Recién casado y feliz por el nacimiento de su primer hijo, Edward Burns ha reorientado un poco su carrera desde que dio la campanada con Los hermanos McMullen, protagonizada, escrita y dirigida por él. Aunque sigue sacando adelante sus propias películas, este neoyorquino de origen irlandés las alterna con escogidos trabajos como actor, en títulos como Salvar al soldado Ryan,15 minutos o Siete días y una vida. Su último trabajo personal, Ash Wednesday (Miércoles de ceniza), sobre dos hermanos con problemas con la mafia, aún no ha llegado a nuestras pantallas.
Ha dicho usted en varias entrevistas que creía que jamás le darían el papel del timador Jake Vig, en Confidence.
Me encantó el guión de Doug Jung, y me llamó la atención que el personaje central era diferente a lo que había hecho antes. Iba a ser mi primer papel como protagonista absoluto, que está siempre en todas las escenas de la película. Yo sabía que se lo habían ofrecido a otro actor. Prefiero no dar el nombre. De todas formas me había gustado tanto el guión que decidí ir a Los Ángeles, para entrevistarme con James Foley, por si acaso el otro decía que no en el último momento, aunque no tenía grandes esperanzas. Nos compenetramos tanto que al final decidió darme el papel.
Supongo que tiene criterio para juzgar los guiones que le llegan, porque usted mismo es guionista. ¿No se le ocurrieron modificaciones?
Durante los ensayos se me ocurría alguna idea. Pero prefería callármela precisamente por eso, porque soy guionista y sé que eso puede ser muy molesto. Si alguien te sugiere una frase, eso se agradece. Pero si empiezan a cambiar personajes o situaciones, esto obligaría a cambiarlo todo, y es muy difícil de tragar. Por mi experiencia, si nadie me lo pide, mejor me callo.
¿Le recordaba a clásicos del cine de timadores como El golpe o cintas recientes como El último golpe?
Siempre me ha gustado ese género. Me encanta El último golpe y el cine de David Mamet en general, sobre todo La trama. Aún así, este film me gusta porque tenía personalidad propia. Creo que va en la línea de Mamet, porque nada es lo que parece, pero se aparta de su estilo porque tiene más sentido del humor.
¿Por qué le interesaba tanto ese personaje?
Es el que he interpretado que menos se parece a mí. En el pasado siempre podía tomar como referencia parte de mi personalidad. Eso fue lo más divertido. Todos los días me convertía en timador sin escrúpulos, y además un poco chulo. Ese tipo hacía cosas que yo ni siquiera sabía cómo eran.
Parece ser que fue usted el responsable de que Dustin Hoffman se incorporara al proyecto.
No exactamente, porque por lo visto Dustin Hoffman no tenía ni idea de quién era yo. Lo único que hice fue llevarle el guión junto a James Foley, porque estábamos convencidos de que le interesaría. Teníamos la esperanza de que como hacía mucho tiempo que no interpretaba a un villano, le podía apetecer. Y quedó encantado, porque el guión le pareció una rareza, uno de esos bien escritos que tanto escasean. El personaje era muy distinto a Dustin, así que hubo que cambiar algunas cosas del guión original, para adaptarse a su personalidad.
Dustin es un icono de esta industria. Para mí lo es más, si cabe, porque cuando estudiaba en la escuela de cine me impactaron mucho Cowboy de medianoche y El graduado, dos de sus mejores películas. Tuvo mucho que ver con que me convirtiera en director. Me sorprendió lo fácil que es trabajar con él.
En el reparto también está Andy García, que últimamente no tiene suerte en sus películas.
Aparte de ser un buen actor, Andy es un ejemplo de buena persona. En todo lo que hace. Me recordaba a Tom Hanks. Puede parecer un tópico, pero la industria del cine está llena de gente inmadura. Los tipos con talla profesional y personal no abundan.
Al principio de su carrera decía que no quería dedicarse a la interpretación, en proyectos de otros directores. Pero al final se ha prodigado mucho como actor.
Pues no, inicialmente no tenía interés en interpretar papeles de películas ajenas, pero he aprendido muchísimo cuando lo he hecho. Me ayuda a ser mejor director, y ahora tengo más confianza en mí mismo. Como actor, puedo hacer géneros completamente distintos a los que abordaría como director. Tengo la oportunidad de observar cómo trabajan mis colegas, hablar con estrellas como Dustin Hoffman, y compartir puntos de vistas sobre cómo debe ser el trabajo con los actores. Películas como Salvar al soldado Ryan me atraen como público, así que fue una gran experiencia para mí interpretar a un soldado.
Existe una segunda razón: me ayuda a conseguir financiación para mis propios proyectos. Es complicado hoy día conseguir dinero para un drama intimista.
Al terminar esta película ha rodado El sonido del trueno, una historia de ciencia ficción. ¿Era distinto a sus trabajos anteriores?
Es la adaptación de un cuento de Ray Bradbury, sobre un tipo que viaja en el tiempo para cazar dinosaurios. El trabajo fue muy curioso, y diferente a todo lo que había hecho, porque no tenía experiencia trabajando con pantalla azul. Explorar cómo se hacen estas películas ha sido muy interesante, aunque prefiero los seres humanos que la técnica, así que lo mejor ha sido que en el reparto estaba un magnífico actor: Ben Kingsley. Estar todo el día con un arnés, colgado frente a una pantalla azul, me motivaba bastante para ir a casa, y sentarme a escribir historias más cercanas.
¿Y salió algo interesante?
Tengo un nuevo proyecto, Madres e hijos, una historia más humana. Gira en torno a dos mujeres, muy buenas amigas de cincuenta y tantos años cada una. Ambas tienen un hijo de treinta y tantos. Cada una ha educado a su vástago de forma diferente, lo que tiene efectos distintos. De momento busco la financiación y cuento con el apoyo de Sally Field, una gran actriz.
