Icíar Bollaín (José Luis Sánchez Noriega, Cátedra, colección Signo e Imagen / Cineastas, 443 págs)
“Todo empezó con el casting de una película en un instituto”. Este podría haber sido el comienzo de su pormenorizado análisis de la trayectoria artística y profesional de Icíar Bollaín, asegura José Luis Sánchez Noriega, si hubiera optado por un enfoque “literaturizado”, pues en efecto su dedicación en el cine arrancó cuando tenía quince años y Víctor Erice la escogió para protagonizar El sur (1983). Hasta se podría haber especulado acerca de qué habría ocurrido si hubiera sido su hermana gemela Marina, la que se hubiera convertido en actriz de ese film.
Pero no, no comienza así su obra, porque el autor la ha abordado como una investigación, y utiliza el preciso lenguaje académico para diseccionar el cine de Bollaín, donde ella comienza como actriz sin formación profesional al efecto, pero que va adquiriendo de forma autodidacta, también con clases, pero además de la observación y las indicaciones de grandes directores, además de con Erice, con Felipe Vega, Manuel Gutiérrez Aragón, José Luis Cuerda, José Luis Borau y, naturalmente, con Ken Loach. De ellos aprenderá también a dirigir, dando el salto tras la cámara, pues son maestros que imparten lecciones sin saberlo, basta en el caso de Bollaín, con saber mirar.
Sánchez Noriega aborda la veintena de papeles que Bollaín tiene en su haber como actriz, aunque el foco principal está en su faceta de directora, a la que ella también dedica sus mejores esfuerzos, de hecho no ha vuelto a trabajar como intérprete desde Rabia, de 2009. De todos modos resalta cómo esta faceta la ha ayudado a la hora de ejercer como directora de actores, para entender sus puntos de vista y darles pautas sobre lo que necesita.
Sánchez Noriega contextualiza bien el ambiente social y profesional en que comienza a dirigir, donde hay muchas oportunidades para los directores noveles –aunque pocos logren descollar– y a las mujeres comienzan a llegarles oportunidades para ponerse detrás de la cámara –Bollaín se implicará en los esfuerzos de la asociación de mujeres cineastas CIMA–. En ese sentido, como apunta el autor, resulta interesante ver cómo el cine de Bollaín se resiste a la etiqueta de “feminista”, por más que haya personajes de mujer de entidad en la mayoría de sus filmes, y de que incluso denuncie cuestiones como la violencia de género en Te doy mis ojos (2003). Ejemplar sería el caso de su debut en el largo, Hola, ¿estás sola? (1995), que podría considerarse postfeminista, pues muestra el precio a pagar por la conquista de ciertas libertades. O su “sencilla” escala de valores cinematográfica señalada en el artículo de 1998 “Cine con tetas”, donde afirma que es “muy sencilla. Me gusta que me hablen de personas, me gustan que me cuenten cómo funcionamos, me gusta entender lo que conozco y conocer lo que otros piensan y sienten, me gusta que me cuenten algo que desconozco como si lo hubiera vivido yo y algo que conozco desde un ángulo nuevo”. La clave, pues, es “hablar de personas”. Y ello desde un realismo de la autenticidad y comprometido, muy ligado al cine de Loach y al de los libretos de Paul Laverty, con el que ella ha trabajado en cuatro títulos, También la lluvia (2010), Katmandú, un espejo en el cielo (2012), El olivo (2015) y Yuli (2018). El libro incluye al final un texto de Laverty en que explica cómo es su colaboración con Bollaín, con parecidos y diferencias de lo que es trabajar con Loach.
El grueso del libro, como el los otros títulos de la colección Signo e Imagen / Cineastas de Cátedra de la que éste hace el número 123, está dedicado al estudio de la filmografía de la directora, incluyendo sus cortos y trabajos publicitarios, aunque prestando atención sobre todo a los 10 largos que ha hecho en 25 años, hasta La boda de Rosa (2020), aunque en un interesante anexo se incluye la memoria escrita por Bollaín para buscar financiación para su nuevo y audaz film, Maixabel, cuyo rodaje comenzó el pasado 8 de febrero, y que trata el encuentro entre una viuda de una víctima de ETA y uno de sus asesinos.
Sánchez Noriega ha mantenido encuentros con la directora, y sabe darle voz, citando algunos de sus textos y declaraciones: sin duda y aunque nunca acabemos de conocernos a nosotros mismos, nadie puede meterse dentro de nosotros para saber lo que nos mueve, por lo que a la hora de estudiar a un autor hay que averiguar lo que ha dicho de sí mismo. Parece elemental, pero no lo es para algunos estudiosos, que prefieren zambullirse en la piscina de sus propias teorías, aunque ésta no contenga agua y se rompan la crisma; por fortuna, no es éste el caso que nos ocupa. Sánchez Noriega señala que el cine de Bollaín es “cine de autora”, por muy manoseado y a veces injusto que pueda resultar este concepto “cahierista”, por la coherencia temática y estilísta de su filmografía, que sabe justificar proporcionando al lector sus trazos precisos.
