A uno le produce cierto respeto encontrarse con pesos pesados como Gus Van Sant, director referencial del cine independiente, que hasta tiene la Palma de Oro de Cannes, por “Elephant” (2003). Pero resulta ser bastante cercano y risueño, parece un amiguete de toda la vida.
Tengo la suerte de pillarle bastante relajado, un día después de la rueda de prensa y el aluvión de medios que le pedían declaraciones sobre la inauguración de la Exposición que la Casa Encendida le dedica, donde pueden ver sus acuarelas, polaroids de sus castings, y un monitor de gran tamaño compara la secuencia de la ducha de Psicosis, de Alfred Hitchcock con la de su remake imitado plano a plano. Hablamos sobre No te preocupes, no llegará lejos a pie, que se estrena en España el 6 de julio. Se centra en los esfuerzos del caricaturista recluido a una silla de ruedas John Callahan, que se distinguía por un humor bastante negro, para liberarse de la tiranía del alcoholismo.
¿Por qué prefiere mantenerse normalmente al margen de la gran industria?
Porque las grandes productoras del cine funcionan igual que las empresas de comida basura. Ambas se basan en el mismo razonamiento: ¿cuál es el nivel mínimo de nutrición que estamos obligados a ofrecer para obtener a cambio el máximo beneficio?
¿Cómo descubrió la figura de John Callahan?
Era una personalidad reconocida en Oregón, yo conocía sus viñetas y le había visto por la calle. Se le podía encontrar en Portland corriendo a toda prisa en su silla de ruedas, y también coincidí con él en fiestas de artistas de la ciudad, o inauguraciones de galerías. Era un hombre muy amable, y también tenía un toque de Don Juan, porque siempre estaba conquistando a las chicas. Cuando estaba rodando el film preguntaba a diferentes personas si le conocieron, y me respondían muchas veces “yo no, pero mi novia sí porque flirteaba con ella”.
¿Cómo surgió la idea de llevar su vida al cine?
Robin Williams compró los derechos de su libro de memorias. Cuando yo estaba trabajando con este actor en El indomable Will Hunting su mujer, que era productora, me preguntó si yo quería dirigir la adaptación, y escribir el guión. Le contesté inmediatamente que sí, porque John Callahan me parecía un personaje muy interesante.
Nunca había rodado una historia sobre un minusválido, suponía meterme en territorio inexplorado, lo que me ilusionaba bastante. Me gusta mucho explorar temas desconocidos, porque eso implica que tengo que documentarme, y así descubro cosas nuevas.
Contraté a dos guionistas, y empecé a escribir con ellos, y con el propio John Callahan, ya que por aquel entonces seguía vivo. Cuando terminamos pasó mucho tiempo sin que el proyecto avanzara, e incluso se encargó un segundo guión, escrito por Patrick Sullivan, un profesional del sector. También se fue demorando la filmación. Pienso que es posible que Robin Williams no acabara de sentirse capaz de interpretar el papel, o tenía algún tipo de dudas. Quizás no conseguía la financiación. Puede ser incluso que no le convenciera el libreto, porque pienso que si hubiera sido brillante, una estrella salta, no deja pasar la ocasión.
John Callahan murió en 2010, y Robin Williams en 2014. Un año y pico después del fallecimiento de este último, me llamó un ejecutivo de Sony para comentarme que las opciones de la obra habían pasado a su compañía. No tenía muy claro si dar luz verde al proyecto, pero me pidió que lo reescribiera todo otra vez, ya que hasta entonces todo estaba redactado con la idea de que Robin fuera el protagonista. Sabíamos cómo funcionaba y las escenas que podía bordar. Escribíamos para él, todo estaba hecho a medida.
Al volver a leer el libro, sin pensar en Robin, descubrí ideas que me interesaban, que posiblemente habíamos desechado porque no eran comerciales, desentonarían en un film de este actor. Decidí que la idea era no alejarse demasiado del punto de vista de John Callahan, que fuera todo más parecido al libro.
¿Cree que ha conseguido explicar bien quién fue John Callahan?
Al final me centré sobre todo en el capítulo 5, donde habla de su recuperación del alcoholismo, porque la obra recrea toda su vida desde su infancia, y continúa narrando lo que pasa después de lo que cuenta mi película, cuando intentaba mejorar en su trabajo, y entrar en revistas de prestigio, como The New Yorker, que es el objetivo final de cualquier viñetista. Decidí centrarme en esta historia de superación.
Él mismo resumía muy bien su vida. Decía “nací sin saber quién era mi madre, tuve un accidente y me quedé tetrapléjico, pero seguí viviendo. Y después de dejar de beber me convertí en viñetista”. Creo que el film se centra específicamente en esto.
¿Cómo decidió sustituir a Robin Williams por Joaquin Phoenix, con el que usted también había trabajado anteriormente?
Había dirigido a Joaquin Phoenix en Todo por un sueño, hace veinte años. Nunca perdí el contacto, ya que de vez en cuando hablábamos de volver a trabajar juntos, barajamos algún proyecto que otro. En un momento dado, Robin Williams vino a verme a mi casa en Nueva York, donde yo tenía como vecino a Joaquin. Decidimos llamarle, y estuvimos charlando los tres.
Me parece que ha hecho papeles fantásticos. Así que yo tenía muy claro que era bastante apropiado para este papel. Le mandé el texto y le encantó. Creo que aceptó por las mismas razones que me empujaban a mí, o sea que no había interpretado a un personaje similar, por lo que también se trasladaba a lo desconocido.
Junto a él llama mucho la atención Jonah Hill, que no parece la elección más obvia para interpretar a un terapeuta, pero que está genial, con una caracterización irreconocible. ¿Por qué pensó en él?
Le conocí hace mucho en un hotel. Se me acercó para comentarme que le gustaba mi trabajo, y que si alguna vez tenía algo para él, estaría encantado de aceptar. Pasaron los años y se empezó a hablar de él por El lobo de Wall Street. Yo no le recuerdo en la película de Martin Scorsese, pero sí que me causó una buena impresión en Moneyball. ¡Hacía un gran trabajo!
Cuando componía el casting le consulté a Joaquin Phoenix. Me comentó que le parecía que podía hacer cualquier cosa. Le llamé… ¡pero me dijo que no!
Pasó otro año, mientras intentábamos financiar la cinta. Cuando ya íbamos a rodar volví a telefonearle y había cambiado de idea.
Cuando vino al set, me dijo que en el guión ponía que su personaje era un imitador del músico Tom Petty. Me dijo que si tenía que parecerse a él, lo conseguiría, y se dejó un look parecido. Le atrajo mucho tener que crear la apariencia física que luciría en la cinta. Le pusimos una peluca estilo Petty y no le quedaba mal. Seguimos dándole una apariencia estrafalaria y al final no parecía ni él.
Resulta curioso que pese al tema que trata No te preocupes, no llegará lejos a pie, tenga un tono de comedia. ¿Ha pretendido reivindicar el factor curativo de la risa?
Así es. Siempre recordaré al comediante Ken Shapiro, con el que estuve trabajando hace años, que contrajo cáncer. Creó un grupo de risoterapia, o sea un tratamiento basado en el humor, que puede resultar muy bueno como apoyo, ya que mejora el estado de ánimo. Al final, venció a la enfermedad, por lo que pienso que las carcajadas pueden ayudar a luchar contra el cáncer.
John Callahan tenía un sentido del humor bastante negro. ¿Escuchaba las numerosas críticas que recibía, sobre todo de personas aludidas?
No sé si se dejaba aconsejar o no. Ignoro si era una persona muy receptiva a atender a los demás, yo no recuerdo haberle contado mis problemas, y nunca me preguntó por ellos.
Lo que recuerdo con nostalgia es que escuchaba el consultorio radiofónico de la Hermana Paula, al que llamaba gente muy rara. Le fascinaba. Nunca se lo quería perder, aunque estuviera lejos de casa. “Espérate, voy a poner la radio”, decía. En cuanto comenzaba hacía muchos comentarios. Por ejemplo, entraba en directo un oyente que se quejaba de que le había dejado la novia. Y John exclamaba en voz alta: “¡Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡No puede ser!”.
(Risas)
Otro comentaba “he perdido mi casa porque me he quedado dormido fumando en la cama”. Y él miraba su silla de ruedas y gritaba: ¡Cielos! ¡Es una desgracia tremenda!
Tenían problemas terribles. Recuerdo que una dijo que tenía tres novios y no sabía cuál escoger. Y John seguía igual: ¡Oh, Dios mío! ¡Tres novios! ¿Cómo puede ser una cosa así? Imitaba con mucha gracia a la Hermana Paula y a sus seguidores. Me hacía reír. Él era así. ¡Si tenía problemas mucho peores!
Cuando empezaron los informativos de Fox –no era todavía Fox News– también se convirtió en un seguidor incondicional. Decían cosas horrorosas, como que se había desatado un terremoto, pero él se llevaba las manos a la cabeza. “¡Esto es lo más terrible que había oído nunca!”.
Resulta curioso que haya filmado las terapias de grupo del film con cámara en mano y muchos travellings.
Por un lado para imitar el estilo de los documentales. También porque después de que MTV iniciara sus emisiones en 1990, todos los DJs que salían se presentaban con cámara al hombro, imitando las filmaciones de los conciertos de rock, cuando los operadores siguen los movimientos de los cantantes del grupo. En el cine hubo gente que imitó este estilo, desde que salió JFK, que combinaba planos de diferentes formatos, 8mm, 35mm, 16mm, vídeo, etc. A veces se usan zooms.
La televisión actual recurre a esto muchas veces en la actualidad. Hasta para presentar el tiempo.
Yo siempre había querido hacer algo parecido, si bien el estudio no me dejó filmar en 16mm, porque se necesita mucho negativo y actualmente escasea y es caro. Quería haber rodado por completo en 16 el film Mi nombre es Harvey Milk, pero los ejecutivos me disuadieron.
Aquí en estas escenas el terapeuta parece una estrella del rock. Filmamos en cámara Alexa, para rodar en digital, pero con objetivos de 16 mm. Jugué mucho con el zoom, alejando o acercando el objetivo, pero creo que quedó muy bien. Espero no haber sido muy técnico con esta explicación (risas).
