No me gusta ponerme cenizo, pero vivimos tiempos desconcertantes, en que los que deberían promocionar el cine y las ganas del espectador de disfrutar las películas en las salas, parece que jueguen en el equipo contrario, no dejan de meterse goles en propia meta.
La desgana y escasa confianza de algunas distribuidoras en el valor añadido que los medios podemos insuflar a sus películas, cara a que el potencial público vaya a verlas, no dejan de crecer. Sólo cuentan la audiencia y los clicks, nada más. He aquí algunas señales.
- La no convocatoria de pases, a veces señalando que el periodista que desea ver la película, que acuda al Festival de San Sebastián, caso de Megalópolis y Emmanuelle, títulos de la semana pasada. Otro título que se quedó sin pase fue Alice (Subservience).
- La convocatoria de pases en fecha pegadísima al estreno, como buscando que no haya reacciones negativas a la película. Ocurre esta semana con Joker: Folie à Deux, que no ha tenido una buena acogida en el Festival de Venecia, algo que no debería ser óbice para mimar un poquito a la prensa, mostrando la película con la debida atención, lo que redunda en una mejor cobertura.
- Curiosamente, la película sí se exhibió en una proyección para famosetes, y es que se confía más en alfombras rojas, redes sociales e influencers que en el análisis tradicional de las películas. Es un caso parecido al acontecido con La trampa, aquí con el agravante de que no hubo de prensa, y que el director M. Night Shyamalan vino a promocionar la película, pero a lo que se ve sólo para que le hicieran fotos.
- Esto de venir sólo a hacerse una foto en La Cibeles y a pasar por el programa de “El hormiguero”, es lo que hizo también hace unos meses Will Smith con Bad Boys: Ride o Die, pero al menos en este caso la distribuidora si organizó pases formales. Casi se puede decir que solo el cine español permite entrevistas con enjundia, y aquí sí se organizan visionados con tiempo. La deriva de Hollywood y la exportación de sus modelos de no-promoción son preocupantes.
- Cansan los embargos, no vayamos a cargarnos una película, o los sobrecitos para guardar el teléfono móvil, no vayamos a hacer una copia pirata de la película. No es nuevo, pero resulta un tanto ridícula esa muestra de desconfianza. También, en los screeners, a veces toca soportar unas marcas de agua horrorosas, con el mismo fin de evitar fraudes, pero que hacen insoportable el visionado y buen juicio sobre lo que se está viendo.
- Luego está el hastío que produce la proliferación de estrenos pequeñitos en salas, está claro que hay sitio y pantallas dispuestas a admitir estos productos. Aunque las cifras son tozudas, y hay muchas historias muy marcianas y minoritarias, que no ve nadie, o eso parece. Los temas no son de los que atraen al gran público, y tampoco Netflix logra que los vean sus suscriptores, aunque les envíen un mensaje de esos de “pensamos que te gustará”; resulta asombrosa la enorme cantidad de películas que llega sobre la transexualidad, por ejemplo, ahí están Will y Harper, el documental de Will Ferrell sobre un amigo o amiga que sale del armario como mujer trans, o el estreno de cine de autor del próximo viernes Crossing.
- Sabemos que el crítico tradicional, Carlos Boyero y compañía, incluido el aquí firmante, es visto como un dinosaurio, ahora lo que mola es un Live en Insta, o un vídeo corto diciendo algo ocurrente, a ver si se vuelve viral. En esta tesitura, las convocatorias de visionados de prensa tienen una respuesta desigual, si puede uno, descarta acudir, o pide un screener para verlo en casa sin perder tiempo con el desplazamiento. Hay tantos títulos que no se llega a todo, y la filosofía de cobertura va variando, y la del esfuerzo de promoción también. Es, no la gran ilusión de Renoir, sino la gran desilusión.
- Y sin embargo, sin embargo, algunos locos seguimos amando el cine, y descubrimos clásicos que no conocíamos, o títulos interesantes de los que nadie habla porque no están en la pomada. O sea, que aquí seguimos.
