El silencio de Dios en el cine (Pablo Alzola, Ediciones Cristiandad, 292 págs)
“A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer”, se lee en el evangelio de san Juan, palabras elocuentes que nos hacen pensar en la dificultad que afronta cualquier cineasta que mira en su obra a Dios y sus acciones; y como el silencio parece remitir a la no-acción, el desafío de tratar el silencio de Dios se diría que resulta aún mayor. Si audaz es acometer un libro sobre cómo se muestra a Dios en el cine, todavía más atrevido parece tratar de atrapar el modo en que las películas abordan el silencio de Dios. Pero Pablo Alzola asume el reto con magníficos resultados, entregando un libro bien vertebrado alrededor de una serie de temas y películas, que se sostienen sobre un formidable aparato filosófico, teológico, poético y estético.
Desde luego “El silencio de Dios en el cine”, prologado por Eduardo Torres-Dulce, no es un libro al uso, y en tal sentido es una bocanada de aire fresco frente a otro tipo de ensayos más trillados. Su autor cree firmemente en la fuerza del cine, la capacidad de las películas para abordar los grandes temas que han interesado siempre al ser humano, y más específicamente el de un silencio divino que puede resultar exasperante para la criatura en busca de sentido. Desde una óptica netamente cristiana, y más concretamente católica, ha escogido una serie de títulos recientes del siglo XXI de cineastas no siempre sencillos, que le sirven para abordar nueve temas cuyo orden no es casual, partiendo del silencio que a veces se agradece en un mundo con frecuencia demasiado ruidoso, sigue con la amplitud de los paisajes, para ir cerrando el campo a interiores y rostros, meterse en lo más íntimo de la persona, sus dudas y su conciencia, y luego saltar a los orígenes, la creación, al final que es un nuevo principio, nuestra condición mortal, y a la gracia que permite llegar a buen puerto en ese nuevo principio.
El gran logro de Alzola reside en lo bien articulado que está su discurso, y lo oportuno de sus numerosas citas. En cada capítulo, antes de abordar con más hondura casi siempre cuatro películas, y rematar sugiriendo otras, siembra su campo con adecuadas menciones de la Biblia, de místicos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, de poetas y escritores como Pablo d'Ors y Flannery O'Connor, de teólogos como Joseph Ratzinger y Roman Guardini, de pensadores y filósofos como San Agustín, Julián Marías, Inmanuel Kant, Soreen Kierkegaard y Viktor Frankl, de ensayistas de la estética como George Steiner, Jordi Balló y Xavier Pérez, de expertos en narrativa cinematográfica como Antonio Sánchez-Escalonilla y Carlos F. Heredero, y me detengo aquí, porque podrían citarse muchos nombres en los que se apoya muy bien toda la argumentación. Y salpica su estudio además con menciones a otras películas más clásicas ilustrativas de su discurso, donde caben Robert Bresson, John Ford, Ingmar Bergman, Woody Allen o Stanley Kubrick.
Pero como digo, la apuesta es tratar de modo más minucioso 3 ó 4 títulos por capítulo. No son sus directores “padres de la Iglesia”, y en su mayor parte nadie les aplicaría el calificativo de “palomiteros”, pero sí se trata sin duda de cineastas rigurosos a los que interpela el tema de Dios, y que permiten abordar las cuestiones, a veces prestando más atención a los aspectos estéticos –el caso de los paisajes, interiores y rostros, o la creación, por ejemplo, donde caben los planos secuencia célebres de Roy Andersson, la sobriedad con que se atrapan los gestos de unos frailes en De dioses y hombres, o la audacia de Terrence Malick en El árbol de la vida; otras veces poniendo el foco en lo narrativo, el caso de cómo se atrapan las dudas en filmes como Calvary. Muchos de los aspectos destacados por Alzola son además apuntalados con declaraciones de directores y actores, por ejemplo de Greta Gerwig hablando de Lady Bird y explicando que sin ser católica, le conmueve la historia de Pedro y sus negaciones, y que “se le ofrezca la oportunidad de arrepentirse a través del amor”, algo que habría trasladado a la película.
