Nadie ha dirigido películas de modo más inquietante que sir Alfred Hitchcock, el mago del suspense, que además sabía imprimir a su cine una inesperada familiaridad.
Hitchcock íntimo (Charlotte Chandler, Robinbook, 349 págs)
Hay que reconocer los méritos de la obra de Charlotte Chandler, especialmente porque “llueve sobre mojado”. Si hay un cineasta sobre el que abundan los libros, ése es sin duda Alfred Hithcock. Y al menos dos de las obras dedicadas al mago del suspense son referencia obligada: “El cine según Hitchcock” (François Truffaut, Alianza) y “Alfred Hitchcock. La cara oculta del genio” (Donald Spoto, T&B).
Uno de los méritos de la autora es imprimir al libro, publicado originalmente en Estados Unidos en 2006, un tono personal, de quien ha trabado amistad con Alfred Hitchcock, su esposa Alma Reville y la hija de ambos Pat. En tal sentido tienen especial interés los primeros capítulos, la introducción y la mirada al tándem matrimonial Alfred-Alma. Y funciona bien esa declaración de principios en forma de anécdota con Ingrid Bergman, en que Hitchcock le señala para tranquilizarla en un rodaje “Recuerda, sólo es una película”, argumento que, admite charlando con Chandler, él personalmente no podía aplicarse a sí mismo. Referencias a la preocupación por su aspecto físico, a la elegancia en el vestir, a su gusto por la buen mesa, y al irrepetible sentido del humor del cineasta, a veces de tintes macabros y siempre irónicos, le convierten en alguien cercano para el lector. Quizá es la gran virtud de libro, el entregar un Hitchcock muy humano, a la vez que se evitan muchos clichés que sobre él se han vertido.
Dicho esto, y que Chandler ha conversado con todo el que ha tenido que ver con Hitchcock y al que ha podido tener acceso, ya sea en su etapa británica o en su traslado a Hollywood, al final es inevitable que se siga el clásico esquema cronológico en que se sucede la realización de películas, con sus desafíos técnicos, y surgen, sabrosas, las anécdotas, el trato con los actores, donde se desmiente, o no, según quien hable, aquello que se le atribuye, leyenda ya imborrable, de que “los actores son como ganado”, pero donde queda claro que todos reconocen una deuda impagable con el director. Eso sí, surgen a veces datos menos conocidos, como su trabajo en Memory of the Champs, al acabar la guerra, sobre los campos de exterminio nazis, una obra escasamente difundida, sólo la televisión británica la emitió hacia 1980. También resulta curioso leer su opinión acerca de las técnicas en 3D, que empleó en Crimen perfecto. Ahora que alguien las ve como poco menos que la salvación del Séptimo Arte acosado por la piratería, hay que conceder a Hitchcock dotes casi de profeta cuando decía que “algún día habrá enormes pantallas de vídeo tridimensionales del tamaño de una pared, y Crimen perfecto será una realidad. En la época, cuando estaba haciendo la película, me preocupaba que la tridimensionalidad no fuera más que una moda efímera.”
