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Blog de Hildy

¿Por qué caemos en el voyeurismo? Las ventanas indiscretas en la casa, reality, homeland...

El ser humano es curioso por naturaleza, le encanta husmear en vidas ajenas, ahí está la omnipresente prensa del corazón, y el

¿Por qué caemos en el voyeurismo? Las ventanas indiscretas en la casa, reality, homeland...

El ser humano es curioso por naturaleza, le encanta husmear en vidas ajenas, ahí está la omnipresente prensa del corazón, y el deseo insaciable de los fans por bucear en “la cosa rosa” de los famosetes de turno y saberlo todo de ellos. Pero desde hace algún tiempo cualquiera puede ser famoso, ya sea en un reality tipo “Gran Hermano”, o porque un vídeo colgado en youtube se vuelve viral, el protagonista puede ser un tipo la mar de vulgar, pero de pronto a la gente le fascina ver su vida en vivo y en directo.

Alfred Hitchcock tocó el tema de modo magistral en La ventana indiscreta, pero también en muchas otras de sus películas, véase simplemente el caso de Anthony Perkins echando el ojo y el cuchillo a la desprevenida Janet Leigh en Psicosis. Observar sin ser observados viene a ser al fin y al cabo algo semejante a “ser como dioses”, el deseo que condujo al célebre pecado original. Y desde entonces no hemos parado, mirar de reojillo, zapear en la tele, cotillear en internet...

La reciente Concha de Oro En la casa, de François Ozon, aborda el tema con esas redacciones de un jovencito donde ya no se sabe qué es realidad y qué ficción, pero cuya lectura fascina a su profesor, hasta llegar al último hitchcockiano plano de maestro y discípulo mirando vidas ajenas de la casa de enfrente, e imaginando lo que puede estar sucediendo en las distintas viviendas.

El show de Truman de Peter Weir ya apuntó lo que era el voyeurismo universal, millones de personas siguiendo en vivo y en directo la vida de una persona, Truman, sin que éste lo sepa, gracias a las cámaras de televisión. No pasaría mucho tiempo sin que llegaran “Gran Hermano” y compañía, programas televisivos donde el morbo está servido, convivencia forzada de personas a modo de conejillos de indias, que dejan a un lado todo pudor, se aburren y acaban liados unos con otros. Matteo Garrone sigue en Reality a Luciano, un pescadero muy simpático y graciosete, que convierte su deseo en participar en el televisivo “Gran Hermano” en auténtica obsesión que destroza su vida real.

Sin duda que el mundo del espionaje acrecienta el voyeurismo, al fin y a cabo los profesionales del ramo son voyeurs profesionales, que espían a otros. La paradoja se produce cuando los espiados son ellos y se exponen ante el gran público sus vergüenzas, lo acabamos de ver con el caso del general David Petraeus y el lío de faldas con su biógrafa Paula Broadwell, que parece casi un vodevil, a tenor de los detalles que van surgiendo. Aunque en fin, para desmitificar a los héroes creados por las maquinarias de propaganda y el seguidismo de los medios poco críticos no viene mal que se aireen las cosas un poco.

En el mundo del espionaje post 11 de septiembre transcurre la multipremiada y dura serie televisiva Homeland, con una premisa fascinante, la terrible sospecha de la eficaz pero desequilibrada agente de la CIA Carrie Mathison de que el sargento Scott Brody, rescatado en Irak tras 8 años desaparecido, sea un topo que, convertido en héroe americano, planee golpear a Occidente desde dentro del mismísimo sistema. Carrie despliega todo un sofisticado sistema de cámaras en el hogar de Brody, de modo que él y sus dos hombres son testigos las 24 horas del día de un auténtico “reality”, hasta el punto de que bromean diciendo que resulta más entretenido que seguir a la familia Kardashian en un célebre programa de telerrealidad de Estados Unidos.

Resulta curioso que en una sociedad en la que tanto nos gusta mirarnos el ombligo, exista ese deseo imperioso de saber más del vecino, de ese tipo que me recuerda a mi tío Periquito y que sale en la tele, o de los urdangarines de turno. Probablemente es un sucedáneo de algo que no podemos obviar, aunque nos encerremos con frecuencia en nuestro cascarón: que somos seres sociales, que estamos a gusto cuando estamos con los demás compartiendo algo y, lo más difícil, que cuando uno está con los otros y en vez de ir a la propia bola estás atento a que todos lo pasen bien y das un poquito de amor, es cuando más disfrutas y más contento estás. Me lo contaba hace unos días mi hermana Marta, profesora de instituto, cuando tras ver la película Arrugas con sus alumnos fueron a una residencia de la tercera edad, a hacer compañía a los abuelillos. Pues resulta que aquello fue para ellos un planón, una experiencia altamente gratificante. Y real, valía la pena verlo... y vivirlo.

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