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San Sebastián 2013, día 22: brujas de Zugarramurdi y curandero, miradas a hechos sobrenaturales

Fuera de concurso, con Carmen Maura como flamante Premio Donostia, echan a volar sin escoba “Las brujas de Zugarramurdi”, la última gamberrada de Álex de la Iglesia. Le acompaña en la sección oficial compitiendo el 'taumaturgo' François Dupeyron con “Mon âme par toi guérie”.

San Sebastián 2013, día 22: brujas de Zugarramurdi y curandero, miradas a hechos sobrenaturales

Lo sobrenatural puede adquirir diversos rostros en la pantalla. Por ejemplo la mera excusa para orquestar una película desmadrada, donde el audaz robo de unos hombres desesperados termina en encuentro con un grupo de mujeres dispuestos a merendárselos o así en delirante aquelarre. Éste es el desparrame de planteamiento de Álex de la Iglesia en Las brujas de Zugarramurdi.

Atraco en una tienda de “Compro Oro” en la Puerta del Sol en Madrid. Dos hombres y un niño, hijo de uno y cómplice en el golpe, huyen con su botín en taxi rumbo a Francia. Les pisan los talones un par de policías y la madre del chico, divorciada. Hacen parada nocturna en Zugarramurdi, donde mujeres de tres generaciones de magia y hechizos les consideran clave, sobre todo al chaval, para un aquelarre.

Álex de la Iglesia entrega una película ambiciosa de producción, con buen arranque, el atraco está bien contado e impacta. Pero tras los fuegos de artificio –abundantísimos en las escenas de aquelarre y con las brujas dando brincos y andando por el techo– y algún chiste ocurrente, queda la sensación de broma estirada como un chicle que no da más de sí, de gamberrada bestia y hueca, aun en su pretendida crítica social de los matrimonios rotos, En realidad esto caracteriza a la mayor parte de la filmografía del cineasta, desde su debut con Acción mutante. El problema es que salvo en El día de la bestia, y en menor medida en La comunidad, las cosas se le suelen ir de las manos en lo relativo a coherencia y equilibrio, como es el caso de Las brujas de Zugarramurdi. Fácilmente se le puede así afear su mirada superficial a las mujeres, o el recurso a un niño para las gracietas, como ya hiciera con 800 balas.

La película está rodada con profesionalidad, sí. El envoltorio es perfecto, sí. Los actores cumplen con sus papeles, incluida la todoterreno Carmen Maura. Pero estas muestras de oficio no bastan.

almaCurandero, curandero

François Dupeyron es un viejo conocido en San Sebastián, que ya se llevó la Concha de Oro en 1999 con ¿Qué es la vida?. En esta ocasión, en Mon âme par toi guérie -mi alma curada por ti- el director francés adapta su propia novela “Cada uno a lo suyo, a Dios le importa”. Como se ve por los títulos de película y libro, la cuestión sobrenatural está bien presente, aunque con un tono realista que trata de ahondar en las grandes cuestiones de la existencia humana. O sea, que Dupeyron no ha dejado de preguntarse aquello de “¿qué es la vida?”.

La cinta sigue a Frédi, un tipo divorciado y con una hija, sin ocupación fija, algo perdido por la vida, con una envergadura física que me hace pensar en el fallecido James Gandolfini (pero no, no lo es, tampoco un doble, el actor galo es Grégory Gadebois). La madre de Frédi acaba de fallecer, e inesperadamente él ha heredado su don de curandera, al tiempo que han vuelto a él sus ataques de epilepsia, que hacía años que no padecía. Él no quiere admitir sus poderes de taumaturgo, hasta que un atropello con su moto le obliga a reconocer y hacer fructificar su talento, ya se sabe, como diría el tío de Peter Parker, Spider-Man, que “todo gran don, conlleva una gran responsabilidad”. También una gran carga, cabría añadir.

La película es larga y discurre de modo tranquilo, Dupeyron no tiene prisas en describir la relación de Frédi con su padre, con sus amigos y con las personas que vienen a pedirle ayuda. Se nace sólo una vez, pero cada día hay que empezar de nuevo, se nos dice. Al dolor y al sufrimiento sólo las personas con fe parecen encontrarles sentido, pero puede ser una dura prueba que hace dudar de Dios, “el buen Dios” que dice una niña inocente, aunque los adultos no acaban de verle ni a Él ni a su bondad. Otra actitud es reconocer lo que se ve, y en lo que se ve hay cosas inexplicables, como el don de Frédi, y vivir con ello, y dar amor y ser amado, arriesgarse.

Aunque pueda ser con la idea de crear un cierto “mood”, un estado de ánimo en el espectador, a veces da la impresión de que las situaciones se alargan demasiado. Fotográficamente Dupeyron opta por mirar muchas veces directamente al sol, sus rayos parece querer salir de la pantalla, y se producen así fuertes contrastes, una imágenes quemadas. Sin duda una metáfora de ese tocar todos los días la trascendencia, tan hermosa pero que a veces nos abrasa. Aunque dicen que el amor verdadero es ardiente, ¿no?

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