El Festival de Cannes es un espacio de mundos paralelos. Por ello las imágenes que se guardan, las que el publico tiene, no coinciden necesariamente. Es preciso establecer en cualquier caso una diferencia esencial entre el Cannes de los críticos y el Cannes mundano. Hace treinta años estos dos mundos coincidían, hoy raramente se encuentran. Un gran crítico francés había comparado ya hace muchos años el Festival de los críticos a una comunidad religiosa que se congrega en torno las proyecciones. Hoy, como éstas se han multiplicado, la vida del crítico es una carrera de sala en sala. Además, después del recrudecimiento de las medidas de seguridad, es una carrera de obstáculos, pues los controles se multiplican de forma alarmante. Y dada la afluencia, es indispensable contar con veinte minutos de espera para entrar en cada sesión.
"Death Proof", de Quentin Tarantino
Quentin Tarantino se toma raramente las cosas en serio. Por otra parte, tiene una inclinación indudable por el “pastiche” y la caricatura. Después de obras que constituían un homenaje al cine negro (Jackie Brown) y a las artes marciales (Kill Bill), ataca ahora a las series B, que en los años cincuenta se daban en programa doble, incluso en condiciones materiales poco confortables. Por ello Death Proof, que en Francia será explotada con el título de “Boulevard de la mort”, consigue crear en el espectador la ilusión de ser proyectada con una copia rayada, ya que de vez en cuando se hace borrosa; los colores son chillones, y la psicología de los personajes, elemental, por no decir inexistente.
La historia se cuenta en dos tiempos. En el primero, tres bellezas femeninas son las víctimas de un psicópata del automóvil (Kurt Russell). En el segundo tiempo, naturalmente, otras tres bellezas femeninas, podrán terminar con el odioso personaje, que ha merecido un castigo ejemplar. En cada historia la estructura es la misma: interminables diálogos femeninos, llenos de crudezas, hoy más bien inofensivas, pero sin duda chocantes en su época. Y ambas desembocan en accidentes espectaculares, en los que no sólo los coches, sino sus ocupantes salen volando por los aires, desmembrados. Es la nota “tarantinesca” de violencia irónica.
La cosa, sin embargo, no funciona. La acogida ha sido fría, quizás porque la historia no justifica las casi dos horas de proyección, finalmente ocupadas por los diálogos chirriantes de los personajes femeninos. Si los accidentes son espectaculares, hemos visto tantos a lo largo de los últimos años, y seguramente más espectaculares, que hoy nada nos sorprende. La película tiene además, quizá por el cine que imita, un carácter chapucero, sin el menor rigor. Todo ello contrasta con la calidad estética de los dos episodios de Kill Bill, que permanecen todavía en todas las memorias.
"Le scaphandre et le papillon", de Julian Schnabel
¿Es posible escribir un libro utilizando como única herramienta el movimiento de un parpado? Sin duda, porque esto justamente es lo que hizo Jean-Dominique Bauby, redactor-jefe de la revista “Elle”, después de pasar tres meses en coma y quedar completamente paralizado a causa de un ataque cerebral. Su caso, muy raro, consiste en la pérdida de todas sus facultades motrices, con la conservación completa de su capacidad intelectual. La película sobre esta historia, obra de Julian Schnabel, deja de lado el aspecto clínico, para interesarse en la transformación humana. Bauby descubre a causa de su enfermedad, todos los puntos positivos de su vida que no había sido capaz de apreciar: el amor de su esposa, el de sus hijos, el de su padre (interpretado por Max von Sydow), el de todo el personal que le cuidaba en el hospital, etc. Y también, aunque confusamente, la dimensión religiosa de la vida, la de todas las personas que rezaban por él.
Toda esta rica experiencia lograba transmitirla Jean-Dominique Bauby a través del movimiento de su parpado, con una compleja comunicación efectuada letra por letra, palabra por palabra, hasta completar un libro. “Le Scaphandre et le papillon” (“La escafandra y la mariposa”), en alusión a su estado de claustrofobia y a su parpado que se movía como el ala de una mariposa, se convirtió rápidamente en best seller, aunque hay que añadir que Jean-Dominique Bauby falleció en 1997, poco tiempo después de la aparición de su obra.
Si la película existe hoy es debido a Steven Spielberg y Kathleen Kennedy, que adquirieron los derechos del libro y confiaron la adaptación del guión a Ronald Harwood, y, más tarde, la dirección a Julian Schnabel. El resultado es la película franco americana que hemos visto en Cannes, interpretada por actores franceses y rodada en francés. Es Mathieu Amalric el que interpreta a Bauby. Schnabel sale airoso de una prueba difícil, porque el libro, redactado en primera persona, cuenta sobre todo la experiencia del enfermo. Los flash-back vienen a aliviar lo que es forzosamente penoso y monótono. Y en todo caso estamos en pleno terreno del cine de reflexión y no de diversión.
"Luz silenciosa", de Carlos Reygadas
Carlos Reygadas sigue sorprendiendo. Cuando algunos esperaban un nuevo escándalo como el de su anterior film, Batalla en el cielo, llega a Cannes con una película producida por México, Francia y Holanda, que parece abandonar su tierra natal. Incluso aunque la acción transcurra en México, apenas oímos unas palabras en español. La acción, de una gran simplicidad, transcurre en el seno de una comunidad protestante de origen Suizo, los Menonitas, cuyo idioma es un dialecto derivado del alemán. El ambiente recuerda al del cine nórdico, en particular el de Carl Theodor Dreyer. Johan y Esther están casados y tienen una numerosa familia, pero Johan se ha enamorado de otra mujer y durante un breve espacio de tiempo deja de vivir la fidelidad conyugal. El hecho trae finalmente consecuencias trágicas.
La película posee un aire extraño, a veces exasperante a causa de la duración de ciertos planos. La dos horas y media de película son a veces duras a soportar, pero al final somos captados por el ambiente y la originalidad, y por la belleza de los paisajes. Y sobre todo hay que felicitarse porque esta vez Carlos Reygadas renuncie a toda provocación. Si polémica hay, este año no será de la misma naturaleza que la causada por Batalla en el cielo.
