No me considero un nostálgico de los que piensa que no se ha vuelto a hacer buen cine desde... los años 40, 50, 60, 70, que cada uno rellene el período que le venga en gana. Veo muchas películas recientes, gajes del oficio, y algunos son magníficas. Pero...
Pero sí, hay un “pero”, y mi hartazgo va creciendo en intensidad. Cada veo más películas que he bautizado “Frankenstein”, no porque estén inspiradas en la obra de Mary Shelley –aunque ¡La novia!, que pertenece a este grupo que me he inventado, lo está–, sino porque parecen hechas de pedazos de buenas historias clásicas mal digeridas, o, sencillamente, manipuladas, que se han pegado con pegamento ideológico de no muy buena calidad, dando lugar a engendros insoportables. Aunque claro, los pastiches quedan disimulados con el nombre de actores de relumbrón, y porque en los apartados técnicos, la cosa se sostiene bien, hay un montaje dinámico, buenas coreografías, cuidados efectos visuales. Lo que se suele denominar “valores de producción”, o esa, que hay profesionales y presupuesto, aquello no son películas de “amateur”. Viene a ser el típico ropaje que dificulta decir las verdades del barquero, o sea, que el emperador (o la emperatriz, que no me tachen de misógino) está desnud@.
En mi crítica de ¡La novia! ya he señalado los retazos cosidos con hilo woke que componen el film, pero es que lo mismo ocurre con la nueva versión de Cumbres Borrascosas, que utiliza la estructura de la novela de la Brontë para darnos algo espantoso y feísta, que no conmueve, no sufres con los personajes por un amor atormentado, y te mueres de vergüenza viendo a la pobre Isabella Linton como perruna esclava sexual después de, eso sí, dar su consentimiento, gentilmente solicitado por Heathcliff. También, con la pretensión de “original”, lo que podía ser una simpática comedia celestial, Eternity, se hace insufrible. Ignoro si El testamento de Ann Lee es un musical tipo "El libro de Mormón", riguroso cine histórico o una cinta de terror. Y ya sé que Yorgos Lanthimos tiene muchos adeptos, pero a mí me agota, y su Pobres criaturas vendría a ser su “novia” particular.
En el magma de la postmodernidad surgen cosas muy raras, que a mí me sacan de quicio, sobre todo cuando se toman historias clásicas y se ofrecen “revisiones”, lo que ha hecho Alejandro Amenábar con su Cervantes gay en El cautivo, o lo que viene a hacer la multirracial serie Los Bridgerton, que básicamente toma una trama a lo Jane Austen, y la enreda con una Inglaterra de la Regencia alternativa. Tal vez la excusa sea que en la Gran Bretaña actual hay un crisol de razas, y por tanto también en el gremio actoral, y me resulta razonable que se quiera darles oportunidades laborales, pero es una pena que épocas en que no es normal ver a un afroamericano o a un oriental, lo veamos. A mí me saca de la historia. Me pasó también en Un caballero en Moscú, la adaptación de la novela de Amor Towles, no puedo aceptar servicio negro en el hotel Metropol en la Rusia postrevolucionaria.
Por eso miedo tengo ante una nueva miniserie de Orgullo y prejuicio que tiene anunciada Netflix, o lo que puede haber hecho la directora de Barbie con “Las crónicas de Narnia” de C.S. Lewis, en su esperada El sobrino del mago.
