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Festival de San Sebastián 2015 Oh, libertad, mi libertad

Festival de San Sebastián 2015, 19 de septiembre: los amigos para siempre de "Truman" y la dura vida rural de "Sunset Song"

A “Truman” y “Sunset Song” les une no sólo Canadá, país gélido mostrado al inicio del primer film, y posible destino migratorio mencionado en el segundo. Ambas películas hablan de las decisiones tomadas libremente, y del marco personal y social que las limita. Además los dos directores, Cesc Gay y Terence Davies, son ya viejos conocidos del Festival de San Sebastián. Cuesta hoy meterse en la sala del cine, con el espectacular día que nos brinda hoy Donosti. Pero hay que hacerlo...

Festival de San Sebastián 2015, 19 de septiembre: los amigos para siempre de "Truman" y la dura vida rural de "Sunset Song"

Truman podría haberse titulado también Días contados, aunque ese título ya lo utilizó Imanol Uribe, cineasta también presente en la sección oficial, aunque fuera de concurso, con Lejos del mar. Porque cuatro, ni uno más ni uno menos, son los días que va a pasar en Madrid Julián, que aunque afincado en Canadá con su familia, emprende viaje para acompañar a su amigo Tomás, actor argentino que padece un cáncer terminal. Separado y con un hijo universitario, Tomás cuenta con la compañía de su fiel perro Truman, a quien piensa que hay que buscarle dueño para cuando él no esté, pues ya no le queda mucho tiempo.

Cesc Gay dirige y coescribe con su guionista habitual, Tomàs Aragay, un drama muy humano sostenido por la columna vertebral de la amistad, el gran tema, y punteado de pasajes con humor que suavizan el duro e inevitable trance de la muerte. Así, gracias a la ayuda inestimable de dos grandísimos actores, Javier Cámara y Ricardo Darín, van asomando con agilidad los miedos, las despedidas, los preparativos, servidos en un ramillete de emotivas escenas muy trabajadas, alguna tan lograda como la del que se presume un incómodo encuentro con quien tendría motivos para insultar o al menos ignorar a Tomás, y que toma en cambio otros derroteros.

En una sociedad que ha perdido en gran medida el sentido de la trascendencia, puede no extrañar la falta de hondura en las consideraciones sobre la otra vida, sólo levemente apuntadas al hablar del deseo de reencontrarse con los seres queridos ya fallecidos. Al final lo que se aprecia sobre todo es el apoyo humano e inmediato de los amigos, un estar ahí amablemente y sin quejas, a veces con un silencio bien elocuente. Los personajes no son perfectos, sobrellevar esa muerte les cuesta, e incluso expresar la no-conformidad con alguna decisión, por una mezcla de miedo y respeto, a veces mal entendido, a la libertad del otro. Algo que se nota cuando se sugiere que podría aquella llegar a ser una situación insoportable, indigna de ser vivida, cuando la enfermedad incapacite para valerse por uno mismo. Se pone así en valor supremo el ejercicio de la libertad, sea cual sea su objeto, prestando menos atención al sentido del bien y del mal. El sufrimiento de los seres queridos es sugerido con la obra que Tomás está representando en los escenarios, “Las amistades peligrosas”, subtexto nada inocente que recuerda que ser amigo de los amigos implica amar y sufrir.

Una mujer en el mundo rural

Lewis Grassic Gibbon fue un escritor escocés que nació con el siglo XX y murió joven, siendo un treintañero. Periodista y escritor es autor de la trilogía de novelas “A Scots Quair”, y la primera del lote es la que da título a Sunset Song. Se trata de una mirada a la sociedad rural escocesa anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial, sobre todo a la granja de los Guthrie, y aún más específicamente a la hija, Chris. La reflexión sobre el paso del tiempo y el entorno familiar, tantas veces opresivo, coincide con los intereses temáticos de su director y guionista, el británico Terence Davies, se reconoce al autor de Voces distantes y El largo día se acaba, que después de bucear en recuerdos personales ha adaptado a autores como John Kennedy Toole, Edith Wharton y Terence Rattigan. Aquí es Gibbon el que le ofrece la oportunidad de revisitar una preciosa fotografía de claroscuros en interiores, y muy sugerente en los exteriores, con los campos mecidos por el viento.

Eso de “la canción de la puesta de sol” parece indicarnos que el día siempre se está poniendo, y que los ciclos de la vida tienden a repetirse, aunque cambien los usos sociales, y las personas puedan mejorar.

El entorno atávico y opresivo lo representa Peter Mullan, el personaje del patriarca insensible que ejerce una paternidad poco responsable en casi todos los aspectos le viene al pelo. Su numerosa familia sufre las consecuencias, aunque la esposa haya aguantado lo indecible, y también el hijo mayor. Cuando una serie de avatares dejan a Chris sola al frente de la granja familiar, parece que las cosas podrían ser diferentes, existe la posibilidad de un matrimonio por amor, una maternidad más gozosa, y un trabajo mejor llevado. Pero siempre hay sucesos, como una guerra, que pueden trastocar la felicidad, y lo que deriva de ellos hay que saber encajarlo del mejor modo posible, para seguir viviendo.

Davies es un cineasta sensible, capaz de sostener los planos, y recurrir al fuera de campo cuando lo considera oportuno; otras veces busca con exceso el preciosismo, también en las escenas íntimas que se diría que exigen un trato más pudoroso. Los actores están bien, aunque hay en ellos un punto de frialdad, quizá es el carácter de sus personajes. De nuevo, como en Truman, y a pesar de los condicionamientos sociales y del destino, se quiere poner en valor la libertad, hay elecciones –de la madre de Chris, de la propia Chris, del hombre al que ésta ama y que es llamado a filas...– que permiten dirigir la propia existencia, aunque acerca de su moralidad podría discutirse bastante.

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