante en la redacción de discursos para su superior, el ministro Dominique de Villepin, ha inspirado el guión de su genial cómic de crónicas diplomáticas, cuyas imaginativas viñetas se deben a Christophe Blain. El segundo volumen de “Quai d'Orsay” fue premiado en el prestigioso Festival de Angoulême.

A priori no parece fácil concebir un álbum de viñetas acerca del trabajo en los despachos de un ministerio capaz de presentar algún interés. Pero el tándem Lanzac-Blain lo logra sobradamente gracias al tono satírico y surrealista, casi kafkiano, con que se suceden las reuniones, los borradores de discursos que nunca acaban de satisfacer, las miradas a las distintas partes del planeta cuyos problemas hay que abordar. El ministro de derechas Alexandre Taillard de Vorms es un verdadero torbellino de actividad, siempre de aquí para allá, pidiendo sus papeles, y el joven idealista de izquierdas Arthur Vlaminck, ocupado en escribir su tesis y fichado inesperadamente para Quai d'Orsay, debe conciliar la satisfacción por un trabajo de tal categoría, con su inicial ingenuidad y las peticiones caprichosas, al menos a primera vista, de su ególatra jefe. Hay crítica mordaz sin duda en este cómic a la actividad política, a menudo ocupada sólo de las apariencias, pero sin duda es suave y sutil, inteligente, los autores saben de lo que hablan.

ViñetaSorprenden agradablemente los dibujos de Blain, de corte expresionista y muy dinámicos, que pueden desconcertar al principio, pero de los que se acaba descubriendo su encanto, que corre parejo a la idea de desmitificar a los políticos y diplomáticos, mostrando la trastienda de su actividad, mostrándoles en definitiva “en zapatillas”. Las soluciones gráficas para quitar el resuello al lector, y los numerosos golpes de humor son realmente impagables.

Parecía tarea imposible adaptar este cómic al cine, pero Bertrand Tavernier se ha aplicado con humildad a la tarea, de modo que la película del mismo título Quai d'Orsay es un encomiable ejemplo de un tipo de traslaciones, que con frecuencia no resultan demasiado afortunadas. El director galo respeta el original, y sabe encontrar soluciones adecuadas al dinamismo del papel.

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