Cuando Roman Polanksi fue detenido en Suiza el pasado 26 de septiembre, se produjo una reacción casi unánime en la comunidad cinematográfica mundial,
Cuando Roman Polanksi fue detenido en Suiza el pasado 26 de septiembre, se produjo una reacción casi unánime en la comunidad cinematográfica mundial, pidiendo la liberación del cineasta. Destacó la carta firmada por 100 grandes personalidades del cine, que protestaban por la encarcelación, considerándola como poco menos que intolerable. Martin Scorsese, Woody Allen, Pedro Almodóvar, Wong Kar Wai, David Lynch, Michael Mann, Mike Nichols, Sam Mendes, Steven Soderbergh, Jonathan Demme, eran algunos de los ilustres personajes que estamparon su firma en la misiva. Cualquiera les tosía.
Pero el tiempo pasa, la gente reflexiona, y alguna voz se alza poniendo en solfa la reacción corporativista. Anthony Paletta, en un artículo en The Wall Street Journal, pone el dedo en la llaga al observar que la queja principal de los cineastas proviene de que se haya arrestado a Polanski en un “país neutral”, al tiempo que se subraya la “naturaleza extraterritorial” de los festivales, como si Polanski fuera poco menos que un embajador con inmunidad diplomática. Sobre la orden de detención que pesaba sobre Polanski y los motivos de la misma, despachan el tema con una línea: “Su arresto responde a una orden de detención de Estados Unidos contra el cineasta de 1978, por un tema moral”.
Así dicho, parece que estuviéramos tratando una cuestión puritana, los melindres de algunos conservadores mojigatos y tal. Por eso conviene recordar los hechos. Sí, han pasado 30 años. Pero Polanski se vio envuelto en un feo caso de violación y pedofilia. El cineasta de declaró culpable de los cargos, y aprovechando la libertad bajo fianza eludió la acción de la justicia, escapando de Estados Unidos.
De modo que a las dos semanas de la detención empieza a proliferar el disenso. Arnold Schwarzenegger, gobernador de California, ya dijo algo la mar de razonable: Polanski ante la justicia debe ser tratado como uno más. El director francés Luc Besson ha declarado: “No tengo una opinión sobre el tema, pero tengo una hija de 13 años. Y si la violaran, nada volvería a ser lo mismo, incluso pasados 30 años.” Y alguién tan poco sospechoso de ñoñería como Kevin Smith ‘twittereó’ lo siguiente: “Mirad, me encanta La semilla del diablo, pero una violación es una violación. El que la hace, la paga.”
Terry Teachout, en otro artículo de The Wall Street Journal, y no sin malevolencia, llega a sugerir que algún firmante de la carta de apoyo a Polanksi podría tener algún esqueleto en el armario, tan llamativo le parece ese cerrar filas de Woody Allen y compañía. Y recuerda que el ser un artista, e incluso un artista genial como Polanski, no exime de respetar las reglas del juego. Está claro que si en vez de Polanksi habláramos de un director de medio pelo, poca gente levantaría un dedo para apoyarle. Pero el lugar común de que los genios tienen ‘estas cosas’, ya se sabe, parece que se acepta y sirve de excusa. Por ejemplo, el productor Harvey Weinstein se refiere a las acciones de Polanski como “el supuesto crimen”, como si se tratara de algo menor, sin demasiada importancia, que ha sido exagerado hasta el extremo.
Aun siendo ciudadano francés, y tras ciertas protestas iniciales, el gobierno de ese país ha tenido que admitir que Polanski “no está por encima ni por debajo de la ley”. En cuanto al gobierno polaco, chirriaba que pidieran la liberación de un compatriota al día siguiente de aprobar una ley que permite la castración química de los violadores cuyas víctimas sean menores de 15 años.
Total, que lo mínimo que se puede pedir para otorgar un perdón y pasar página, sería una señal de arrepentimiento. Esperemos que ocurra, y se pueda llegar a una solución razonable.
