No guardar nada (James Salter, Salamandra, col. Miradas, 318 págs)
James Salter (1925-2015), nacido como James Arnold Horowitz, ingresó en la Academia Militar de West Point siguiendo los pasos de su padre, en 1945 ingresó en las Fuerzas Aéreas, y sirvió como piloto en la Guerra de Corea. Apasionado por la literatura, se lanzó a escribir con el deseo de ganarse de este modo la vida, y logró un importante éxito con “Los cazadores”, inspirado por su experiencia bélica, y que daría lugar a la película Entre dos pasiones, de 1958. Autor de otras obras de ficción, como “Juego y distracción”, “Años luz” y “Todo lo que hay”, también escribió numerosos artículos periodísticos, más tarde publicados en recopilaciones, como la que nos ocupa, editada en el año del centenario de su nacimiento, y que debe su título, según explica su esposa Kay Eldredge en la introducción, a su divisa personal nunca seguida de “no guardar nada”, hay que saber desechar material escrito y que se conserva, porque tal vez un día lo utilices... un día que no llega nunca. El caso es que de cajas y cajas personales de Salter eran numerosas, y han servido para la preparación de este libro.
35 textos componen esta selección sobre temas variados, desde su análisis del trabajo de otros colegas escritores, a su mirada a Francia o al alpinismo. Si ponemos el foco en su relación con el cine, hay que señalar que Salter sugiere que de algún modo son modelos para él Graham Greene y John Steinbeck que fueron sobre todo escritores, pero que también escribieron guiones de películas –el primero además críticas cinematográficas–, como mejor o peor fortuna, a veces nunca llegaron a la pantalla, pero logrando gracias a ellos apetitosos cheques. Como él mismo dice “las películas son como la pasión, brillantes y definitivas. Cuando se acaban dejan un vacío. 'Las vulgares falsedades del cine', como lo ha expresado alguien. Son narcóticas y permiten olvidar, imaginar y olvidar.”
Sí, en “Falsedades apasionadas”, el autor ofrece unas jugosas reflexiones sobre su experiencia con el cine. Y da cuenta de su relación con un joven Robert Redford, al que acabó perdiendo la pista con el andar de los años, y el libreto que escribió para la película sobre esquí El descenso de la muerte; y con el británico Peter Glenville, que le recomendó para ocuparse del guión de Una cita, aunque no creía demasiado en la propuesta. Y explica su experiencia como director en Tres, también escrita por él, que describe como “correcta y medianamente atractiva”, y que contó con el protagonismo de unos jóvenes Charlotte Rampling y Sam Waterston. Sobre las dificultades por el carácter de los actores, veía las cosas en positivo señalando que “el temperamento y la conducta imposible de las estrellas forman parte de su atractivo. Sus desmanes nos hacen gracia. Los mismos dioses tenían pasiones y flaquezas: de eso están hechos los mitos.” También hace referencia al creador del corazón artificial Robert Jarvik, y cómo hizo un diseño para la película con Donald Sutherland Al filo de la muerte.
Con la cultura popular, le cuesta valorarla. En “Érase una vez la literatura. ¿Y ahora qué?”, expresa su desencanto. Sobre La guerra de las galaxias, que se toma en serio aunque no duda en calificarla de “bodrio”, se pregunta: “¿Estamos asistiendo a un mero desplome del gusto o a la génesis de un nuevo mito digno de reemplazar a la anticuada Guerra de Troya o de ponerse a su nivel?”
El último texto, de 1995, “El valor de las palabras”, tiene casi un aire profético, cuando tras hablar de trabajos académicos que son “antropología de cosas raras” augura dos tipos de lectores para el futuro, los que buscan información y no se fijan mucho en cómo les llega, y los que anhelan música, implicación, ingenio, transformación, resistencia. Y da a entender que los segundos, que denomina druidas, serán un círculo pequeño e irrelevante.
