El caldo de cultivo del que surgen las obras de arte puede tener orígenes muy diferentes. Es lo que sugieren las dos películas a competición proyectadas hoy en San Sebastián, “El autor” de Manuel Martín Cuenca, y “El dolor”, de Emmanuel Finkiel.
¿El escritor nace o se hace? Alrededor de esta idea se mueve la novela “El motivo” de Javier Cercas, ahora adaptada al cine por Manuel Martín Cuenca, que coescribe el guión de la película con Alejandro Hernández. El director vuelve al Festival de San Sebastián con El autor tras competir por la Concha de Oro hace cuatro años con Caníbal.
El protagonista de su film, Álvaro, ha acudido a mil talleres de escritura de guión, sueña con ser un grande de la novela, pero no se arranca, sus intentos de escritura no pasan de mediocres. No sólo se ahoga en la grisura de su trabajo en una notaría de Sevilla, sino que para colmo su esposa, que nunca tuvo ninguna pretensión literaria ha escrito un libro que se ha convertido en best-seller, y acaba poniéndole los cuernos. En plena crisis existencial, se toma unos meses de vacaciones, alquila un piso y se encierra a escribir la que debe ser su gran obra. Pero no sale nada, hasta que decide seguir los consejos de su profesor de escritura de novela, escribir sobre la vida, fijarse. Lo que le lleva a observar a los vecinos de su nuevo inmueble. Y en efecto, descubre que ahí tiene personajes para abordar su personal “colmena”.
La película parece planteada más como cuento o fábula sobre la pasión y los excesos de la creación literaria, que con la idea de ofrecer una ajustada mirada realista a la misma. Hay un punto de caricatura de trazo grueso y humor negro a la hora de seguir a Hemingway y escribir con los genitales, escribir cuesta, es doloroso, hay que dejarse todo, se nos dice de un modo grotesco que se continúa en las comilonas que Álvaro ofrece a su profesor, o en el vecino facha que despotrica de la democracia y afirma a punta de pistola que él se basta para defenderse. Pero está claro que da juego la observación de los vecinos, que luego lleva a la interactuación y a la manipulación, propiciar situaciones extremas, de consecuencias inciertas, no sin motivo se dice que la realidad siempre supera a la ficción.
La trama engancha, y hay ideas visuales ingeniosas, como la de jugar con las sombras de los vecinos, como un teatrillo en el que el aspirante a autor idea o recrea aquello de lo que está siendo testigo. Pero falta sutileza, por ejemplo a la hora de denunciar las injusticias que padecen los inmigrantes. Tampoco hay un punto de vista moral, domina el egocentrismo, del autor, pero también de los demás personajes, en que cada uno va a lo suyo. Por eso uno tiene la sensación de ver una película de ingenioso mecanismo bien engranado, pero a la que falta alma, como esas películas de robos sofisticados, que a pesar de su brillantez formal, no acaban de calar del todo. Sobre los actores, a veces parecen un tanto pasados de rosca Javier Gutiérrez y Antonio de la Torre, aunque sin duda, es lo que se les pide. Sorprende entre los secundarios Adelfa Calvo como la portera fisgona.
La larga espera
Otra mirada a la escritura, ésta real, es la de El dolor, que parte del diario mantenido por Marguerite Duras en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. Su marido Robert Antelme, miembro de la Resistencia, como ella, fue capturado y ella desconoce su paradero. La espera de una eventual liberación y regreso a carga es larga y dolorosa. Debe someterse a frecuentes encuentros con el policía que le detuvo, y luego, una vez terminada la contienda, cuando los datos de cifras de muertos provocan escalofríos, está el miedo de que haya ocurrido lo peor.
Emmanuel Finkiel, director y guionista, acude con frecuencia a la voz en off de la protagonista, encarnada por Mélanie Thierry, y juega con planos ingeniosos en que ella se mira a sí misma mientras, un fantasmagórico desdoblamiento. La película se sigue con interés, aunque algunos personajes aparecen y desaparecen caprichosamente -el policía, la mujer judía que se aloja en su casa...-, y el epílogo en que nos explica que fue de marido y esposa deja al espectador un tanto perplejo, sobre todo porque echa por tierra de algún modo cualquier sentido a la espera. ¿Nos quiere decir Finkiel que el sufrimiento fue en vano, que del dolor no se puede sacar nada positivo? Misterio misterioso.
Los fuegos artificiales de un anime
El cine de animación japonesa parece que gusta en San Sebastián, compitió hace tres años con El niño y la bestia, y aquí lo tenemos en sección oficial, aunque fuera de concurso. Resulta difícil entender tal presencia en esta ocasión. Fuegos artificiales: ¿Hay que verlos desde abajo o de lado? parece que juega con el espectador incluso con el título, pues la historia son fuegos de artificio, la relación romántica entre dos jovencitos de instituto, de la que se nos ofrecen varias versiones con el recurso de una pequeña piedra-esfera mágica. Uno día que es aceptable, se deja ver, pero que hay muchos animes similares o mejores, para decantarse por programar éste. Aunque sea con el noble propósito de que haya cine animado inédito en el festival.
