Santos Zunzunegui (Bilbao, 1947) es un veterano estudioso de la narrativa audiovisual. Recién cumplidos los 65 años se recopilan en este libro sus artículos publicados mensualmente en “Caimán. Cuadernos de cine”, antes “Cahiers du Cinéma. España”.
Lo viejo y lo nuevo (Santos Zunzunegui, Cátedra, 236 págs)
“Lo viejo y lo nuevo”. Así se titula una película de Sergei M. Eisenstein. Así nombró Santos Zunzunegui, catedrático de comunicación audiovisual en la Universidad del Vasco, su colaboración mensual en “Caimán. Cuadernos de cine”. El sentido más obvio de tal denominación sería relacionar el cine reciente con el de antaño, pero el autor va más allá, su idea es mostrar la íntima conexión entre expresiones vanguardistas de la narrativa audiovisual y ciertas manifestaciones primigenias del cinematógrafo, las primeras estarían contenidas en cierta forma en las segundas.
Los artículos de Zunzunegui resultan muy sugerentes y muestran el humus cultural de un autor coherente, el manejo de los necesarios referentes, no sólo estrictamente cinematográficos, sino también sociales, literarios, filosóficos, etcétera. Una mirada superficial podría considerar como ocurrencias las relaciones establecidas entre películas, véanse por ejemplo los dípticos de Tú y yo (1939) y Tú y yo de Leo McCarey y el de Richard Linklater con Antes de amanecer y Antes del atardecer –no podía sospechar Zunzunegui que aún llegaría Antes del anochecer, en 2013–, pero la agudeza del autor abre horizontes insospechados, desafía al lector a no quedarse en la mirada superficial cuando contempla una película.
Como corresponde a un “cahierista” de pro, junto a cineastas bien conocidos, se maneja el nombre de otros ignorados incluso por muchos profesionales de la información y la crítica cinematográficas. Ya a algunos lectores “cinéfilos” les puede costar tener idea de quién es Claude Lanzmann, a pesar de su imprescindible Soah, como para pedirles el esfuerzo de sumergirse en piezas breves o experimentales de autores menos accesibles como Daniel V. Villamediana, los Hijos o James Benning. Está claro que en lo que a películas se refiere, el espectador medio reclama obras accesibles, las otras pueden tener claves tan herméticas como las de cierto arte abstracto, pintura, escultura, etcétera, no al alcance de todos los paladares. Con la desventaja de que las posibilidades de difusión son menores, al menos hasta el advenimiento de la era YouTube.
La cualidad más sobresaliente de Zunzunegui es su capacidad de “levantar liebres”. Se puede debatir si acierta más o menos en sus reflexiones, pero señalar, por ejemplo, la intención de Quentin Tarantino de reinventar la historia en Malditos bastardos, porque él vive dentro del cine, a diferencia de un Jean-Luc Godard, y de ahí conectar con los “happy-ends” del último cine de Aki Kaurismäki, deviene en sugerente propuesta, que no es sólo pirueta para provocarnos el “¡Ooooh!”. Y desde luego, invita a los que escribimos de cine a no quedarnos en lugares comunes, o simplemente salir del paso ante la urgencia de escribir o informar de algo.
