Alfredo el Grande. Vida de un cómico. Marcos Ordóñez. 368 págs.
El carismático actor Alfredo Landa rememora su vida, con la colaboración del crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez, que tenía experiencia en obras de carácter biográfico con estrellas de cine, pues fue el autor de ‘Beberse la vida: Ava Gardner en España'. Ordóñez ha optado por quedarse muy en segundo plano, pues escribe como si fuera el propio Landa en primera persona quien cuenta sus experiencias, y más o menos transcribe lo que éste le ha contado en numerosas conversaciones. Lo cierto es que logra reproducir fielmente la gracia que Landa derrocha al hablar. Las frases del libro parecen dichas por los personajes que interpretó en películas como No desearás al vecino del quinto (“La gente me dice: ¿está usted jubilado, don Alfredo? No, señora, estoy retirado, que no es lo mismo. Si no se puede estar mejor, les digo. ¡Re-ti-ra-do! ¿A que suena bien?”).
Empieza Landa relatando su infancia, los años de la guerra que pasó en un pueblecito recóndito y tranquilo con su madre, mientras combatía en el frente su padre, a quien siempre habría querido poder acercarse más. Estamos ante un libro ameno, de lectura fácil, con recuerdos entrañables del biografiado y anécdotas hilarantes. Ofrece también una visión panorámica del sector cinematográfico español de las últimas décadas, y sus problemas. Al lector medio que desconozca por completo a Landa como persona, le sorprenderá gratamente su ingenio, y su fuerte personalidad, ya que se trata de un hombre muy familiar, positivo, de misa dominical, muy amigo de sus amigos. También resulta ser un hombre culto, que demuestra lucidez cuando opina de literatura, teatro o cine –está bastante al día en cuanto a los estrenos–, y sobre todo cuando habla de la calidad de las películas que él mismo ha interpretado. No siempre ha podido escoger, y a veces ha rodado películas que no han salido bien, pero es perfectamente consciente de lo que ha funcionado y lo que no, y más o menos conoce las causas. Sabe discernir cuándo ha trabajado con actores de primer orden o no, e incluso sabe cuándo él mismo estaba inspirado o ha tenido un mal día.
Predomina el tono amable, pero Landa ha optado por no callarse nada. No faltan los pasajes polémicos. Trata con un gran respeto a José Luis López Vázquez, que le parece un buen actor, pero le acusa de haberle intentado robar un papel escrito especialmente para él por Manuel Summers. La fallecida Pilar Miró queda como una manipuladora que durante la proyección en Cannes de Los santos inocentes apoyaba más a Paco Rabal que a él, y que presionó para que el premio de interpretación fuera ex-aequo y no sólo para Landa. A Imperio Argentina la describe como un ‘monstruo’ que se comportaba como una diva durante el rodaje de Tata mía. Subraya el mal carácter –sobradamente conocido– del genial Fernán Gómez. Y del cineasta Antonio del Real cuenta una anécdota que tiene gracia, pero que no deja en buen lugar al director de El río que nos lleva. De la misma forma, aclara el cómico sucesos recientes como su inesperado bloqueo, cuando recogió el Goya de Honor, su desencuentro con Garci, porque se negó a ser quien le entregara ese premio, y también su posterior reconciliación.
