Hoy sólo llovizna, aunque el cielo sigue cubierto en San Sebastián. Ha pasado la resaca Pitt, que se diría ha tenido el efecto de atraer a un montón de público a ver películas, mientras los cazadores de autógrafos siguen al acecho, aunque ninguna pieza de las que vengan después será comparable a la del actor de Malditos bastardos.
La primera película española en sección oficial no compite. El baile de la victoria, de Fernando Trueba, ha debido ser considerada demasiado comercial, o tal vez los seleccionadores hayan creído que Ricardo Darín iba a tener excesiva presencia, ya que también protagoniza El secreto de sus ojos. Sea como fuere el film de Trueba debería servir de modelo de producción hispana de calidad, pensada para agradar a un público amplio. Quien se pregunta por qué la gente huye del cine español, debe contemplar este 'antiejemplo', que si la Academia no es tonta, seleccionará en los próximos días como representante de España en la carrera al Oscar a la mejor película extranjera.
Adaptación de una novela de Antonio Skármeta (de quien también se llevó al cine, con gran aceptación, El cartero (y Pablo Neruda)), la historia se sitúa en el recién estrenado Chile democrático post Pinochet. En tal ocasión se ha decretado una amnistía que afecta a presos sin delitos de sangre. Entre los beneficiados se encuentra Nicolás Vergara Rey, un ladrón de guante blanco, que nada anhela más que emprender una vida honrada, en compañía de su mujer y su hijo, aunque se encuentra la desagradable de que están con otro hombre, ella ha buscado seguridad, se ha cansado de esperar. También ha salido a la calle Ángel Santiago, un joven con mucha labia, que busca a Vergara para proponerle un golpe que no puede salir mal; y conocerá a una joven y talentosa danzarina, Victoria, que no articula palabra desde que sus padres se convirtieran en víctimas violentas de la dictadura. Entre los esfuerzos por de Ángel por persuadir a Vergara, la sombra acechante de un criminal que planea la muerte del joven a instancias del alcaide de la prisión, y los intentos por lanzar la carrera artística de Victoria, discurre la trama.
No es una película perfecta, el director da algunas puntadas sin hilo, por ejemplo en la forzada prueba como bailarina de Victoria, un poco de sainete. Pero hay un esfuerzo de control y contención de las emociones, bien llevadas; incluso hay una relativa elegancia en los pasajes más escabrosos, y las críticas a Pinochet y compañía se realizan con inteligencia. Desde luego Trueba ha salido más airoso que con la fallida El embrujo de Shanghai, que en ese caso adaptaba a Juan Marsé. Ricardo Darín está perfecto como el hombre cansado y derrotado, que ve cómo se hacen añicos sus sueños, pero que puede recobrar la ilusión como mentor del enamorado Ángel. Y son un auténtico descubrimiento los jóvenes Miranda Bodenhöfer, y sobre todo, Abel Ayala, un prodigio de gracia y salero.
Droga, embarazo y homosexualidad
La proyección de El refugio, del francés François Ozon, ha tenido su parte de emoción. Transcurrida media hora de metraje, ha habido confusión en la sala, gritos pidiendo luz, gente a la carrera. Sin embargo la proyección no se detenía, pese a los pataleos del público, en lo que a todas luces parecía una emergencia. Para más inri, las escenas que podían verse en la pantalla correspondían a un funeral y a un entierro, lo que hacía todo más surrealista. Al fin la película se interrumpió, y un hombre salió en silla de ruedas. La gente aplaudía, y el tipo saludaba, como dando la vuelta al ruedo. La cosa quedó en susto, afortunadamente.
Pero en fin, vayamos a la peli del rarito Ozon. Al principio la cosa va de drogas, un cuarto de hora con una pareja. Louis y Mousse, pidiendo droga, inyectándose heroína... El caso es que él, de buena familia, muere, y ella sobrevive, al tiempo que descubre que está embarazada. La madre de Louis presiona a Mousse para que aborte, pero ella decide irse a una casita, el refugio, en línea de playa, quiere tener al bebé. Pasado un tiempo, se presenta el hermano homosexual de Louis, que se queda con Mousse unos días, liga con un tipo del lugar, y demuestra ser un tipo la mar de sensible y preparado, para lo que sea.
Entrega el director francés una película descompensada, irregular, suavemente militante. Se diría una clara apuesta ideológica por la diversidad de modelos familiares, cualquiera puede ser bueno para criar a un hijo. El tradicional de la familia de Louis ha fallado, el hijo se alejó y murió, los padres están divorciados y ella funciona un poco al estilo mafioso. El de la madre soltera que desea sacar a su hijo adelante, aunque no sabe cómo, pues tiene el mono de heroína que combate con metadona, y su equilibrio afectivo es frágil, como demuestra la acometida que le hace un desconocido. Y el de la pareja gay, surgida con gran naturalidad y sensatez por parte de sus integrantes. Lo mejor del film es Isabelle Carré, que bien podría aspirar a la Concha de Plata a la mejor actriz.
