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Blog de Hildy

Tiempos raros para ver cine. ¿Sabemos escoger películas?

Nunca, en toda la historia del cine, hubo más películas y series al alcance del internauta, con la posibilidad de contemplarlas de modo inmediato. Y nunca, me temo, fueron mayores la ignorancia fílmica y la capacidad de gozar con el Séptimo Arte.

Ni cualquier tiempo pasado fue mejor, ni lo último y más reciente convertido en “trending topic” es necesariamente bueno y valioso. Vivimos una época rara y convulsa, y no sólo por el Covid-19, o por el oportunismo de unos políticos que sirven poco o nada al ciudadano, que también. Los avances tecnológicos han obrado una suerte de milagro, gracias al cual podemos ver en la práctica cualquier película o serie que nos apetezca. Hay muchas plataformas donde se encuentran, y los precios de suscripción son bastante asequibles. Yo me he quedado sencillamente asombrado de las películas de Alberto Sordi o Vittorio De Sica que están disponibles en Amazon Prime Video. No creo que la compañía creada por Jeff Bezzos tenga una especial querencia por el cine italiano, pero los hechos son los hechos.

Y sin embargo... Sin embargo la experiencia de ver y degustar el cine, la pasión por los fotogramas, la ilusión para renovar el lenguaje cinematográfico o descubrir nuevas formas de expresarse, el deseo de conmover o ser conmovido, de contemplar historias que nos hablan de la grandeza y miseria del ser humano, no pueden encontrarse en peor estado. Nos encontramos hastiados, parece que lo único que mueve es “lo último de”, independientemente de su calidad más allá de unos baremos mínimos. Yo soy de los que se quejaba de la nula transparencia de Netflix a la hora de dar cifras de audiencia des contenidos, pero visto el paso de publicar un ranking de los diez títulos más vistos, uno constata con tristeza de que el valor “novedad” es el único que impera, estar en la pomada, no quedar como un paria que, ¡horror!, no ha visto Los Bridgerton, esa lamentable serie que quiere ser como Jane Austen teñido de estúpida postmodernidad.

Martin Scorsese, en su magnífico artículo dedicado a Federico Fellini “Il Maestro” publicado en el número de marzo de Harper's, habla de algunas de estas cuestiones de un modo maravilloso que no pretendo remedar, invito a su lectura. Me quedo con una de las ideas ahí señaladas: la conversión de las películas en productos de consumo, elementos con los que llenar esos grandes contenedores en que consisten las plataformas de “streaming”. Antes el contenido era lo valioso, ahora el contenido se identifica con el continente, se trata de tener mucho material, aunque ni enriquezca al espectador (suscriptor o consumidor son ahora las palabras adecuadas para referirse a él). Y si algún ingrediente no es conveniente, se elimina, véanse Kevin Spacey borrado digitalmente de una película y sustituido ahora por el llorado Christopher Plummer, o la expulsión galactica de Gina Carano de The Mandalorian, Lucasfilm y la masa enfurecida han dicho.

Los críticos somos especie en extinción. Se nos pide puntuación de 0 a 10, o de 0 a 5, con estrellitas u otros tristes baremos para definir películas, y no una exploración a fondo del título reseñado, la pieza en que se analiza el film será leída, en el mejor de los casos, en diagonal. Pero en realidad, ¿quién necesita a un crítico, o a una voz amigo que aconseje, sin ahí están las sugerencias algorítmicas, a un click? Yo me lo guiso, yo me lo como, aunque el resultado sea indigestión o hartazgo ante una comida insípida, servida de modo industrial.

En fin, falta criterio, educación del gusto, guías de referencia. Por supuesto hay excepciones, pero menos de las que me gustaría.

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