El cine alemán ha dado muchas vueltas a lo largo de su existencia. No hay más que pensar en Studio Babelsberg, con mucha, mucha historia a sus
El cine alemán ha dado muchas vueltas a lo largo de su existencia. No hay más que pensar en Studio Babelsberg, con mucha, mucha historia a sus espaldas. Fundado en 1911, allí filmó Fritz Lang clásicos de la envergadura de Metrópolis, y Marlene Dietrich protagonizó El ángel azul. Su trayectoria lo ha conocido en la República de Weimar, en la Alemania nazi, y el dominio comunista, hasta la caída del muro de Berlín y su regreso al sector privado, entro otras manos las de Vivendi Universal, y ahora mismito las de Filmbetriebe Berlin Brandenburg. En 2008 una alianza con el productor hollywoodiense Joel Silver permite traer trabajo al mítico estudio. De este modo, se han rodado allí filmes como Valkiria –con Tom Cruise tuertito–, The Reader (El lector) –por el que Kate Winslet ha ganado el Oscar– y The International, con Clive Owen y Naomi Watts, bajo la batuta del alemán Tom Tykwer. Y andan dale que dale Quentin Tarantino con Malditos bastardos, y Roman Polanski con The Ghost.
Por si lo dicho en el párrafo anterior no fuera bastante, las pelis alemanas están de moda, y ganan Oscar –caso de La vida de los otros–, encantan a historiadores –El hundimiento–, y resultan entrañables –Good Bye, Lenin!–. Y eso por citar sólo unos pocos ejemplos.
Entonces, ¿dónde están las tribulaciones? Pues en una sentencia judicial que podría poner en peligro el entremado legal por el que se mueven los subsidios federales en Alemania. Un tribunal de Leipzig dictaminó el mes de febrero que es inconstitucional, y la cosa podría paralizar un sistema de financiación que venía funcionando bastante bien, y del que se benefició hasta la Valkiria de Cruise. De momento, la FFA (Instituto de Cine Federal) ha cerrado el grifo, hasta que se clarifique el asunto. El dictamen de inconstitucionalidad se basa en el hecho de que actualmente exhibidores y distribuidores de DVDs se ven obligados a pagar un impuesto que se destina a las subvenciones de películas, pero en cambio los canales de televisión hacen su contribución de modo voluntario, lo que se ha considerado discriminatorio. Mientras llega la solución, los “contribuyentes” a las películas parece que están dispuestos a seguir aportando capital, podríamos decir que “a cuenta”.
