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La quinta escena del tercer acto de “Ricardo III”, de William Shakespeare

La quinta escena del tercer acto de “Ricardo III”, de William Shakespeare

Aparte de apasionado del cine, me considero también gran amante del teatro, pues por lo general proporciona una experiencia más intensa, ya que eres testigo de lo que está ocurriendo delante de tus narices. Pero ay, muchas veces el consumidor de espectáculos escénicos debe sufrir muchísimo. Para empezar, resulta lógicamente mucho más costoso, pues no se puede reproducir como las películas en miles de pantallas de todo el mundo. Así que uno tiene que pensárselo dos veces antes de pagar 30 ó 40 euros por una entrada. Sí, ya, siempre existen localidades baratas de gallinero, pero no merecen la pena, porque no ves bien el escenario, y no escuchas a los actores, por lo que mejor te quedas en tu casita.

El gran Luis García Berlanga y su guionista Rafael Azcona se quedaron cortos al describir el surrealismo de España. Es lo que me vino a la mente cuando acudí recientemente a la sala donde Juan Diego protagoniza “Ricardo III”, de William Shakespeare, o al menos es lo que yo pensaba que iba a ver, pues por las prisas del mundo moderno, y el poco tiempo con el que cuento últimamente no me informé bien. Culpa mía, sin duda.

Cuando llego al madrileño Teatro Español me entero de que no, que no va a ser así. No había leído la letra pequeña. O sea, en el cartel pone en grande “Ricardo III”, sí, pero cuando te acercas descubres arriba “sueños y visiones del rey”, y también indica que el autor es William Shakespeare, aunque en pequeño deja claro que “basada en la dramaturgia de José Sanchís Sinisterra”. Menudo susto.

Viene a ser como si en vez de 50 sombras de Grey representas “50 sombras. El musical”, y así te ahorras pagar derechos. Pero oye, ¿sabéis que Shakespeare murió hace mucho tiempo y sus escritos han pasado a ser propiedad universal? ¡Que no hace falta soltarle pasta!

Pasada media hora de cuando se supone que tenía que comenzar, no han abierto ni las puertas. Entonces aparece el nuevo director artístico del Español, el mismísimo Juan Carlos Pérez de la Fuente y se enfrenta a una multitud enfervorizada. Me resulta curioso que mis compatriotas enseguida se pongan de los nervios. “Sinvergüenza”, le gritan (tampoco es para tanto), “Esto con Mario Gas no pasaba”, clama otro individuo cabreado, haciendo referencia a su predecesor en el cargo. ¡Un poco más y le linchan! El pobre hombre trata de explicarse, aunque no se le escucha mucho, entre tanta gente, así que sólo entiendo que existe un problema técnico, pues se ha recalentado no sé qué cacharro, y esperan a ver si funciona (a lo mejor ni siquiera dijo eso, pero algo en la misma línea).

Que conste que no soy crítico teatral, bastante tengo con lo del cine, y que no pretendo poner a caldo el espectáculo, que por cierto cuenta con un reparto de primera categoría, pues acompañan al citado primer actor otros monstruos como Ana Torrent, Carlos Álvarez-Novoa, Asunción Balaguer (que en un momento dado no conseguía recordar el texto pero que sigue siendo estupenda) y hasta Terele Pávez, todos ellos muy bien dirigidos. Tampoco me gustaría cuestionar al adaptador, el antes mencionado Sanchís Sinisterra, de quien por cierto me encantó su “Ñaque o de piojos y actores”, brillante homenaje al Siglo de Oro.

Ricardo IIIPero (sí, lo habéis adivinado, aquí viene un ‘pero’), ¿realmente era necesario enmendarle la plana al gran bardo británico? O sea, finalmente sí se pudo llevar a cabo la representación, y descubro que han incorporado el recurso del flash-back a la obra del autor, así que la función comienza la noche antes de la Batalla de Bosworth, cuando el personaje central rememora los mejores momentos del clásico texto, resumidos, o con otras palabras. Como si Shakespeare estuviera equivocado, porque no supo ordenar bien su obra, y en realidad la cosa no tenía que versar sobre la ambición, como él pretendía, sino sobre la culpa y los remordimientos, temas que trató bastante bien el escritor por ejemplo en “Macbeth”. ¿Por qué no han representado esa otra obra? Si no se te ocurre un sitio mejor que a Shakespeare donde colocar la tercera escena del quinto acto, déjala dónde estaba.

¿Le haría gracia a Sanchís Sinisterra que William Shakespeare siguiera vivo y reescribiera su ¡Ay, Carmela!?

Por cierto, si la multitud la hubiera tomado a golpes contra el pobre Pérez de la Fuente por el cacharro recalentado, me pregunto si en el momento de morir habría exclamado: “Un cacharro, ¡mi reino por un cacharro!”.

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