Para las nuevas generaciones de grumetes sólo existe un pirata del cine, Johnny Depp, tan estrambótico como un personaje de cartoon, con los ojos pintados, y carismático como nadie, hasta el punto de que el muy filibustero roba por completo las películas en las que interpreta al capitán Jack Sparrow. Ojo al parche, porque cuando llega a las pantallas “Piratas del Caribe: la venganza de Salazar”, nos tomamos patente de corso para imaginar cómo sería el capitán de un bergantín de corsarios perfecto. Que lo disfrutéis, sabandijas.
Partamos con viento fresco haciéndonos con el bigote y la barba trenzada de Johnny Depp, en la saga de Piratas del Caribe, sin las cuáles hoy en día no se reconocería a un pirata digno de surcar los Siete Mares. También podemos desvalijar todas sus vestiduras, el anillo, las botas, los pantalones bombachos, el pañuelo de la cabeza y por supuesto el rimmel.
Hasta la llegada del infame robatesoros de Depp,
Errol Flynn estaba considerado el prototipo de bucanero marino por antonomasia. El protagonista de El capitán Blood no ha sido superado hasta el momento (al que diga lo contrario lo pasamos por la quilla), reuniendo numerosas cualidades, buena planta, y un encanto canallesco a prueba de bombas. Nos quedamos con su agilidad demostrada en momentos como cuando desciende por las velas con un cuchillo.
Habría que abordar su bergartín, para robarle sin piedad las piernas a
Gene Kelly, que en El pirata demostró una energía increíble para encaramarse con la ligereza de una gaviota al palo mayor. Interpreta a un actor capaz de hacerse pasar por el intrépido pirata Macoco por amor, pero lo hace sin perder esa sonrisa que el actor contagiaba como nadie a los espectadores, por lo que también se la tomamos prestada.
La humanidad y el gran corazón de Chavez, encarnado por
Anthony Quinn, en Viento en las velas, capaz de sacrificarse por los niños de los que se ha encariñado. Podríamos apropiarnos también de su carácter autoritario de no ser porque en la lucha de poder sale perdiendo frente a la chavalería en el film.
No se puede olvidar a
Burt Lancaster en la hilarante El temible burlón. Del legendario actor recogemos ese descaro tan suyo, y sus habilidades circenses.
Así que para ser tomados en serio elegimos la rudeza de
Jean Peters, en La mujer pirata, pues no cabe duda de que en un mundo de hombres, la hija adoptiva de Barbanegra tiene que ser más burra y beber más ron que los más peligrosos forajidos. Además, en el film queda claro que cambiar, enamorarse y mostrar los sentimientos sólo sirve… ¡para que te traicionen!
De otra mujer,
Geena Davis en La isla de las cabezas cortadas, nos quedamos con su embriagador rostro y simpatía.
En mezquindad no gana nadie a
Matthau en Piratas, de Roman Polanski, capaz de organizar un motín en la embarcación que le ha recogido con tal de hacerse con el tesoro, o de engullir a su ayudante a mordisco cuando ya no quedan ni ratas para comer.
Y por supuesto, daríamos risa sin el gancho que sustituye a la mano del Capitán
Garfio, en Peter Pan, versión animada por el maestro Walt Disney, que viene a ser como el carnet que demuestra que pertenecemos al gremio. En caso contrario pareceremos unos malditos… ¡marineros de agua dulce!
