Una concurso, otra no a concurso. La película portuguesa Misterios de Lisboa se inscribe en la mejor tradición del folletín, y atrapa la atención con su intriga y sus magnéticas imágenes, lo que no está mal para un metraje de cuatro horas y cuarto. Come, reza, ama justifica su presencia por el premio que se concede esta a noche a la actriz Julia Roberts por el conjunto de su carrera.
En mi crónica de hace dos días, no pude evitar expresar mis temores ante la próxima proyección de una larga, larga película, Misterios de Lisboa de Raoul Ruiz, para la que empecé a hacer toda una terapia de mentalización, ánimo, tú puedes, y todo eso. Sin embargo albergaba dudas en mi interior: ¿deberé abandonar la sala echando pestes pasadas dos horas, o dos horas y media, tras mirar el reloj varias decenas de veces, con la duda de si el reloj se me habría parado?
Pues bien, debo decir que Misterios de Lisboa me ha gustado. Su argumento decimonónico, basado en la obra de Camilo Castelo Branco, está en la tradición de un Charles Dickens, un Alejandro Dumas o un Victor Hugo, y a lo largo del mismo se acumulan tramas y subtramas como en esos cuencos de cerezas, donde al tomar un par, te llevas de la misma tacada otras cuantas. La columna vertebral de la historia la da la voz en off del huérfano Pedro da Silva, un adolescente que ignora quiénes son sus padres, y que cae enfermo en el internado que regenta el padre Dinis. La visita de una mujer de alcurnia va a desvelar parte del misterioso pasado de Pedro, sabremos de la madre del chico, casada con un conde, de los amores previos a ese matrimonio, de las andanzas de un advenedizo que ha hecho dinero en las Américas, de la época en que el padre Dinis fue soldado napoleónico, del pasado misterioso de un fraile... Decenas de historias folletinescas surgen aquí y allá, unas encierran a otras o se superponen, y todas contienen, en torno a numerosos personajes, una retahíla de secretos inconfesables, amores ardientes, pecados que necesitan ser purgados... Misterios en suma.
La puesta en escena de Raoul Ruiz es sobria y elegante, clásica en los movimientos de cámara, aunque con algunos planos muy originales. El uso del teatrillo que el chico tiene en su habitación, en el que representa historias, es muy inteligente. Por supuesto cara al magnífico desenlace, pero también como modo de justificar la no aparición de exteriores que tal vez habrían sido muy costosos, de Venecia o de la revolucionaria Francia, e incluso se acepta así el aire algo teatral de ciertas escenas de interiores. Me complace además que la época no sea reinterpretada con baremos modernos, sino mostrada como el director cree que debía ser.
La crisis de Julia Roberts
Julia Roberts ya está en San Sebastián, y espero entrevistarla dentro de unas horas. La actriz recibe el Premio Donostia por toda su carrera, y aprovecha para promocionar su última película, Come, reza, ama, incluida en sección oficial, aunque fuera de concurso. El film se basa en un libro donde la protagonista, la escritora Elizabeth Gilbert, plasmó su crisis conyugal y el viaje exterior -Italia, India, Bali- e interior -ruptura, relación con un actor, amigos, consulta a un chamán, meditación de corte oriental, nueva relación- que realizó para pasar página y encontrarse a sí misma.
De entrada la trama es interesante, habla de la búsqueda de la felicidad propia de todo ser humano. Hay una mirada a la inmadurez -cómo se puede casar uno sin estar seguro de lo que se hace, y luego tirar por la borda ese matrimonio-, a la angustia que lleva a rezar, al deseo sincero de poner orden en la propia vida. Pero todo es leve, tendente a la autocomplacencia, y eso sí, muy acorde con cierta sensibilidad actual en que hasta lo más sagrado puede devenir en objeto de usar y tirar, con las excusas tipo de 'esto no es lo que yo quería', 'ya no lo siento', 'fue un error'... Parece que haya que ser muy, muy especial, para que uno sea capaz de hacer promesas y mantenerlas.
Aparte la filosofía vital de la película, pesa sobremanera la lentitud que el director Ryan Murphy imprime a la narración. Todo discurre con excesiva morosidad, lo que nos permite disfrutar de Roma y exóticos paisajes orientales, pero con costes mortales para el ritmo de la narración. El reparto es estupendo, todos los actores tienen escenas en las que destacar. Julia Roberts sobresale en la oración angustiosa de cierta noche, y Richard Jenkins en la conmovedora confesión de sus tribulaciones familiares.
