Jornada muy europea hoy en Cannes. Francia presentó su tercer título a concurso, À l’origine, una historia sobre construcciones de autopistas que sorprende. Mientras que el austríaco Michael Hanake ofrece una curiosísima historia, de magnífica atmósfera, que carga contra la hipocresía puritana.
Se trata de “la historia de un modesto estafador que ha construido una autopista”. Este es el resumen del guión de la película À l’origine, de Xavier Giannoli, la tercera obra francesa en competición en el 62 Festival de Cannes. Es la segunda visita del director a Cannes, pues en 2006 presentó Chanson d’amour, con Gérard Depardieu, sobre un tema nostálgico: la vedettes provinciales de la canción. Esta vez su ambición es mayor pues “ataca” la construcción de dos kilómetros de autopista. Cuando se anuncia una “historia verdadera” es preciso desconfiar, y en todo caso comprender que la verdad debe adquirir una forma novelada para pasar a la pantalla. Esto es lo que ocurre en À l’origine, pero el personaje interpretado por François Cluzet existe verdaderamente. Xavier Giannoli ha podido encontrarlo en la cárcel, gracias al juez que se ocupaba de su “affaire”. La película cuenta no obstante una historia en buena parte de ficción, con personajes secundarios creados para mantener la atención y enriquecer las peripecias de la historia.
El punto de partida es sin embargo semejante al de la realidad. El personaje central, el falso Philippe Miller (François Cluzet), sale de la cárcel, donde ha purgado una pena por estafa; e intenta , sin conseguirlo encontrar un trabajo normal. Ello le empuja a lanzarse de nuevo a la carrera de la ilegalidad, montando pequeñas estafas. Un día llega a un lugar curioso: las obras abandonadas de un trozo de autopista, a causa de las acciones de los ecologistas. A partir de estos trabajos tiene la idea de montar nuevas estafas, pero de mentira en mentira las cosas se complican. En realidad el pueblo donde se realizaban las obras de la autopista ha quedado muy afectado por el abandono del proyecto. Por ello, con la alcaldesa del municipio a la cabeza, (Emmanuelle Devos), los lugareños se muestran cooperativos cuando Miller se ve obligado a decir que su sociedad fantasma –que presenta como una simple filial de la verdadera constructora–, se dispone a recomenzar las obras interrumpidas. La máquina se acelera y pronto, un conjunto de intereses diversos, van a conducir a la construcción de un verdadero tramo de autopista. El suspense sobre el inevitable descubrimiento de la verdad y los problemas sentimentales del protagonista da a la película una densidad humana, que se encontraba ya en la anterior película de Giannoli. La historia adquiere una dimensión desmesurada, es difícil creer todo lo que vemos, pero al mismo tiempo el relato comienza a funcionar como una metáfora de los mecanismos del sistema capitalista. Giannoli no desea sin embargo privilegiar este aspecto, incluso si encuentra hoy un personaje verosímil en la realidad. Se contenta con exponer un caso humano, que afirma que es lo único que le interesa. Según parece, el rodaje de la película ha sido una verdadera aventura, sobre todo después de la negativa de permitir rodar las verdaderas obras de una autopista. En todo caso la producción ha puesto los medios para que creamos en esta “historia verdadera”. El único reproche es el de la duración de la película: dos horas y media no eran sin duda necesarias para contarla.
Crítica al puritanismo protestante, de Michael Haneke
Otro autor habitual de Cannes, el austríaco Michael Haneke, que nos había aterrado con sus fríos asesinos de Funny Games en 1997 (película de la que él mismo realizaría su remake americano en 2007) , viene esta vez con una película coral –Das Weisse Band (La cinta blanca)–, de apariencia mucho más inofensiva y en la que nos dará previamente unas simples indicaciones. La acción se sitúa en una ciudad alemana del norte, protestante, en los años que preceden la primera guerra mundial. Película coral, porque es el maestro quien cuenta la historia, años más tarde de que ocurrieran los hechos, éstos se refieren a media docena de familias del lugar.
Todo empieza con un extraño accidente del médico, que cae de su caballo. Más tarde se descubre que existía un hilo metálico invisible, del que solo quedan las trazas sobre un árbol. Sigue una serie de accidentes extraños, que parecen cumplir una serie de venganzas que afectan a los diferentes personajes: el noble local, el médico, el pastor, el responsable agrícola de la propiedad, etc. La acción presentara así una cuarentena de personajes, entre niños adolescentes y adultos. Sutilmente, sin que casi nunca las imágenes sean explicitas, llegamos a comprender que son los niños tienen algo que ver con lo que pasa, pues todos tienen cuentas que ajustar con sus padres.
Rodada en blanco y negro, Das Weisse Band pretende mostrar, sin estridencias, las consecuencias negativas de una educación puritana, que con afirmaciones morales visibles intenta ocultar hipócritamente realidades sórdidas, que van del incesto al rigorismo inhumano. Se trata una vez más de un “cine comprometido”, como lo es siempre el cine de Michael Haneke. En este caso llama la atención la atmosfera de discreción y ambigüedad que consigue crear en torno a sus personajes, en una reconstrucción de la época de especial justeza. Sin duda la presidenta del jurado, Isabelle Huppert, que fue la protagonista de La pianista, premiada en Cannes en 2001, será sensible a este tipo de cine, que en este caso revela, además, una madurez estética indudable.
