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Los documentales de Werner Herzog

A los conocedores del hipnótico cine de Werner Herzog puede que les quede todavía un continente por descubrir: el de sus excelentes documentales.

Los documentales de Werner Herzog

El 28 de febrero de 1962 un grupo de cineastas alemanes firmaba el Manifiesto de Oberhausen, considerado como el pistoletazo de salida del Nuevo Cine Alemán, del que salieron un grupo de creadores de primera línea: Wim Wenders, Volker Schlöndorff, R.W. Fassbinder, Margarethe von Trotta… y, por supuesto, Werner Herzog. Cineastas de acusada personalidad, que en realidad hacían “la guerra” por su cuenta. Paradigma de ese individualismo es Herzog, cuya imagen se ha popularizado entre los cinéfilos por sus filmes desmesurados y románticos, donde sus protagonistas llevan sus sueños-obsesiones al extremo (el conquistador Lope de Aguirre en busca de El Dorado en Aguirre, la cólera de Dios, un amante de la ópera llevando este arte al Amazonas en Fitzcarraldo…), o son víctimas de un sistema que los aherrojado a situaciones injustas (el joven de El enigma de Gaspar Hauser, los protagonistas de También los enanos empezaron pequeños, los inadaptados de Stroszek…). En tales historias nadie encarnó mejor que Bruno S., un joven con verdaderos problemas psíquicos, y Klaus Kinski, actor irascible y complejo con el que Herzog convivió siendo adolescente, las ideas del cineasta. A este último dedicaría Herzog un interesantísimo documental, de título revelador: Mi enemigo íntimo.

Lo que precisamente suele ser menos conocido de Herzog son sus poderosos documentales, que mantienen una estrecha unidad con su obra de ficción. Ahora existe la posibilidad de contemplar la mayoría de ellos en DVD (editados por Avalon, Manga Films y Universal), y descubrir al cineasta viajero de raíces yugoslavas (su apellido auténtico es Stipetic, de su madre; el padre era un vagabundo), que saltaba de una parte a otra del mundo, Alemania, Sudán, Estados Unidos, México, por lugares donde acechaba el peligro. El mismo que se observa en Le Soufrière, donde un volcán de la isla de Guadalupe está a punto de sufrir una erupción. Film donde la belleza del paisaje no oculta la existencia de riesgos, como ocurre también en Los médicos voladores de África Oriental, o en la reciente Grizzly Man, sobre un naturalista experto en osos. Estos documentales ayudan a entender la rara belleza de títulos como Fata Morgana, donde Herzog y su equipo no dudan en afrontar una tormenta de arena en el Sahara. También de miedo y latidos del corazón acelerados trata El gran éxtasis del escultor de madera Steiner, donde el campeón de saltos de esquí Walter Steiner debe superar el pánico que sucede a una caída.

Especial interés, siendo un cineasta formado en Alemania, revisten los documentales de Herzog sobre los discapacitados. Muy hermoso, tal vez su mejor trabajo de no-ficción, es El país del silencio y la oscuridad, donde la protagonista es una mujer sordociega, que pese a su limitación lleva una vida llena de alegría, que procura trasladar a otros discapacitados. Estamos ante un canto a la dignidad de la persona, tema al que el pueblo germano es especialmente sensible después de la terrible experiencia nazi. Este film se diría que conforma una especie de díptico con Futuro incierto, rodado en el mismo año, 1971. Las imágenes de distintos niños y jóvenes con minusvalías diversas se recogen sin sentimentalismos fáciles, invitando al espectador a que conozca los problemas a que se enfrentan a diario estas personas; y lo que llama poderosamente la atención son sus enormes ganas de vivir, y lo que dan y reciben en el seno de sus familias.

Un documental ligero, con su rato de gracia, es el singular Cuánta madera roería una tormenta… que sigue las evoluciones de un curioso concurso de subastadores en Estados Unidos, donde se valora y premia la rapidez impregnada de musicalidad de su habla, con el que llevan las pujas.

A la hora de explicar su personalísimo cine, donde realidad y ficción se entrelazan de modo felicísimo, Werner Herzog no se considera un ‘bicho raro’. Y así, aseguraba dirigiéndose a un hipotético espectador: “No son mis sueños. Creo que todos estos sueños… son los suyos también. Y la única distinción entre usted y yo es que yo so capaz de articularlos.”

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