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La pantalla global

La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna. Gilles Lipovetsky y Jean Serroy. Anagrama. 356 págs.

La pantalla global

Un libro interesante y original. Sus autores, Gilles Lipovetsky y Jean Serroy ofrecen un diagnóstico del cine actual y las distintas formas de comunicación mediática, una hidra con múltiples cabezas, o mejor dicho, pantallas, de todos los tamaños, que sirven para contar historias. Para ello saben trazar una especie de historia del cine que no sigue las normas al uso, porque la idea sería mostrar la evolución del Séptimo Arte, no a traves de los distintos movimientos, o de las cinematografías de cada país, sino del modo en que se ven las películas, los cambios experimentados por el espectador y su cultura audiovisual, y el influjo de la postmodernidad o hipermodernidad, que cada uno la llame como desee.

Parte del atractivo de esta obra reside en que Lipovetsky y Serroy asumen el papel de observadores objetivos que recogen hechos que conforman el cine de hoy. Así, hablan del afán por la desmesura, la imagen-exceso, la búsqueda de sensaciones cada vez mayores y no experimentadas antes; planos brevísimos, velocidad total, y todo cada vez más gráfico e hiperrealista, por supuesto en el cine de acción, pero también en la acumulación de imágenes ultraviolentas, o de contenidos sexuales de alto voltaje. Paradojas de la vida, la sofisticación de los efectos especiales viene acompañada por la simplicidad de los argumentos, los personajes unidimensionales. También constatan los autores que el vivir sumergidos en imágenes introduce en el público una cierta distancia, y se hacen corrientes las citas a otras películas, y la ironía plasmada en guiños, en que se dice al espectador algo así como ‘ya sabes de lo que te estoy hablando’.

Múltiples cuestiones tienen cabida en el análisis de Lipovetsky y Serroy. Se habla del rápido consumo de las películas. De las técnicas de marketing, que las convierten en más ‘producto’ que nunca. Se alude a los cambios en el género documental, donde se incorporan herramientas más propias del cine de ficción, y donde cada vez domina más la subjetividad, algo inherente al hombre de hoy.

Por supuesto, el cine se convierte en reflejo de la sociedad que lo pone en marcha. Y así aparecen películas con advertencias ecológicas, o se recogen los miedos surgidos tras el 11-S. Por no hablar de las crisis de identidad, miedos e inseguridades del individudo. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? No es fácil decirlo, pero las películas recogen inquietudes, y también, sí, las crean.

Los anuncios se convierten en pequeñas películas. El videoarte conoce posibilidades insospechadas, también a través de internet. Se generan imágenes continuamente, cámaras desplegadas aquí y allá atrapan nuestra imagen cada día sin que nos demos cuenta. La televisión influye en el cine, y el morbo se vuelca en los ‘reality’. Las series conocen una era dorada, y el cine aspira a crear sus propias series con las franquicias. Videojuegos, realidades virtuales a lo ‘matrix’, hay una comunicación entre todas las cosas pasmosa. Y el acceso a las películas se hace más fácil que nunca, con pantallas de todos los tamaños.

Los autores se muestra optimistas en exceso al considerar que tal saturación de imágenes ayuda a que el público se vuelva más exigente. Tal vez sea así en algún caso, en lo referente a una búsqueda estética de algo placentero, que agrade, pero en general la sensación es que el espectador está aturdido, recibe demasiados ‘inputs’, y la disminución del hábito de la lectura le dificulta la reflexión y asimilación.

Pese al papel de observadores objetivos de los autores al que antes he aludido, también se cuelan los prejuicios, qué difícil es mantener la ecuanimidad. Citando a Philippe Muray, hablan del cine como “el único arte que no ha tenido que emanciparse de lo religioso”, lo que desde su punto de vista aparece como una ventaja. También llama la atención el contraste que hacen en el modo en que abordan la figura de Cristo Martin Scorsese y Mel Gibson: el primero es “progresista” y humaniza a Jesús, el otro “ultraconservador” le mostraría como “víctima del deicida pueblo judío”.

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