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Mientras Icíar Bollaín pone la nota lírica con "Yuli"

Jornada festivalera donde la temática de las películas a concurso está recorrida en sus tramas por la corrupción, política en “El reino” de Rodrigo Sorogoyen, policial en la filipina “Alpha. The Art of Kill” de Brillante Mendoza. En cambio Icíar Bollaín aborda un biopic de Carlos Acosta, bailarín cubano. Y Danny DeVito recibió el Premio Donostia a toda su trayectoria, entregado por el director español Juan Antonio Bayona.

Demostró sentido del humor Juan Antonio Bayona cuando entregó el galardón a Danny DeVito, comentó que le alegraba dar el premio a alguien de su tamaño, en alusión a la exigua estatura de uno y otro. DeVito, contento por el reconocimiento y la ovación del público, quiso dedicar el Premio Donostia a los que acuden a ver las películas en pantalla grande. Y justo a continuación se proyectó, sí, en la gran pantalla del cubo 1 del Kursaal, la película El reino, de Rodrigo Sorogoyen, que por su perfecta ejecución y osada mirada a la corrupción política, se posiciona muy bien cara a ser tenida en cuenta en el palmarés.

Chivo expiatorio no, gracias

En tiempos de corrupción política, en que nos desayunamos un día sí y otro también con tesis doctorales plagiadas, másteres de baratillo, cajas B y fraudes de EREs, el riesgo de Sorogoyen era provocar hastío, resultar demasiado obvio, o caer en el partidismo. Por fortuna evita todas esas trampas, y entrega una historia genuina que interesa desde el minuto uno.

Manuel López Vidal se dedica a la política. Vicesecretario de su innombrado partido a nivel autonómico, aspira a suceder un día, quizá, al presidente de la comunidad. Entretanto concibe su actividad no como servicio a los ciudadanos, sino al propio bolsillo y al de sus compañeros. Casado y con una hija adolescente, acostumbrado a hacer y deshacer, y a la buena vida, el escándalo estalla de la noche a la mañana, cuando la guardia civil registra la casa de un amigo y miembro prominente del partido. Los dedos acusatorios y las pruebas acaban señalando a Manuel, convertido en conveniente chivo expiatorio. Pero él no está dispuesto a caer solo, sabe demasiado, y tratará de mover las fichas del complicado tablero de la podredumbre política para salvar el pellejo, o al menos llevarse a todo el que pueda por delante.

Acostumbrados a los escándalos de corrupción en la esfera política que no cesan, la película de Rodrigo Sorogoyen (Stockholm, Que Dios nos perdone) corría el peligro de sucumbir al hartazgo de la opinión pública, por entregar simplemente “más de lo mismo”. No es así, afortunadamente. Se evitan felizmente los tópicos o los partidismos –la crítica se eleva a unos y otros, a toda la cúpula del poder, que como mínimo ha tolerado el deslizamiento por la pendiente de la corrupción y la inmoralidad–, el alto nivel alcanzado por una trama ficticia inspirada en la realidad, recuerda a los logros de El hombre de las mil caras, ésta sí basada directamente en hechos auténticos.

Sorogoyen y su coguionista habitual Isabel Peña componen una trama intrigante y adrenalítica, que no deja al espectador un momento de respiro, y donde brilla la composición de los personajes –Antonio de la Torre está inmenso como protagonista, pero también los secundarios, que componen una amplia y variada tipología humana de personas que han hecho de la política un “modus vivendi” lamentable– y sus afilados diálogos, las situaciones y escenas donde todos tienen mucho que ocultar.

Hay muchas acusaciones y reproches, pero también destaca lo que no se dice, las miradas son más que elocuentes, por ejemplo la de la esposa de Manuel, cuando salen a relucir los gastos de la tarjeta de crédito en un club de alterne. Tampoco es complaciente el film con las nuevas generaciones, acostumbradas a una vida y cómoda y aletargada, véase a la hija de Manuel, o a la de otro de los socios con su fiesta clandestina en Andorra. Resulta modélico el final, que interpela al espectador y le obliga a reflexionar sobre la corrupción y la complicidad mayor o menor de la opinión pública con esta lacra, la distinción entre lo que está bien y lo que está mal.

El círculo vicioso

alpha1Quizá Alpha. The Right to Kill sea la película más asequible del filipino Brillante Mendoza hasta la fecha, lo que quizá no sea decir demasiado pues su cine seco y áspero, abonado al realismo sucio, no es apto para todos los paladares, y el que nos ocupa no está exento de dureza. Pese a todo, y con un guión de Troy Espiritu, su historia de narcotráfico y corrupción policial está a priori más abierta al gran público, aunque no estamos tampoco ante la versión filipina de The Wire, por citar una serie americana con la que podría encontrarse algún punto de conexión.

El policía Espino, gracias a la colaboración de Alpha confidente Elijah, está a punto de dar el pistoletazo de salida a una compleja operación de distintos cuerpos para desmantelar el entramado de camellos y venta de drogas del mafioso Abel, en una barriada miserable. La sangrienta operación se salda con una decena de muertos, pero en la confusión Espino y Elijan “distraen” una mochila con droga que llevaba Abel cuando intentaba escapar, y que intentan convertir en dinero dando salida a la mercancía con nuevos camellos.

Probablemente hace falta valor para acometer una película como ésta mientras preside Filipinas Rodrigo Duterte, que parece decidido a aplicar las medidas más brutales para combatir el crimen, por mucho que se indique al final que se trata de una historia de ficción, y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. En cualquier caso destaca el realismo casi documental con el que se aborda la trama, en que con habilidad Mendoza sabe entreverar la intriga policial y las triquiñuelas del narcotráfico, con las historias personales de detective y camello, y así mostrar un clima de degradación moral, en que cabe el cinismo de ser a la vez policía y traficante de droga, donde el respeto a la vida ajena es escaso, y en que a todos los niveles, bajos, altos e intermedios, cabe caer en la tentación de manipular y usar a los demás en el propio beneficio, incluso a un bebé.

El riesgo de filmar un biopic

yuli1Abordar el género biográfico sin caer en lo convencional es ejercicio harto difícil, no hay más que pensar en la reciente La música del silencio, sobre Andrea Bocelli. Icíar Bollaín, directora, y Paul Laverty, guionista, intentan sortear tal dificultad en Yuli, acercamiento a la vida del bailarín y coreógrafo cubano Carlos Acosta, que se interpreta a sí mismo en la cinta, y que por supuesto es uno de los impulsores del film.

El modo de lograrlo es una historia con dos tiempos narrativos: en uno de ellos, Carlos Acosta prepara un espectáculo musical de danza autobiográfico, para ser representado en La Habana; en el otro, somos testigos de episodios de la niñez y juventud de Acosta, sugeridos por el álbum de fotos familiares y recuerdos que atesoraba su progenitor.

De modo que se procura ofrecer un retrato no exhaustivo, aunque sí dotado de algunos elementos clave para conocer mejor a quien familiarmente era conocido como Yuli, con la idea de evocar, sin pretender ser absolutamente preciso, cómo fue esa vida sacrificada y exigente, no exenta de duras pruebas, sugeridas con pudor, a veces con trazos impresionistas, como lo relativo a los problemas psíquicos de una hermana. Y conocemos el ambiente familiar sencillo, las presiones que soporta el niño para desarrollar su natural talento para la danza y acudir a la Escuela Nacional de Cuba para formarse, las separaciones desgarradoras y estancias en el extranjero, la tentación de quedarse a medio camino.

El resultado puede que no sea perfecto, pero funciona en líneas generales, incluidas las coreografías y números de danza del musical, cuidados y que cumplen bien su cometido en apoyo de la narración. Conmueve especialmente el personaje del padre, muy bien interpretado por Santiago Alfonso.

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