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Libros

"A propósito de nada", de Woody Allen

A propósito de nada (Woody Allen, Alianza Editorial, 439 págs)

Las memorias de Woody Allen, cuya voz se reconoce en cada una de las frases que componen el texto. Parece que le estemos oyendo hablar. El cineasta siempre ha asegurado que sus películas no son autobiográficas, aunque le inspiren sucesos de su propia vida, como su experiencia de radiooyente (Días de radio) o de espectador que se evade viendo películas (La rosa púrpura del Cairo). Pero al contrario, sí puede decirse, leyendo “A propósito de nada”, que parece que escuchemos al Woody personaje de las películas. Un efecto que sin duda los editores españoles han procurado potenciar encargando la grabación del audiolibro a Joan Pera, el actor que dobla a Allen desde 1989. Por si fuera poco, la cubierta del libro es negra con letras blancas. Y no por guardar luto por las muy numerosas víctimas mortales del coronavirus –el libro se publica en plena pandemia–, sino porque se imitan los característicos títulos de créditos de las películas de Woody Allen desde Annie Hall, de 1977: rótulos blancos, con la fuente tipográfica EF Windsor Elongated, sobre fondo negro.

Con su chispa habitual, ingenio por arrobas y frases aceleradas, el cineasta cuenta su vida, un relato salpicado de chistes, donde hacen acto de presencia su habitual cinismo y ocurrencias cercanas al disparate. Y aparecen por supuesto sus orígenes judíos, anécdotas de infancia y escolares, el amor por la ciudad de Nueva York, su gusto por la cultura popular, el deporte y el jazz, e incluso se reivindica como alguien atlético a pesar de su corta estatura. También expresa su admiración por determinados cómicos, y cómo su facilidad para escribir y para el humor va encauzándose profesionalmente con la ayuda de buenos “padrinos”, lo que le lleva a pensar chistes para otros, y finalmente escribir sus primeros textos para el cine y el teatro, que conducirán al gran éxito de Toma el dinero y corre.

Allen no se considera un intelectual. Parece sinceramente sorprendido de que gente a la que admira profundamente, ya sean Arthur Miller o Tennessee Williams –envidia la perfección de Un tranvía llamado deseo, le encanta la versión fílmica y le habría gustado escribir esa obra–, expresen que les gusta su obra. Y describe cómo se maneja sin problemas en la comedia, lo que le permitirá despues tomar riesgos incursionando en el drama serio, con referentes como Ingmar Bergman en Interiores, pero con resultados que nunca le acaban de satisfacer. Menciona naturalmente todas sus películas, señalando sus favoritas, y las que considera fallidas. Pero no acomete ni lo pretende, un análisis exhaustivo de las mismas, como asegura, él disfruta haciendo películas, sobre todo escribiéndolas, y considera a unas más logradas que otras, pero una vez terminada una, pasa a la siguiente. Eso sí, a veces tiene expresiones felicísimas para resumir algún título, la perfecta ligereza de Misterioso asesinato en Manhattan la define de modo genial como "era estrictamente una lectura de avión".

El cineasta ha titulado su obra “A propósito de nada”, pero podría haberla denominado “A propósito de todo”, porque Allen habla de muchas cosas. Y tampoco habría sido inapropiado llamarla “A propósito de un escándalo”, porque todo lo relativo a la disputa con Mia Farrow y las acusaciones de abuso sexual, que fueron desestimadas en un tribunal, ocupan muchas páginas. Y es que unas memorias de Allen no podían esquivar una cuestión que sin duda le ha pesado anímicamente, incluso más de lo que traslucen estas páginas, sobre todo en lo relativo a la separación de Dylan y Ronan, vueltos en su contra. Y hasta podrían considerarse la razón del libro, explicarse. El autor trata de mantener el sentido del humor, pero en las páginas en que aborda el huracán personal, judicial y mediático que le ha tocado vivir se pone bastante serio, el tono cambia llamativamente.

Por supuesto, Allen aborda su visión misantrópica del sentido de la vida, en cuya ecuación no entra Dios, y donde le importa poco menos que un bledo lo que ocurra cuando ya no esté aquí, incluido el hecho de que su obra quede para la posteridad. Y habla de lo atractivas que le resultan las mujeres, de sexualidad y hormonas disparadas, alabando el eterno femenino en todas sus manifestaciones, a veces con expresiones que podrían escandalizar a los adalides del #MeToo, aunque señale al mismo tiempo los muchos papeles que ha dado a mujeres, también en apartados técnicos, y cómo, nunca, ha tenido queja de ellas, su comportamiento ha sido siempre estrictamente profesional. A él no le gana nadie como feminista, parece decir sin decirlo. En realidad, en todas las posibles heridas se pone también la venda, por ejemplo en comentarios sexuales que podrían parecer soeces, él señala que le encantan muchos comediantes actuales, pero que le parece que abusan de la zafiedad, sosteniendo al mismo tiempo que él no es contrario a bromas de ese estilo, pero que tienen que estar justificadas, y no ser usadas por el simple hecho de usarlas.

Cuenta con pelos y señales su vida amorosa, deteniéndose en su primera esposa Harlene, con la que se casa siendo ambos muy jóvenes. No tiene más que alabanzas para Diane Keaton, de la que dice que “era fabulosa. Fabulosa en todos los sentidos. Como cuando se habla de una personalidad que ilumina una sala; ella iluminaba todo un bulevar.” También hay espacio para otra actriz, Louise Lasser, con la que se casó para intentar remediar una relación prolongada que hacía aguas.

Y, claro está, aborda la relación con Mia Farrow, una larga convivencia llena de peculiaridades –nunca se quedaba a dormir en la casa de ella–, a la que dedica inevitablemente muchas páginas, donde alaba sus cualidades actorales, pero en la que detecta de modo creciente y lo subraya, problemas psíquicos que se extendían a otros miembros de su familia, y con la que no se anda con contemplaciones, a la hora de explicar la reacción a su aventura con Soon-Yi, hija adoptiva de ella: “Mia no era ninguna supermamá, ni siquiera una buena madre, puesto que jamás se había tomado la molestia de conocer realmente a su hija adoptiva.”

Allen emprende una “apología pro vita sua”, por así decir, a la hora de exponer que Soon-Yi no era su hija adoptiva –lo era de Mia–, que no buscó la relación, sino que surgió cuando ella era adulta. Y sobre cómo se lo tomó Mia –en un momento en que la relación entre ambos se había enfriado–, afirma que “pasó de lo razonable a lo imperdonable y luego a lo inconcebible”, aludiendo con esto último en cómo habría aleccionado contra él a Dylan de 7 años, Satchel-Ronan de 4 y al adolescente Moses, por la aventura con su hermana. El cineasta dice que Mia le llegó a espetar que “Tú me quitaste a mi hija, ahora yo te quitaré a la tuya”, lo que se prolongaría en el tiempo, la acusación de abuso sexual de la pequeña, rechazada, pero luego sacada de nueva a colación por la propia Dylan ya adulta. Un culebrón en toda regla, que llenó páginas de periódicos incluso “serios” como un New York Times que solía idolatrarle. Mientras, Allen logró construir al fin una relación duradera con Soon-Yi, con la que llegará a casarse y a adoptar a dos niñas. Sobre esto indica, “Sí le pedí matrimonio a una mujer joven, que se llama Soon-Yi y, para mi gran dicha, accedió (...) (Y espero que no sea la razón por la que habéis comprado este libro.)”

No da Allen muchos consejos para futuros cineastas, aunque uno de ellos tiene mucho sentido, y es trasladable a cualquier profesión: “Trabajad. Disfrutad de vuestro trabajo. Si no disfrutáis de vuestro trabajo, cambiad de oficio.” No explica trucos increíbles para la profesión, pero sí queda claro que hay que ser constantes, tener talento, apoyarse en los otros. Y puede que no sea tan importante saber de lentes y distancias focales, si tienes a un director de fotografía que sabe darte lo que necesitas.

Woody Allen ha entregado una autobiografía muy entretenida, que el lector devorará sin cansarse, incluso cuando menciona nombres de cómicos que sólo puede conocer un compatriota coetáneo, logra evitar el tedio narrativo. Tiene mérito porque el libro carece de una división por capítulos, son largas parrafadas, a las que sólo de vez en cuando, se concede el alivio de una línea en blanco para arrancar con una nueva. En general puede decirse que tiene el buen gusto de hablar bien de los demás, de ser discreto si alguien le cae peor, y de no obcecarse cuando le toca hablar mal; en estos casos, un chiste puede ser a veces la salida para no cargar las tintas o desdramatizar un poco sus lamentos.

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