¿Hacia dónde va el cine, en lo que a contenidos se refiere? Pues hacia donde va la sociedad, uno y otro se miran frente a frente, no se sabe quién imita a quién. Este libro ofrece un diagnóstico del caldo cultural donde se cuecen las películas, y que evidentemente deja su fuerte sabor en ellas.
Celuloide posmoderno (Juan Orellana y Jorge Martínez Lucena, Encuentro, 286 págs)
Mirarse a uno mismo, para ser el perpetuo referente de los demás y... de uno mismo. Ésta es una actitud vigente en gran parte de la sociedad occidental actual, que colisiona con otra que puja por salir a flote, la del idea de autenticidad. Como cabe imaginar una y otra no existen en estado puro, se mezclan y dan pie a curiosas paradojas.
Este sugerente libro de Juan Orellana y Jorge Martínez Lucena –el primero ya nos había entregado un lúcido análisis del cine actual en la misma dirección en su obra “Como en un espejo”– tiene el acierto de ofrecer una “foto” del estado de la cultura actual, aplicable a los países del Primer Mundo, del que el cine se convierte en mímesis, y viceversa, en sus modos de hacer las personas se fijan en comportamientos cinematográficos. Y maneja un nutrido aparato bibliográfico donde destaca el libro de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy “La pantalla global”, con el que comparte metas, aunque sean evidentemente análisis diferentes. Se citan otros libros de Lipovetsky, además de autores como Zygmunt Bauman, Alasdair MacIntyre, Andrei Tarkovsky y Charles Taylor.
Hay aproximaciones audaces, como la del análisis del tratamiento creciente de la homosexualidad en las películas (Brokeback Mountain, Mi nombre es Harvey Milk, etc.) , que se interpreta como sintomático del narcisismo, a la hora de mirarse a uno mismo en el campo afectivo y amoroso, uno acaba reclamando a alguien del mismo sexo, teme la alteridad de quien es diferente sexualmente, prefiere la comodidad de lo ya conocido que coincide con uno mismo.
Pero digamos que el meollo de la obra es una clasificación del celuloide posmoderno que se hace en la actualidad en tres categorías: la correspondiente a la celebración narcisista, la apocalíptica que detecta rasgos alarmantes en la anterior, y la del cine auténtico, abierto al otro, sobre todo el otro con minúsculas, aunque a veces también al Otro, con mayúsculas, o sea, a Dios. De modo que se mira al cine escapista, lúdico, de pura evasión, a actitudes que se reflejan incluso en las tramas, de olvidar el mundo real, escoger la pastilla azul de Matrix, ya se sabe. Y se anotan temas que interesan al cine actual, como el sadomasoquismo, el pánico a envejecer, los viajes en el tiempo. También se refieren enfoques de los héroes de las películas, que difieren de los de antaño. Ya no hay deseo de imitar, ni siquiera la epifanía romántica producida por el comportamiento de los protagonistas de un film, sino que se ha dado paso a otro tipo de epifanías –aquí los autores citan a directores como Michael Haneke–, las modernistas, donde se dejan adrede huecos que deben ser rellenados por el espectador con su experiencia subjetiva. En tal sentido muchas de las películas con estas epifanías, sostienen Orellana y Martínez Lucena, ponen al público ante fuentes morales que quizá de otro modo serían rechazadas ipso facto. Se citan al respecto las películas corales, que los autores llaman “películas multi-protagonista”, donde se sigue a muchos personajes enfrentados a diversas cuestiones de peso, de las que son ejemplo títulos como Vidas cruzadas, Magnolia, Crash o Babel.
