Yo soy Espartaco. Rodar una película, acabar con las listas negras (Kirk Douglas, Capitán Swing, 200 págs)
Casi 25 años después de publicar sus memorias bajo el título “El hijo del trapero”, un Kirk Douglas nonagenario vuelve al territorio de los recuerdos de su trabajo como actor y productor, para evocar cómo se hizo Espartaco, el mítico peplum dirigido por Stanley Kubrick.
Sin duda el tono se ha serenado. Los años y la experiencia constituyen un valor, y el saber que no te queda demasiado tiempo –el 9 de diciembre Kirk cumplirá si Dios quiere 98 años– invita a la ponderación, el tono bravucón de antaño queda aparcado, hay un esfuerzo claro en este ameno libro por ser justo y los epítetos descalificadores se desvanecen, el cineasta parece seguir aquel sabio consejo de que si uno no puede alabar, resulta mejor guardar silencio, o simplemente dar cuenta de lo que el otro hizo mal.
Por ejemplo, con respecto a Stanley Kubrick opta por destacar su enorme talento, aunque sin quitar hierro a sus diferencias, e incluso contando con cierto aire triunfal cierto momento en que tuvo que imponer su autoridad como productor, en lo relativo a rodar la célebre escena de “Yo soy Espartaco”, de la que se manifiesta como su autor conceptual. O mira con nostalgia a sus compañeros actores ya fallecidos y las tribulaciones personales, con matrimonios rotos, que alguno de ellos padeció. También menciona su aprecio por actores de ideas políticas distintas a las suyas, pero que eran grandes amigos, como John Wayne. Y expresa el amor hondo por su esposa Anne, en vez de dedicarse a hablar de los encantos de la mujeres con las que trabajó, incluidas aquellas a las que estuvo ligado sentimentalmente.
En “El hijo del trapero”, Douglas dedicaba más de treinta páginas al rodaje de Espartaco, y parece claro que ese texto le ha servido de falsilla para ampliar generosamente lo que allí contaba con numerosas anécdotas, además de acompañar sus palabras con una buena colección de fotografías, algunas tan simpáticas como la que aparece Jean Simmons con su túnica de esclava y un guante de béisbol. Así las cosas parece lícito preguntarse qué aporta como novedoso el autor, más si se tiene en cuenta que la edad inevitablemente oxida las neuronas, y que Kirk no llevó un diario al estilo del que tenía Charlton Heston, que pudiera servirle como despertador de los recuerdos.
Y la respuesta es que, sobre todo, el autor presenta su punto de vista sobre la cuestión de las listas negras de Hollywood, su relación con Dalton Trumbo y el modo en que decidió pelear porque su nombre figurara en los títulos de crédito sin seudónimos ni otras mandangas. Como decía antes, se agradece un cierto punto de modestia, la fanfarronería casi desaparece, y se admite cierta conveniencia en dar ese paso adelante, pero unida a un sentido de justicia y de lealtad hacia el gran profesional que había sido tratado como un apestado, además de haber permanecido entre rejas más de un año.
Se entiende en tal sentido que George Clooney, director de un film, Buenas noches, y buena suerte, que describe el sinsentido oportunista del mccarthysmo, haya considerado un honor escribir el prólogo del libro.
