Mike for President!. Michael Moore. Temas de Hoy. 189 págs.
Éste no es un libro de cine. Pero lo firma un cineasta, y su propósito es prácticamente el mismo que el de sus películas: poner en solfa lo que considera horrible en Estados Unidos, y hacer su propuesta de cómo sería un mundo mejor. Todo ello traspasado por un sardónico sentido del humor.
Curiosamente, la obra de Michael Moore tiene un efecto seguramente no buscado a propósito por el autor. Se le ve el plumero con muchísima mayor nitidez que en sus documentales (Bowling for Columbine, Fahrenheit 9/11, Sicko): no es lo mismo ir armado con una cámara, hacer un montaje rápido de declaraciones, mostrar agilidad en las bromas, que lanzarse a escribir con idéntica meta; y es que la lectura es una actividad mucho más reposada, que permite releer sin demasiado esfuerzo para ver si Moore ha querido decir lo que hemos entendido que decía, y la memoria está más presta para recordar que acusaba a unos de desmesura y falta de rigor, cuando él, diez páginas más adelante, cae precisamente en eso con que afeaba la conducta de sus adversarios.
“Mike for President!” es un libro coyuntural, escrito por Moore para ganarse unos dólares, hacer leña del árbol caído (el presidente Bush y sus correligionarios) y apuntarse al carro vencedor del presidente electo Barack Obama. Publicado unos meses antes de las elecciones del 4 de noviembre, se nota que el autor ya estaba saboreando las mieles de la victoria demócrata, aunque trata de mostrarse prudente, no en vano el cineasta creyó que iba a tumbar al presidente Bush hace cuatro años con Fahrenheit 9/11, algo que para su desconsuelo, nunca ocurrió.
La obra se divide en cinco capítulos, donde se supone que el mejor sentido del humor de Moore hace acto de presencia: supuestas preguntas de gente acerca de lo que está en juego en el 4-N, las torpezas en que deberían caer los demócratas para que ganara el republicano John McCain, los diez decretos que debería sacar adelante Obama nada más asumir el cargo, algunas ideas de reforma electoral, y una propuesta jocosa, pero seguramente más en serio de lo que parece, de meter en la cárcel a Bush y a todo su equipo. El caso es que, sobre el papel, Moore no logra el equilibro deseado entre bromas y planteamientos “serios”, en realidad es prisionero de sus propias contradicciones. Por un lado, el secreto de su éxito es ser tremendista y exagerado, con lo cual, cuando propone reformas, resulta difícil distinguir si lo que dice es otra de sus chanzas. Alabar la moderación de Obama, cuando él dispara al adversario a cañonazo limpio, se diría una broma, pero involuntaria.
El modo sofista de razonar de Moore no resulta desconocido, pero este libro sirve además para descubrir a un Moore inédito. El cineasta no es sólo el tipo orondo y simpático con el que uno estaría dispuesto a compartir, aunque no gusten sus métodos pedestres de sostenerlas, ideas tan razonables como la del control de armas, la vigilancia de los negocios petrolíferos, o la de una sanidad para todos. Moore es también el tipo que apoya el matrimonio homosexual, que descalifica a la Iglesia católica por su defensa del no-nacido, y que dice que la Biblia es un cuento. Su demagogia le hace soltar perlas como “si hablamos de las investigaciones con células madre embrionarias, y sabiendo que esa investigación puede salvar millones de vidas, seguro que la Iglesia que fundó Jesús tendrá una postura compasiva, ¿no?” “Que nadie se llame a engaño”, aclara, “la conferencia episcopal de Estados Unidos califica el cultivo de esas células de ‘acto gravemente inmoral’.” Con tal afirmación, el “agudo” analista escamotea que hasta la fecha no se ha salvado ninguna vida con esas investigaciones, que éstas suponen la eliminación de seres humanos en estado embrionario, y que lo inmoral sería la eliminación de embriones, si no se produjera esa eliminación, no habría problemas en usar las células, al igual que se hace (con algunos resultados exitosos, aquí sí) con células madre adultas.
Es un ejemplo, pero podrían ponerse otros tantos de la exposición manipuladora de Moore. Así, en otro orden de cosas, niega la condición de “héroe de guerra” que reconoce la mayoría de estadounidenses a McCain –incluido, por supuesto, su adversario Obama–, para acusarle de bombardear zonas densamente pobladas por civiles, mientras sugiere un escenario, cuando es abatido, en que los vietnamitas intentan lincharle por haber matado a sus hijos, cuestión de la que, como es de imaginar, Moore carece de información; sin duda, queda una escena muy colorista, la de un humanísimo vietnamita defendiendo al tipo que está matando a su gente, excepto por el pequeño detalle de que se manipula y reinterpreta la cosa para denigrar al candidato republicano, que estaría asesinando a civiles inocentes.
En un alarde de “ponderación”, critica algunas cosas en Obama, aunque resulta obvio que lo hace para trasladar una imposible imagen de que tampoco al otro le va a poner las cosas fáciles. Y con su típica “sutileza” critica a los que han votado durante tantos años a candidatos republicanos, mostrándose esperanzado porque muchos ya habrán muerto a estas alturas, y seguro que la gente joven es tan clarividente como él. Finalmente, rizando el rizo, sugiere que sus enemigos desean que los demócratas se desmarquen de él, para así vencerles; confíemos que sea una broma, porque de otro modo el ego del autor habría alcanzado cotas ya difícilmente superables, al darse tanta importancia.
