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San Sebastián 2009: una monja francesa y un funeral para Robert Duvall

Hoy la cosa va de paradojas. En Get Low, un tipo hace los preparativos de sus propias honras fúnebres, con el pequeño detalle de que van a tener lugar estando él vivo. Mientras que en Hadewijch una monja vuelve al mundo en su personal búsqueda de Dios.

¿Por qué no habrá más películas yanquis a concurso? Ha bastado una para producir el milagro de la emoción clásica, la narración de magníficas hechuras, los personajes que se hacen querer.

Get Low bebe del folklore sureño. Cuenta la historia de un excéntrico anciano, que vive solo en su propiedad, y sobre el que circulan mil anécdotas turbias, ninguna seriamente contrastada. Felix Bush ha tenido la extraña ocurrencia de organizar su propio funeral en vida. Intuyendo que le queda poco tiempo en este mundo, organizará una gran fiesta en la que desea que los asistentes cuenten historias sobre él, con la secreta esperanza de que salgan a la luz los hechos terribles de los que se siente culpable, y que le han torturado durante más de cuarenta años. Pero en realidad, nadie parece saber nada cierto sobre él.

El film con el que debuta en la dirección Aaron Schneider -antes ganó el Oscar por el corto Two Soldiers, y se ha curtido como director de fotografía y en series de televisión- es un magnífico ejemplo de sensibilidad y buen hacer. Una historia sobre la necesidad del perdón y de purgar las propias culpas, traspasada por el amor. Suena un poco tragedia, pero lo cierto es que toda la narración está impregnada por dosis de buen humor, provocadas por el carácter imprevisible y cortante de Bush -inmenso Robert Duvall, interpretación de premio obligado-, y por los deseos de ganar dinero del dueño de la funeraria -un papel cortado a la medida de Bill Murray, divertido e inteligentemente contenido-; hay una buena ristra de personajes secundarios: Mattie, la mujer que estuvo enamorada de Bush -Sissy Spacek-, el empleado de la funeraria cuya mirada es un poco la del espectador -Lucas Black-, los dos pastores, el tipo con ganas de bronca, el locutor de radio... Punteada con una estupenda banda sonora, con adecuados rasgueos de guitarra, esta fábula es un auténtico regalo, podría optar a la Concha de Oro.

Historia de una monja

Tercera película francesa a concurso, y probablemente la mejor del trío, Hadewijch resulta altamente desconcertante. Describe las tribulaciones de una candidata a monja, Céline, que no acaba de encontrarse en el convento donde trata de dilucidar su vocación. Reza con fervor, y se entrega a rigurosas penitencias, pero la madre superiora no está segura de que la celda sea el camino de Céline, y le invita a volver al mundo, donde también puede encontrar a Dios. Aburrida en la enorme mansión de sus padres –él es ministro–, en una cafetería conoce a un joven musulmán, que a su vez le presenta a su hermano, que profesa piadosamente el Islam, aunque sus ideas parecen aprobar el uso de la violencia para lograr que reinen la justicia y el amor.

El cine que presenta Bruno Dumont es de atmósfera, trata de penetrar en lo que supone una crisis religiosa, en la que se tiene la seguridad de estar junto a Dios, pero a la vez se sufre su silencio. El problema es que tal atmósfera agobiante exige un clímax fuerte, sorpresivo y coherente. Y la verdad, Dumont no nos lo da. Al final parece dejar de lado lo que parecía una apuesta por el diálogo interreligioso y viene a decirnos que los fundamentalismos se tocan, y la violencia se contagia. Pero tal contagio, entregado con consciente ambigüedad para tapar lo increíble del mismo, desinfla el conjunto, el todo se queda en nada. Supongo que ésta es la típica película que se presta a dar un Premio del Jurado, pero no sería justo; tampoco la composición de Julie Sokolowski, rostro perpetuamente triste, debería contar en el apartado de interpretación femenina.

Finalmente, no parece que Las llanuras blancas vaya a contar mucho en el palmarés del Festival, a no ser que la joven miembro del jurado Samira Makhmalbaf se empeñe en apoyar a la única película a concurso de su país. Película iraní simbólica sobre un tipo, Rahmat, que se dedica a recoger las lágrimas de duelo de los habitantes de varias islas, en frascos de cristal, proporciona imágenes oníricas más o menos bellas, pero resulta difícil adivinar a qué propósito obedecen.

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