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Blog de Hildy

Muerte y mito en el cine: a propósito del óbito de James Gandolfini

Ha pasado ya un tiempo prudente desde que falleció James Gandolfini , pienso que puedo escribir estas líneas serenamente desde la

Muerte y mito en el cine: a propósito del óbito de James Gandolfini

Ha pasado ya un tiempo prudente desde que falleció James Gandolfini, pienso que puedo escribir estas líneas serenamente desde la distancia. Pues suele ocurrir que cuando muere un actor relativamente joven y de repente, la opinión pública queda impresionada, y se desatan los comentarios siempre muy elogiosos, a veces con frases tan estúpidas como “Siempre se van los mejores”, como si los peores tuvieran asegurada la inmortalidad o algo así. Gandolfini murió con 51 años y por sorpresa, fuera de su país, de un ataque al corazón. Y es evidente que protagonizó una serie de televisión que ha hecho historia, Los Soprano. Aunque era un actor solvente, lo cierto es que el resto de su carrera en las pantallas no le concedió la oportunidad de sobresalir, aunque no han faltado los exagerados de turno, que vienen a decir que todo lo que hizo fue genial.

Sí, hay un respeto natural hacia los difuntos, y es bueno que así sea, no parece muy elegante decir de modo abrupto que un recién fallecido hizo películas lamentables; pero entre eso y el discurso ditirámbico hay un amplio trecho donde posicionarse razonablemente. Pues en un obituario hay que esforzarse por ser objetivo, trazar una semblanza que haga justicia al difunto, a sus logros profesionales y personales; y está fuera de lugar, por ejemplo, decir que Jesús Franco fue un director genial -como más de uno dijo al morir- cuando su filmografía está atravesada de películas lamentables. Las cosas hay que expresarlas con clase, sin ofender, pero con claridad, no puede uno pretender que el landismo fue una maravilla, por referirme a Alfredo Landa, habrá que excusar su presencia en determinados filmes, hay que vivir, o resaltar el aspecto sociológico de la cosa, pero no convertirle, pienso, en adalid del aperturismo del cine español en el tardofranquismo o así: muchos han sabido hacerlo, pero otros no. Y es que a veces entran las prisas por tuitear un mensaje y demostrar que se está “en la pomada”, que se sabe manifestar la pena y admiración mejor que nadie ante la rabiosa actualidad, lo que lleva a hacerlo mediante una torpe simpleza de 140 caracteres o menos. La ventaja, creen muchos, es que el mensaje quedará sepultado en los “timelines”, pero no estaría de más un poco de responsabilidad, también en los microposts de Twitter. Por otra parte me gustaría señalar que en España parece que somos especialistas en olvidar actores, luego los alabamos por unos pocos días cuando están recién fallecidos, para luego borrarlos definitivamente de la memoria, pienso por ejemplo en Aurora Bautista, cuya Locura de amor tan pocos han visto, no la reponen en televisión precisamente todos los días.

Algunos colegas tengo a los que parece que les encanta la crónica negra del mundo del cine, hasta ofrecen seriales sobre la muerte sórdida de éste o aquél. Recuerdo a uno que cuando Tony Scott se tiró de un puente, triste noticia suicida, en vez de adoptar una pudorosa posición de respeto parecía casi celebrarlo afirmando que a partir de entonces, cuando alguien se arroje al vacío, se dirá que hace “un Tony Scott”, majadería descomunal, una frivolidad que revela poca consideración hacia la vida de las personas. Más allá de que a uno le impresione una muerte inesperada en circunstancias dudosas, me parece un poco penoso el morbo de hurgar en óbitos dolorosos, especialmente para los más próximos al difunto.

No, no acabo de comprender la necrofilia. Sí creo en cambio que hay que tener incorporada la realidad de la muerte en la propia vida, y actuar en consecuencia. Los que tenemos fe y creemos en el más allá tenemos alicientes poderosos para espabilar, los que no también deberían verse impelidos a aprovechar lo que ellos piensan que hay, que se acaba pronto. En fin, igual que los hay que piensan que “siempre se van los mejores”, están también los que consideran que “siempre se mueren los otros”. Y sin convertirnos en hipocondríacos no está mal el ejercicio de reflexionar “pues Gandolfini sólo me sacaba 'x' años” y pensar “qué voy a hacer con el resto de mi vida”.

“Vive deprisa, muere joven y harás un bonito cadáver” es una frase que se suele citar cuando muere algún actor joven de condición estelar, que pasa a convertirse en mito, ya nunca le podremos cara con arrugas. Fueron un shock en su momento la muerte de Marilyn Monroe, sobredosis de bartitúricos, o la de James Dean, en accidente de automóvil del que Alec Guinness siempre estuvo convencido de haber tenido una premonición. Los nazis derribaron el avión en que viajaba Leslie Howard, y Natalie Wood se cayó al agua desde un barquito. Nos impresionó la muerte de Heath Ledger, con su papel póstumo de Joker en El caballero oscuro premiado con el Oscar. Algunas muertes nos sorprenden más -River Phoenix-, otras menos -Michael Jackson, Whitney Houston-, al menos relativamente. Pero está claro que nos apenan cuando se trata de artistas con los que hemos disfrutado, y que nos recuerdan la fragilidad de la existencia humana, que los años pasan, el tiempo es limitado y que igual que a ellos les toca, también nos tocará a nosotros. Y si hubo sorpresa para ellos, no estamos nosotros exentos de la posibilidad de vernos sorprendidos por la muerte. La pena sería que no estuviéramos preparados.

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