El Festival de Cannes, 60 aniversario, arranca a toda velocidad con una película importante y original, del que fue presidente del Jurado el pasado año, Wong Kar Wai, un cineasta que ha dado sus carta de nobleza al cine chino de Hong Kong con media docena de películas, sobre todo a partir del año 2000 con In the Mood for Love.
Esta vez Wong Kar Wai cambia de tercio, al dirigir su primera película en inglés, con actores anglosajones, en una acción que se sitúa en los Estados Unidos. Un salto importante en su carrera y peligroso, como todo cambio de cultura, pero del que sale airoso a pesar de una dificultad suplementaria: dar un primer papel en el cine a una famosa de la canción, Norah Jones. Sobre una historia escrita por el mismo, Wong Kar Wai ha trabajado con el guionista americano Lawrence Block, dejando además un amplio campo a la iniciativa de los actores, que han contribuido a dar una gran densidad humana a los personajes.
¿Película coral, puesto que varias historias se suceden en torno a una pareja central, o “Road movie”, puesto que la protagonista recorre miles de kilómetros a partir de Nueva York donde comienza la historia? Sin duda hay un poco de todos estos elementos, aunque la película será, como todo el cine de Wong Kar Wai, una reflexión sobre el amor, las rupturas y los malentendidos, y también sobre la capacidad de volver a amar después de un fracaso. La protagonista, Lizzy (Norah Jones), acaba de ser abandonada por el hombre con el que ha vivido cinco años. Intenta consolarse en un bar, cuyo propietario, Jeremy (Jude Law), un inglés instalado en Nueva York, le sirve de confidente y de ayuda en esos momentos difíciles. Pero Lizzy se aleja y en su oficio itinerante de camarera, va a conocer otras historias que le hacen madurar, la de una pareja en crisis (David Strathairn y Rachel Weisz) o la de una joven (Natalie Portman) que frecuenta los casinos y que tiene viejas cuentas que arreglar con su padre. A todo ello se suma un bello ejemplo de amistad. Lizzy volverá a Nueva York en busca de Jeremy, que durante un año no ha dejado de buscarla, pero todo ello no obedece al deseo obligado del clásico “happy end”, sino más bien a la idea de que el tiempo es un elemento esencial, la prueba decisiva de la solidez de los sentimientos.
De todas estas cosas esenciales habla Wong Kar Wai de forma clara y sutil en My Blueberry Nights (alusión a una tarta que Lizza consume en el café de Jeremy). Por momentos, el director de Hong Kong parece volver al montaje nervioso y acelerado de sus primeras películas sobre la juventud (Days of Being Wild, Ashes of Time, Fallen Angels), sin embargo Kar Wai vuelve después a una propuesta formal más clásica y serena y obtiene así una obra al mismo tiempo personal y “americana”, pero que es, por los temas evocados, sobre todo universal.
