Álex de la Iglesia (Antonio Santamarina y Jesús Angulo, Cátedra, col. Signo e Imagen/Cineastas, 450 págs)
Nueva biofilmografía de la colección Cineastas de Cátedra, que hace la número 136, dedicada a un popular director de cine español, Álex de la Iglesia, que más allá del valor de su obra artística, tiene la virtud de la simpatía y el lograr caer bien a todo el mundo, algo no tan sencillo. Lo que le convertía en persona idónea para presidir la Academia de Cine en España, tarea en que se desempeñó, como nos recuerdan Antonio Santamarina y Jesús Angulo entre 2009 y 2011, apenas 20 meses. Sus opiniones sobre las sinergias que podían unir cine e internet no fueron bien entendidas, y sumadas a su deseo de seguir haciendo películas, precipitaron su salida de la institución.
Los autores de este libro reconocen cándidamente que su origen se remonta a 2011, y a varias monografías que desarrollaron para Filmoteca Vasca, lo que a veces se nota en el resultado final, un mejor pulimento del texto habría evitado algunas reiteraciones. A lo largo de bastantes años tuvieron acceso al cineasta bilbaíno y mantuvieron largas conversaciones, que les permitieron hacerse una composición de lugar bastante completa de las claves de su universo artístico, con las influencias de la cultura pop de su niñez –no faltan las menciones al concurso televisivo “Un, dos tres...”, al programa infantil de los Chiripitifláuticos con el capitán Tan y los hermanos Malasombra, a la pasión por los cómics incluida la línea clara de Tintín, los fanzines, las primeras películas contempladas en la pantalla...–, los estudios de filosofía en Deusto, la amistad con otros futuros cineastas como Enrique Urbizu o Pablo Berger, con los que colabora en sus inicios. Se mencionan así detalles interesantes como el de que su padre era hombre de misa diaria, y es que en efecto en el cine de De la Iglesia se nota la presencia del elemento religioso, con frecuencia como poderoso elemento “decorativo”, pero tratado con más respeto del que podría pensarse a primera vista.
Se da cuenta por supuesto del corto que le dio a conocer, Mirindas asesinas, de 1990, pero también se mencionan otros trabajos de escaso metraje menos conocidos, como los que hace con Manuel Tafallé, El enigma del bosquecillo, El código y Hitler está vivo. Tras su debut en el largometraje en 1992 con Acción mutante, apadrinada por Pedro Almodóvar, aparecen subrayadas algunas de las peculiaridades del cine de De la Iglesia, su tono gamberro y algo iconoclasta, su amor por el fantástico, la cuidada imaginería gracias a su pasión por la viñeta y a los storyboards... El cineasta es capaz de manejar tramas de amplio scope, imaginativas visualmente, y donde aprovecha algunas de sus obsesiones, como los temas relacionados con el diablo, ahí está El día de la bestia (1995), a mi entender su mejor film; se apunta ya su gusto urbanita por los edificios y Madrid –luego presentes en La comunidad (2000) y el arranque en Sol de Las brujas de Zugarramurdi (2013)–, e incluso el Valle de los Caídos –la sátira Balada triste de trompeta (2010).
El libro analiza las claves estilísticas del director: su gusto por el exceso barroquista, aunque capaz de ceñirse al clasicismo si lo piden las circunstancias, el recurso a figuras simbólicas como “el castillo” para fijar escenarios de sus narraciones, los guiños cinéfilos... Y se apuntan sus mayores virtudes, en lo visual, en la creación de personajes, en el modo en que mima a los actores. Escrito desde la más rendida admiración, se agradece no obstante que se señalen las películas que no acabaron de funcionar y tuvieron una respuesta más tibia por parte del público. Se incluyen las imprescindibles contribuciones artísticas de sus colaboradores, donde juega un papel especial su coguionista de cabecera, Jorge Guerricaechevarría, o productores como Andrés Vicente Gómez y, más tarde, Enrique Cerezo. Los homenajes a los programas de infancia, atravesados de un humor con mala leche marca personal, Muertos de risa (1998), La chispa de la vida (2011) y Mi gran noche (2015), comprensibles, conviven con las aventuras internacionales –Perdita Durango (1997), Los crímenes de Oxford (2008)–, con trabajos inesperados –el documental de Messi–, remakes como el de Perfectos desconocidos (2017), y las incursiones televisivas donde la colaboración con HBO Max en 30 monedas le ha concedido su mayor repercusión internacional.
