A André Malraux se le atribuye la famosa frase de que “El siglo XXI será religioso o no será”. Personas tan
A André Malraux se le atribuye la famosa frase de que “El siglo XXI será religioso o no será”. Personas tan conspicuas como Benedicto XVI parecen estar de acuerdo, pienso, al haber convocado desde el mes de octubre pasado un Año de la Fe. Resulta claro que muchas personas en la sociedad actual han prescindido de Dios en sus vidas, viven como si no existiera, no necesitan de Él. A la vez hay una sed de trascendencia y de búsqueda de sentido a la propia existencia.
Con esta perspectiva deseo ofrecer un rapidísimo análisis de las recién anunciadas nominaciones a los Oscar, porque pienso que constituyen una muestra muy representativa de la importancia de la fe y el hecho religioso en nuestros días, hay una auténtica sed de Dios, se quiera admitir personalmente o no, y dentro de la condición con frecuencia paradójica del ser humano.
Lincoln, líder en las nominaciones al Oscar, 12 nada menos, muestra la lucha por erradicar la esclavitud en Estados Unidos, fundamentada en la declaración de independencia, donde se dice aquello de “sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para gara ntizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados...”. El presidente Abraham Lincoln, maravillosamente interpretado por Daniel Day-Lewis es un hombre de extraordinarios principios, guiado por su fe cristiana, lo que se ve claramente en la película de Steven Spielberg. La esclavitud es también tema central de Django desencandenado, y aunque aquí el discurso moral esté enterrado en el formato de spaguetti-western seguido por Quentin Tarantino, sí vemos un elemento de fe, de fe humana si se quiere, en Django: el amor a su esposa, todavía esclava cuando él ya ha sido liberado por su amigo y socio cazarrecompensas, y que le guía en su hiperviolento periplo.
¿Qué decir de una película como La vida de Pi, 11 nominaciones, donde se nos asegura que después de escuchar cierto relato, acabaremos creyendo en Dios? La Providencia y el recurso a la oración, la influiencia de hinduismo, cristianismo e islam están bien presentes en la vida de Pi, genial adaptación de la novela de Yann Martel a cargo de Ang Lee.
Es evidente que Jean Valjean se redime y supera su desesperación en Los miserables, el musical, basado en el universal texto de Victor Hugo, gracias al ejemplo de caridad cristiana del obispo que no sólo no denuncia su robo, sino que le regala dos candelabros de plata para que rehaga su vida.
Amor de Michael Haneke me parece una fascinante y durísima película, que pinta muy bien la situación de ciertas capas de la sociedad occidental, que carecen de recursos morales para afrontar duras pruebas, como puede ser el deterioro físico y mental que puede acompañar a la ancianidad. Resulta un auténtico mazazo la escena de Georges describiendo con cinismo el entierro al que acaba de asistir –“el sacerdote, un idiota”–, y la conclusión de su esposa enferma Anne, “yo así no quiero seguir viviendo”. Matrimonio culto, se aman de veras, pero aquello les sobrepasa, les vence el vacío existencial, no hay sentido en lo que les toca vivir.
También el amor hace creer al protagonista de El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook) que podrá recuperar a su esposa infiel, aun después de haberse comportado de modo violento con el amante, y de los problemas mentales derivados. El film de David O. Russell muestra la fe en la capacidad de superación del ser humano. Y también incluye un sucedáneo de la fe, la superstición, ese convencimiento del personaje de Robert De Niro de que la presencia de su hijo le trae suerte a la hora de manejar apuestas sobre partidos de béisbol.
¿Tendremos que tener fe... en la CIA? Hace falta tener mucha fe para creer que se podrá abandonar un Irán fundamentalista y antiyanqui haciéndose pasar por el equipo de una desopilante película de ciencia ficción, pero justo éste es el planteamiento de Ben Affleck en la estupenda Argo. Y sobre Osama Bin Laden, ya no se sabía si creer o no creer siquiera en que vivía, un fantasma parecía, hasta que fue localizado y liquidado en Pakistán, cuestión descrita con talento por Kathryn Bigelow en La noche más oscura (Zero Dark Dirty), mostrando la fe tozuda de la protagonista analista de la CIA Maya en que podían dar con el famoso terrorista. El film ha propiciado además un debate sobre la legitimidad moral de las torturas, lo que evidentemente ha de fundamentarse en ciertas creencias sobre la dignidad de la persona.
Finalmente, Bestias del sur salvaje tiene una estructura de cuento con resonancias mitológicas y aires a veces algo new age. La heroína Hushpuppy, una niña, demuestra una fortaleza de hierro tras la muerte de su madre y la delicada salud del padre, y su abordaje de una nave donde encuentra a cierta mujer, se diría un trasunto del cielo, una oportunidad de volver a encontrarse, en otra dimensión, con los seres queridos.
