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Ver para creer. Avatares de la verdad cinematográfica (Santos Zunzunegui e Imanol Zumalde, Cátedra, colección Signo e Imagen, 329 págs)

La colección Signo e Imagen de Cátedra continúa prestando toda su atención al género documental tras la publicación de "El relato documental", de Pilar Carrera y Jenaro Talens. Ahora le toca el turno a otro largo y denso ensayo sobre este género que tantas pasiones levanta en un mundo como el actual, donde nunca hubo tanta información… y tanta desinformación, el mundo de la posverdad y de las “fake news”.

Dividido en dos partes bien delimitadas, Santos Zunzunegui e Imanol Zumalde ofrecen primero un repaso y balance de lo que ha dado de sí el documental hasta la fecha, lo que incluye la titánica tarea de establecer sólidamente sus fundamentos semióticos, para poder proponer a continuación una cartografía adecuada para navegar sin perder el rumbo, a la hora de clasificar y tratar de aprehender una suerte de “verdad cinematográfica” en las películas documentales.

Los autores parten de la singularidad del ser humano, de la que éste es bien consciente, y de las respuestas que ha tratado de dar a la misma desde ámbitos diversos, que incluyen la religión, la ciencia, la cultura, la ficción, mediante el despliegue de sus competencias técnica, cognitiva, lingüística y narrativa. Y a la hora de configurar relatos para entenderse y explicarse mejor, surge entre los hombres la ficción, pero también el deseo de “verdad documental”, que trata de saciar simultáneamente la sed de saber y la sed de creer. En lo relativo a esta doble función, el documental cinematográfico suele ser muy apreciado, porque transmite conocimiento y suele generar confianza, y es que entre sus objetivos suele encontrarse el de “hacer creer” al espectador en lo que se le dice.

Casi desde el principio de su obra, Zunzunegui y Zumalde, que toman la decisión de transitar por la encrucijada de los caminos analíticos de la semiótica estructural, a la que se concede un extraordinario peso, los estudios fílmicos y la ciencia de la historia, cuestionan los límites que suelen acompañar a la acepción del documental presente en los diccionarios, aseverando que no todos tienen por qué sostenerse en elementos probatorios, ni basarse en hechos históricos reales y objetivos, ni ser audiovisuales, ni presentar intenciones didácticas o informativas. De modo que, se viene a decir, bajo la palabra “documental” se quieren englobar demasiadas realidades discursivas, y se ejemplifica por ejemplo, con la identificación equívoca que se suele hacer con la “no ficción”. Al final domina en el debate entre diversos autores la dificultad de aceptar la existencia de una verdad, y la posibilidad, en caso de que se acepte, de presentarla de forma objetiva, y no con un subjetivismo que serían inevitable en la reproducción de la verdad. Aunque sí es importante admitir al menos que la materialidad del documental se conduce en términos de expresar esa verdad, a lo que ayuda sobremanera el poderío visual de la imagen. En especial existe la imagen “en bruto” –se citan ejemplos como la película Zapruder del asesinato de JFK o las imágenes del golpe del 23-F–, sin manipular, a veces gracias a que se trata de un directo fortuito –no se sabe lo que va a pasar, la colisión del segundo avión en las Torres Gemelas el 11-S–; aunque, por supuesto, también existe el simulacro de la misma, lo que en una cultura de sospecha puede llevar a la desconfianza en cualquier cosa que se nos muestre.

Resulta imposible recoger en estas apresuradas líneas el grado de sugerencia de una obra, que igual cinta a Heródoto, Umberto Eco o San Agustín, que a uno de los grandes teóricos del realismo en el cine, André Bazin. O que saca a colación el grado protofílmico y protodocumental que pueden presentar títulos como 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Y es que por ejemplo se mira a los títulos de ficción de corte histórico, como Arde Mississippi y Tiempos de gloria, para distinguir conceptos que suenan a juegos de palabras, pero harto interesantes, como los de invenciones “falsas” e invenciones “verdaderas”, en torno a licencias y enfoques que pueden distorsionar o no la realidad histórica.

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