Daniel Burman y Kim-Ki Duk presentaron las dos últimas películas que compiten en sección oficial. Ya está vendido todo el pescado, ahora sólo queda el veredicto del jurado, que se hará publico mañana sábado, a las 16h00.
El argentino Daniel Burman reflexiona sobre el paso del tiempo, el amor que se agosta, y la creación artística. Lo hace a través de Leonardo, un escritor célebre, dramaturgo. Casado con Marta, tiene tres hijos. Ha llegado a una edad en que la vida en cierto modo le aburre. Hay rutinas que le cargan, se fija en otras mujeres más jóvenes que la suya, no aguanta a los amigos de su esposa que le hablan de su obra, o que le piden que lea algo que han escrito, para que les dé su opinión. Tras una cena en que todo esto resulta palmario, regresa a casa, donde recibe la noticia de que su joven hija va a pasar la noche fuera, la primera vez que esto ocurre, presuntamente con su novio. Leo se sienta en su sillón y anota en uno de sus cuadernos de escritor, ideas que le han venido a la cabeza para una posible nueva obra: “Un hombre y una mujer flotan en el mar. ¿Están muertos?” De sopetón, parece que ha pasado el tiempo y descubrimos que los hijos del matrimonio han dejado el nido y han partido lejos, se han independizado, para estudiar o casarse. Marta ha decidido matricularse en la universidad, para acabar los estudios que dejó a medias para dedicarse a su familia, desarrolla una intensa actividad, un modo de llenar su tiempo. Mientras, Leo teóricamente se dedica a escribir, pero está viviendo una auténtica crisis existencial de los 60 años o así, como una especie de segunda adolescencia. Fantasea con la joven dentista que le atiende, y al tiempo le dominan los celos, teme que su esposa le engañe con otros. Su rotunda seguridad de intelectual, que le lleva a no prestar atención para leer el original que le ha dejado su cuñado, no logra ocultar la inseguridad que le acomete como persona que está envejeciendo.
El argentino Daniel Burman aborda un tema interesante, el de los matrimonios que corren el peligro de desmoronarse cuando los hijos se van de casa, pues la prole a veces puede ser la única razón de que se mantuviera la unión. Sorprende que sea un cineasta de 35 años quien explore tal temática. Lo hace con un artificio de guión que tiene cierta gracia, aunque en cierta manera se intuye, y una inteligente puesta en escena. Hay algo de tragicómico en la narración, pues junto al patetismo de quien no sabe aceptar su actual etapa vital, hay detalles de suave humor, y arriesgadas escenas en que se dispara la imaginación del protagonista, singularmente una casi de musical, que acontece en un centro comercial. Y se juega con un curioso personaje, el del doctor Sprivak, un neurólogo que da consejos al protagonista para afrontar su edad, y cuya dimensión real desconcierta con efectividad al espectador. No es una película redonda, pero su humanidad -una característica común a muchos de los títulos a concurso este año, algo ciertamente gratificante, frente a otras ediciones del festival más estridentes-, bien soportada por el actor protagonista, Oscar Martínez, resulta todo un aliciente para su visionado.
Más rarito, no podía ser menos, es el coreano Kim Ki-Duk. Quien haya seguido su trayectoria, sabe que le van las historias con detalles malsanos, pero que a la vez es un cineasta poético y sensible, con capacidad de fascinar. Tiene títulos interesantes en su haber (Samaritan Girl, Hierro 3) y otros insufribles, con pasajes de un extrañísimo sadomasoquismo (La isla). En Sueño sorprende con una trama que permite hacerse una idea de cómo podría haber sido Pesadilla en Elm Street, si él hubiera manejado la cámara en ese título de terror. No, no es Sueño un film de ese género, pero utiliza un truco de guión parecido. En efecto, Jin, al que su novia ha dejado, empieza a tener unos extraños sueños en que sigue a su amada, que está con otro hombre. En uno de esos sueños hay un accidente de automóvil, en que él, uno de los conductores, se ha dado a la fuga. Tan real le parece a Jin lo que ha soñado, que acude al lugar de sus ensoñaciones... para descubrir que, en efecto, se ha producido ese accidente. La policía tiene pruebas de que era Ran, una mujer, la que conducía realmente. La tal Ran odia a su ex novio, no quiere saber nada de él, y parece que está con la ex novia de Jin.
Como puede verse, la trama es una monumental “comedura de tarro”, y sólo he incoado sus prolegómenos. El caso es Ran actúa como sonámbula cuando Jin duerme, y éste, de algún modo misterioso, le hace hacer cosas que la otra no haría. Como hay celos y demás de por medio, y el fenómeno se produce en los momentos en que ambos duermen, se obligan a permanecer despiertos, haciendo turnos, pero claro, de vez en cuando les acomete el sueño, aunque se den de bofetadas, o, subiendo el grado de metodología para no dormir, pinchándose con alfileres, golpeándose a martillazo limpio con los pies... Una “gozada”, vamos. Tal “marcianada” parece que es un singular historia de amor, donde realidad, sueño, muerte, se fusionan de modo muy singular, lo que propicia algún momento de cierta poesía, donde pesa lo artificial del conjunto.
Y llega la hora de los pronósticos. Siete hombres sin piedad (nueve, si atendemos al comentario del presidente del jurado, Jonathan Demme, alusivo a los embarazos de Leonor Watling y Nadine Labaki) tendrán la palabra definitiva, pero supongo que tengo que mojarme. Dos películas sobresalen en una sección oficial muy digna, aunque no deslumbrante. Son Frozen River y Aruitemo, Aruitemo, cualquiera de ellas podría llevarse la Concha de Oro. Por supuesto, cabría que Courtney Hunt fuera considerada mejor directora por Frozen River, o que se premiara su guión. También sus dos actrices, Melissa Leo y Misty Upham, podría ganar el galardón a la mejor interpretación ex aequo. Aunque la verdad, hay unas cuantas actrices que podrían ser premiadas, desde Verónica Echegui en El patio de mi cárcel, a las mujeres del film turco La caja de Pandora (2008), o las niñas de Génova, las de Mama está en la peluquería e incluso la cría de Camino, aunque eso de premiar la naturalidad de unas chiquillas debería formar categoría aparte. En lo que se refiere al trabajo interpretativo de ellos, la cosa está más difícil, pero destacan Oscar Martínez en El nido vacío, y Mohamed Bakri en El cumpleaños de Laila.
Por supuesto, una de las sorpresas del certamen, la osada Tiro en la cabeza, merece algún premio, aunque sólo sea por su atrevimiento y su capacidad de agitar conciencias adormecidas, algo que parece lógico que se valore en un festival donde las nuevas formas estéticas y de expresión son un elemento muy a tener en cuenta, junto a la temática abordada. La Concha de Oro se me antoja excesiva, pero un Premio del Jurado sería más que razonable.
