Peliculero (Alberto Rey, Península, 275 págs)
“Este libro va precisamente de eso: de cómo el cine se convierte en parte de nuestra educación sentimental”, asegura Alberto Rey en un pasaje de su libro, con título que refleja muy bien su espíritu, que comparte con algunos de los que han visto la luz recientemente, a modo de memorias autobiográficas. En algunos casos con toda claridad –“Memorias de un cinéfilo sarnoso”, de Gerardo Sánchez, “No sé si me explico” de Carlos Boyero– en otros de modo colateral, quizá porque la normalidad y el sentido del pudor invitan a otra cosa –“Diario de una publicista” de Teresa Figueroa, “Cine con cosas” de Arturo González-Campos, y también el libro que aquí me ocupa–.
El título escogido por el autor resulta muy apropiado, muy... peliculero. Porque se trata de hacer un recorrido de su dedicación profesional como, iba a decir periodista cultural, pero supongo que debería decir otra cosa, así que lo dejaré como su dedicación profesional de comentarista de lo audiovisual. Y en que al hilo de recuerdos se puede hablar de la experiencia del visionado de películas en sala de cine, de vivir y no morir en Los Ángeles, de la participación en entrevistas y junkets, de la grabación de podcasts, del encuentro con determinados artistas, en el mundo real o ante la pantalla, de la evolución en el modo de ver las películas, con el camino que mucho hemos transitado, tele, videoclub, internet con descargas legales o ilegales y el streaming, el boom de las series, formato música y nube, hacia el infinito y más allá.
Cada capítulo de este libro impreso, quizá podría ser también la entrega de un podcast, también por el espacio que hay para la digresión y la broma inteligente. Todo, no puede ser de otra manera por su concepción, es muy personal, ahí están los gustos y la forma de ser, la pertenencia a la generación de “Star Wars” y no a la de “Harry Potter”, la mención de determinados iconos cinematográficos y gente a la que admira profundamente, y algunas leves pinceladas autobiográficas, que se detectan sobre todo al referir el divorcio de sus padres, y su “no ir” con su progenitor a ver Parque Jurásico, aunque mencionando un mundo alternativo en el que sí habría ido, un recurso al que acude en varias ocasiones, el ejercicio de qué habría ocurrido “si”, aplicado a actores como Madonna, Melanie Griffith y Antonio Banderas, por ejemplo.
No he sido asiduo seguidor de los reportajes y podcasts de Rey, aunque confieso que en los especiales de los Oscar de Movistar+ siempre me ha parecido el contertulio que más aportaba en la conversación, ahí lo dejo. Entiendo que éste es un libro que valorarán los que aprecian su trabajo, y en el que abundan comentarios entregados casi como por casualidad, versos sueltos que acaban conformando una suerte de unidad, que se apreciarán o no unos más que otros, y que abarcan temas variopintos, desde Pedro, sí, Pedro Almodóvar, a lo que aportó Richard Linklater con tu trilogía de Antes de, la violencia, sexo y tacos de HBO, la experiencia del Covid o la muerte del amigo Matthew Perry. No falta su “conversión” a Lo que el viento se llevó, y la división que produjo cierto debate sobre su “racismo”, que sería la punta del iceberg woke cada vez más presente en Hollywood, aunque de esto habla poco.
