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"De Blancanieves a Kurosawa", de Javier Ocaña

De Blancanieves a Kurosawa. La aventura de ver cine con los hijos (Javier Ocaña, Península, 365 págs)

Hay libros que surgen de un pensamiento feliz, que diría Peter Banning en Hook, la personalísima revisión de “Peter Pan” de Steven Spielberg. El que comento en estas líneas es uno de ellos. Javier Ocaña, veterano crítico y profesor de cine, y padre de familia, dos hijos, plantea un libro que pueda ayudar a otros padres de familia, o a personas y educadores que tienen a su cargo a niños, en la tarea de iniciarles en el gusto por el Séptimo Arte. Asegura que no le gusta la etiqueta de “necesario” aplicado al visionado de tal o cual film, pero la tentación de aplicarla a su libro es demasiado grande, pienso que su lectura puede inspirar a padres y madres, aunque tal vez les exija a ellos mismos ser auténticos amantes del cine.

El autor traza un itinerario, basado en su experiencia personal, de cómo podría ser la aventura de ir iniciando a los espectadores más jóvenes en el visionado de las películas. De modo que, no saltando insensatamente con pértiga, sino peldaño a peldaño, puedan aprender a apreciar y valorar lo que ven, y convertirse en un público exigente. Ocaña no pretende que el lector mimetice lo que cuenta. En sus líneas hay una evocación del pasado setentero y ochentero, de cómo él descubrió siendo niño o adolescente determinadas películas; y hay espacio para la nostalgia, con los recuerdos de las idas al videoclub o la grabación en vídeo de las películas que pasaban en televisión. Y luego está la ejemplificación de lo vivido con sus hijos Julia y Santi, a los que dedica el libro, de las propuestas que les hace, de cómo responden a determinados títulos. Y también la admisión de que los tiempos cambian, y que lo que a él y a otros nos gustaba de niños, puede no impactar igual en los chavales de hoy, lo que hay que tener en cuenta a la hora de manejar determinados títulos. Pero a la vez hay obras imperecederas, que hacen reír o nos emocionan igual ayer que hoy, véanse las de Charles Chaplin o John Ford.

De un modo bastante razonable, Ocaña piensa en los niños desde su nacimiento, y considera cómo van creciendo y estando en disposición de ser más receptivos a historias que ganan en complejidad. Así hay espacio para los dibujos animados más sencillos para bebés, advirtiendo que el Mickey de ahora, hecho con ordenador, es diferente al de antaño, por ejemplo, y de cómo las aventuras de Doraémon o Bob Esponja, pueden ser excelentes formas de adentrarse en las historias en movimiento.

Entre las virtudes del autor está la de la humildad, y así recuerda una vez y otra que habla de las cosas tal y como las ha vivido, y admite que tiene filias y fobias, y que otros pueden tener otra percepción, o que no hay dos niños iguales, tampoco los suyos. Hay un lógico pudor, pero también la admisión de que llora siempre como una magdalena en los últimos compases de ¡Qué bello es vivir! Plantea ideas interesantes al hablar del paso del corto al largo animado, y de aquí a películas con actores de carne y hueso, todo uniéndolo con la experiencia del cuento, que puede ser atrevidamente subversivo, Tex Avery y su Caperucita Roja, o acomodaticio con lo políticamente correcto, las versiones de Disney de sus clásicos de animación, con actores de carne y hueso y herramientas digitales. También se refiere al gozo del cine de aventuras, y la óptica equivocada de quien con ojos de hoy se dedican a sacar defectos por renunciar a la obligada perspectiva histórica. Lo que sirve también para referirse a películas españolas estupendas, como La gran familia.

Entre los conceptos audaces, está el de considerar como “cine familiar” “al que se ve en familia”, frente al lugar común de “ñoñería” tonta y alejada de la realidad; un planteamiento muy acertado. Y funciona bien la idea de la iniciación en uno u otro género, o en una u otra temática, proponiendo títulos conocidos al alcance de casi todos, para paulatinamente referirse a títulos más adultos, en los que podrían desembocar... o no. Por ejemplo, en los largos de animación se nos termina hablando de Persépolis. Es tarea de los padres, nos recuerda el autor, conocer a sus hijos, y saber por qué caminos se les puede conducir, o si todavía no son suficientemente maduros y hay que esperar. Es el juego de la libertad y la responsabilidad, que surge con películas “complicadas”; así, Ocaña se refiere a las dudas que le suscitó conceder el permiso de ver La habitación y Call Me by Your Name, que ciertamente no pueden recomendarse “en bruto”, aunque toda experiencia fílmica puede enriquecer cuando acompaña la reflexión y el diálogo, en familia, o padre-hijo.

Hablar de la muerte y hablar de la vida, a través del cine. Es lo que se plantea al referir películas que nos ponen frente la propia mortalidad, no falta la clásica referencia a Bambi, pero también a un título impactante como Mi chica. Hay además un paseo algo más rápido por géneros, terror, western, ciencia ficción, musical, bélico, comedia, mostrando la diferencia de tono entre unos títulos y otro.

Quizá lo más bonito del libro sea la idea de complicidad. Que padres e hijos estrechen lazos con las películas, que uno pueda decir que aprendió del otro, por ejemplo, que La guerra de las galaxias surgió, entre otras fuentes, de una película de Akira Kurosawa.

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