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"Los dos Herreros", de Enrique Herreros

Los dos Herreros. Cuando Hollywood brillaba en la Gran Vía (Enrique Herreros, Modus Operandi, 227 págs)

Colección de recuerdos y anécdotas de Enrique Herreros, quien confiesa sin ambages lo muy unido que estuvo a su padre, también Enrique Herreros, y por tanto la inmensa deuda de gratitud que tiene contraída con él por lo que le aportó en lo profesional y en lo personal, el amor filial está presente en cada letra del libro, que tiene prólogo de su amigo y apasionado del cine Eduardo Torres-Dulce. Esa unidad es tan grande, y comparten ambos tantos intereses, que quizá para el lector no familiarizado con los personajes, puede llegar a producirse cierta confusión acerca de quién es quién, y es que, y tiene sentido decirlo así siendo el autor alguien al que le gusta acudir a los dichos para rematar sus historias, podemos parafrasear el lema de los Reyes Católicos y asegurar que “tanto monta, monta tanto, Enrique padre como Enrique hijo”. Al igual que sobre determinados logros la gente del mundillo comentaba “Esto lo han hecho los dos Herreros”.

Pero en fin, de Enrique Herreros padre podemos ahondar en su valía artística como cartelista, pero también como autor de grabados del Quijote, en el humor que cultivó en “La Codorniz”, en el modo en que se produjo su relación con Pablo Picasso o en su relación sentimental con Sara Montiel.

Y por supuesto del hijo, testigo excepcional de una época irrepetible, leemos el relato, plasmado con su particular gracejo, de sus esfuerzos promocionales con las películas, representando a las “majors” por ejemplo para el lanzamiento de Los diez mandamientos, pero también para hacer campaña en los Oscar de cintas españolas, su papel fue determinante para el éxito de José Luis Garci con Volver a empezar y de Fernando Trueba con Belle epoque. Igual vuelan las anécdotas compartidas con George Hamilton y su promoción draculina con un ataúd a cuestas, de Elizabeth Taylor y los sonidos que llegaban de su dormitorio, o se evoca a dos de los grandes galanes del cine a los que trató, Robert Taylor y Tyrone Power. Confiesa Herreros su amor por el cine clásico, y no deja de hacer las inevitables comparaciones odiosas con los títulos actuales más destacados, que no resisten.

Verdaderamente para el autor, la vida es como una película, y en la Gran Vía madrileña brillaba Hollywood antaño con sus numerosos cines, que recuerda, al igual que vienen a su lúcida mente a los 93 años los lugares que frecuentaba en su querida ciudad de Los Ángeles. Como cinéfilo de pro, a la hora de referirse a Dios, alude de modo entrañable a Mr. Jordan, que con la cara de Claude Rains acogía en el cielo a los muertos que se lo merecían en El difunto protesta, aunque se podía producir algún error y llevarse a a alguien antes de tiempo, lo que desde luego no parece haber sido su caso, aunque tal vez sí el de su progenitor.

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