Hoy tocaba sesión de cine europeo. Un caníbal español se zampa mujeres europeas en Granada, y en su órbita anda una rumana. Un matrimonio británico se va a pasar el fin de semana en París. Y una austríaca residente en Berlin vuelve a los Alpes de su infancia. Tres películas muy distintas para seguir construyendo la Unión, está claro.
Después de Venus y The Mother, Roger Michell vuelve a asociarse con el guionista Hanif Kureishi, que acompañó en esta tarea a los trabajos tempranos de Stephen Frears. De nuevo miran ambos a la ancianidad, la etapa en que son más las puertas que se cierran que las que se abren. Los hijos ya no están en casa, la carrera profesional va en declive, los temores asoman, y la sombra de lo que se creyó era un atisbo de posible infidelidad asoma para poner a prueba la constancia de un amor mantenido a lo largo de muchos años, no sin dificultades.
Resulta interesante el retrato de Nick y Meg, un matrimonio mayor, ambos profesores universitarios que pasan un fin de semana en París para celebrar su treinta aniversario. Aunque se quieren y existe una innegable complicidad entre ellos, algo se ha deteriorado en la relación. Ella habla de separarse. Pero entretanto recorren la ciudad algo alocadamente, gastan el dinero que no tienen y acuden a una fiesta que da un viejo compañero de estudios de Nick, con el que se han encontrado casualmente.
Le Week-End es una película de apariencia sencilla y ligera, sostenida en grandísima medida por la pareja protagonista, magníficos Jim Broadbent y Lindsay Duncan. Pasan pocas cosas realmente en ella. Pero tiene el mérito de capturar el “mood” del amor conyugal en una etapa otoñal donde la pasión todavía existe, pero cobra nuevas formas, no necesariamente más maduras, pero sí al menos más sabias y experimentadas. Michell y Kureishi muestran la fortaleza de ese vínculo, donde se nota que, a pesar de los pesares, los ancianos amantes son verdaderamente “una sola carne”.
Hambre mortal
Una inteligente inmersión a los recovecos más oscuros del espíritu humano, realizada con sensibilidad y evitando el morbo al que se presta la trama, no hay complacencia en los crímenes o en los cadáveres desnudos de Caníbal. Manuel Martín Cuenca confirma las muestras de poderío que dio en su debut en el largometraje con La flaqueza del bolchevique, que también trataba con elegancia un tema delicado, la relación entre un hombre maduro y una jovencita menor de edad. Su posterior filmografía, a la que hay que reconocer su capacidad de riesgo, decayó, resultaba demasiado hermética.
Aquí seguimos a Carlos, prestigioso sastre de Granada, de los de antes, nadie hace mejor que él los cortes de los trajes. Incluso una cofradía han confiado en él para vestir a la Virgen. Tras su aspecto apocado y de buena persona se esconde alguien extraordinariamente complejo, incapaz de mantener relaciones normales con las mujeres, lo que le ha convertido en un asesino en serie: mata a chicas jóvenes, y luego trozea sus cadáveres, para comérselos. La llegada a su mismo inmueble de una vecina rumana va a trastocar su depravada rutina.
Martín Cuenca, con Alejandro Hernández como guionista, y el punto de partida de una novela de Humberto Arenal que transcurría en La Habana, sabe entregar un retrato bastante preciso de un caníbal. Y a diferencia del Hannibal Lecter de El silencio de los corderos y alrededores, no se mueve tanto en el terreno del juego y la intriga –aunque pueda haberlos–, sino que en el transcurso de la narración sabe entregar elementos clave para entender la oscuridad del alma de Carlos, y para esbozar cuál puede ser el camino, el único camino posible, a la redención.
Ritmo encomiable, en que se atrapa el costumbrismo de una ciudad de provincias, sin ser cargante. Planos impactantes, como el del arranque de la película, sostenido al principio, la cámara clavada ante una gasolinera por la noche, muchos aspirantes a directores de thrillers podían tomar nota del inteligente modo en que está concebido. Maravillosa fotografía de Sierra Nevada. Y personajes. Sobre todo personajes, en una historia inquietante, pero que te la crees, sólo en un quiebro, pirueta complicada, puedes dudar. Inmenso está Antonio de la Torre, bien respaldado por la recién llegada actriz rumana Olimpia Melinte.
La vida es una agonía
El austríaco Götz Spielmann mira a la vida y a la muerte a través de dos hermanas, Sonja, actriz de éxito en Berlín, y Verena, que se quedó en su pueblo alpino, regentando un hotelito, el negocio familiar, y cuidando de su padre. Ambas se reúnen cuando el anciano progenitor sufre un infarto, y se ve que su final está cerca.
Las existencias de las dos hermanas no son tan distintas como pudiera parecer, aunque a una le rodeen los oropeles de la fama, y dé la sensación de que es más libre. Una y otra tienen males de amor no resueltos, les toca “actuar” de una u otra forma, se envidian mutuamente -Verena el que la Sonja se fuera, Sonja cierta paz y vida familiar que ve en los Alpes, pues Verena está casada y tiene un niño.
El mérito de Spielmann es que lo que cuenta suena a auténtico. Tampoco rehúye la cuestión de la trascendencia, la vida después de la muerte, por la que pregunta el chaval, y donde su abuelo parece haber encontrado cierta paz interior. El telón de fondo de la naturaleza y de un grupo de peregrinos subraya esa idea de misterio, que envuelve de alguna manera el amor.
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